Dice Omar Larré en este post del 2020:
"Se cree que la primera bolsa de futuros moderna nació en Japón en 1697 en Osaka. En español se llamaba algo así como “Mercado de Arroz de Dōjima” (del japonés 堂島米市場) y facilitaba cosas tan simples pero importantes como permitir que algunos samuráis, que eran pagados gran parte de las veces con arroz, pudiesen tener certeza de cuánto iba a ser su paga futura en monedas. Así que fue en base al precio del arroz que los primeros contratos futuros se operaron tal y como se entienden hoy en día."
Y una de las mejores imágenes que tenemos de la primera bolsa de futuros es de Hiroshige:

Tiene un aire a la locura de Wall Street, casi puedes escuchar las peleas por precios y los "!compra, compra; no, mejor vende!"
El autor, Utagawa Hiroshige, fue durante años un pintor del montón. Quedó huérfano a los 13 años, y gracias al trabajo que tenía su padre antes de morir, pudo entrar al taller de Utagawa Toyohiro, uno de los maestros del ukiyo-e, la técnica de grabado comercial que por esos años marcaba la pauta en la isla.
Hiroshige hizo durante dos décadas retratos de actores, estampas de mujeres, ilustraciones para libros, algún que otro samurai. Lo mismo que hacían cientos de grabadores de la época.





Pero si una muerte –la de sus padres– lo habían llevado al mundo del grabado, otra muerte más –ahora la de su maestro– lo llevó a probar suerte con el paisaje. Y le dio con el palo al gato.
El paisaje, en esos años, era un género muy menor dentro del ukiyo-e. Pero algunos pequeños detalles habían modificado bastante su perspectiva comercial: un tal Hokusai había recién publicado uno de los grabados más famosos de la historia, las Treinta y seis vistas del monte Fuji, y además justo había llegado a Japón un pigmento llamado azul de Prusia. Hiroshige convertiría este azul intenso en su marca personal.
Y ahí la cosa explotó.
Su primer éxito comercial vino por una guía turística. Dice la historia que se coló en una comitiva del shogunato que iba a entregarle unos caballos al Emperador. Otros dicen que simplemente se basó en dibujos y grabados ya existentes. El punto es que el resultado, Las cincuenta y tres estaciones del Tōkaidō , fue un hitazo comercial.









El azul de Prusia, clave en casi todos sus dibujos
Y cuando encontró la fórmula del éxito, la explotó. Ni tonto ni perezoso, se puso a hacer series: los Sesenta y nueve estaciones del Kisokaidō (en colaboración con Keisai Eisen), las vistas de Kioto, las ocho vistas de Ōmi, y hartas más. Se calcula que produjo alrededor de ocho mil diseños en su vida.
Ya hacia el final de su vida, se lanzó de lleno a su obra maestra: Cien famosas vistas de Edo (aunque en realidad son 118 estampas). Aquí algo de innovación incorporó: las composiciones eran verticales y ponía un objeto bien grande en primer plano y la ciudad al fondo. Esta técnica obsesionaría a sus estudiosos occidentales algunos años más tarde.
E incluso a otros pintores, como Van Gogh:

De aquí vienen sus también muy famosos ciruelos en flor.








