Cuando en 2010 se estrenó La Red Social, se sintió como algo extraño. Un reflejo de nuestros tiempos como pocos hemos tenido.
Facebook estaba en un momento de popularidad altísimo y ya contaba con millones de usuarios en todo el mundo, pero todavía no sabíamos cómo funcionaba la maquinaria que había detrás. Solo éramos adictos a sus juegos rudimentarios, a subir álbumes enteros de fotos cuestionables y a encontrar gente de nuestro pasado para nunca hablar con ellos.
Y la película, al desenmascarar a los creadores de la red social como meros mortales víctimas de sus propios impulsos, se sentía prematura. Una advertencia de que detrás de las nuevas tecnologías había gente con sus propios intereses, y que esos intereses poco tenían que ver con el cuidado de sus usuarios.
Hablaba de algo que se estaba formando en tiempo real, frente a nuestros ojos y no sabíamos lo lejos que iba a llegar.
No hace falta explicar cómo Facebook siguió evolucionando. Miles de millones de usuarios, Zuckerberg como una de las personas más ricas del planeta y la creación de Meta como conglomerado. Poco a poco nos vimos sumergidos en un mundo de tecnócratas, informándonos a través de redes y compartiendo con libertad e irresponsabilidad lo que se nos ocurriera.
El término fake news se volvió de uso diario y era iluso pensar que estas tecnologías no podían estar reguladas. Pero no lo estaban y había poco control sobre el contenido que podía subirse y difundirse. Y así es como llegamos a los Facebook Papers.

El fracaso de The Social Reckoning
El 2021 se destapó un escándalo sobre las malas prácticas de Facebook. Básicamente se trataba de evidencia de que la plataforma generaba daños en la población (adicción, radicalización política, dismorfia corporal, desinformación) y que la compañía no solo lo sabía, sino que lo incentivaba ya que eso generaba más engagement y, por ende, más ganancias.
Los documentos fueron entregados por la denunciante Frances Haugen, ingeniera que trabajaba en la compañía, que presentó la evidencia ante una audiencia y fue amparada por el Whistleblower Protection Act, una directiva que le garantiza protección jurídica contra denunciantes.
El mismo Mark Zuckerberg tuvo que comparecer frente al Congreso de los Estados Unidos.
Era una historia fascinante y algo que definitivamente se podría traducir a la pantalla grande, aunque difícilmente capturaría el zeitgeist como lo hizo la primera película.
Aaron Sorkin, guionista de la original, iba a dirigir. No fue capaz de reclutar de vuelta a Jesse Eisenberg para interpretar a Zuckerberg, ya que el actor prefería no seguir siendo asociado a ese personaje, por lo que el papel lo asumiría Jeremy Strong, de Succession.
La historia se vendería como una secuela de La Red Social, llamada en castellano El Precio de la Red, contaría con Mikey Madison (Anora) en el protagónico y con Jeremy Allen White (The Bear) como el periodista que le ayudaría a publicar la historia.
Pero empezaron las dudas: la representación de Strong como Zuckerberg era caricaturesca, la historia presentaba una visión romantizada de la democracia americana, el personaje de Madison se cosificaba innecesariamente, y la historia en general carecía del atractivo que tenía la primera.
Y es que, como sabemos, el daño que los Papeles le hicieron a Meta fue mínimo. La historia no terminó en la derrocación del imperio, sino que quedó como un pie de página en la larga dominación mundial que estos empresarios siguen ejerciendo.
The Social Reckoning no se siente relevante, y lo peor es que Sorkin parece no saberlo. En su perspectiva, cuenta la historia de estos héroes como triunfadores que vencieron el mal. Es blanco y negro, la justicia funciona y los villanos pagan. Se presenta como algo ingenuo, y mientras La Red Social sigue pareciendo algo que se podría haber estrenado ayer, The Social Reckoning se siente como algo que estaba desfasado incluso antes de su estreno.
La película ha recaudado internacionalmente, desde su estreno hace tres semanas, menos que lo que la original juntó en sus primeros tres días.

Lo que hace un director: por qué Fincher sí y Sorkin no
Lo que hizo a la primera un clásico moderno tiene que ver con el guion de Sorkin, sí, pero también con la dirección de David Fincher. El director detrás de Gone Girl, Fight Club y Siete Pecados Capitales fue elogiado por su trabajo en la película.
Eso tiene que ver con el incomprendido trabajo del director, su uso de todas las herramientas audiovisuales (un montaje activo, la banda sonora de Nine Inch Nails, las actuaciones rítmicas del elenco, el sonido y las transiciones) para elevar el guion de Sorkin, no solo traducir lo que está en la página.
Fincher usaba la coreografía de los actores con la cámara, los encuadres y los movimientos para generar algo que se siente vivo, que añade capas a un guion complejo, verboso y lleno de luchas de poder.
Es cosa de ver cómo logra que una escena de 6 minutos de personas conversando se siente como un thriller emocionante en el que el espectador siente que hay mucho en juego:
Y Sorkin simplemente es incapaz de hacer lo mismo.
Aaron Sorkin ha dirigido algunas películas los últimos años: Molly’s Game, Being the Ricardos, The Trial of the Chicago 7, y todas han sido recibida de la misma manera: guiones sólidos y particulares, buenas actuaciones pero una dirección plana que no reinterpreta lo que estamos viendo. Es lo que suele pasar en la televisión (el medio del que viene Sorkin), donde encontramos decenas de productos que son indistinguibles los unos de los otros.
Antes de incursionar como director, las películas de Sorkin habían sido dirigidas por algunos de los mejores de la industria: no solo Fincher, sino también Rob Reiner, Danny Boyle y Bennet Miller.
Danny Boyle (Trainspotting), por ejemplo, también es conocido por su dinamismo frenético que le aporta a las películas. Y no se trata solo de florituras y trucos de cámara, sino de entender qué es lo que necesita cada escena para cumplir con su objetivo. Así, hizo que Steve Jobs, que bien podría haber sido una obra de teatro estática, cobrara vida:
Y el problema es que Sorkin parece tratar los elementos visuales y sonoros del cine como secundarios al texto, una mera ilustración del guion. La cámara graba actores diciendo líneas llamativas, pero las composiciones e imágenes no añaden a lo que el texto ya comunica. Sus películas terminan pareciendo debates en que sus personajes existen para demostrar distintos argumentos.
Y Sorkin parece finalmente haberse dado cuenta. En una entrevista reciente con The Hollywood Reporter lo reconoce:
De vez en cuando, tengo la oportunidad de hablar con estudiantes de guion y me preguntan: «¿Se puede enseñar a escribir guiones?». Y la respuesta es: «Hay aspectos del guion —aspectos importantes— que se pueden enseñar y aprender, pero hay otros que no. ¿Y esos que no se pueden enseñar? A eso nos referimos cuando usamos la palabra “talento”. Me preocupa mucho que las partes de la dirección en las que no soy bueno sean precisamente aquellas que no se pueden aprender.
Resulta que no tengo sensibilidad visual.

Así que a la falta de urgencia de The Social Reckoning se le añade una dirección poco creativa y la película termina sintiéndose prescindible.
Aún así, el guion de Sorkin es especial: la historia es relevante por sí misma y sus personajes replican los diálogos que consolidaron al guionista: sus personajes hablan rápido, se interrumpen, repiten palabras y tienen vocabularios extensos. No es escritura realista, está estilizada y es incluso musical, pero para eso existe el radioteatro.
No es una película que haya que saltarse automáticamente. Tiene valores positivos y una buena interpretación de Mikey Madison aunque su casting no sea el adecuado. Es solo que no le hace ningún favor anunciarse como la secuela de una película que marcó un hito cinematográfico y se convirtió en un clásico contemporáneo.
Nota de riesgo: conservadora.