El juego ya estaba bastante expandido cuando tuve mis primeros tazos. Las reglas eran sencillas y muy conocidas: lo primero es que tenía que haber como mínimo dos jugadores, cada uno debía escoger un tazo o más para poner en el pozo y mantener otro en la mano para competir. Había un sistema de turnos donde cada jugador golpeaba los tazos del pozo con el que tuviese en la mano —el tazo de ataque, llamémoslo—. Si el jugador lograba voltear un tazo, pasaría a ser suyo. En muchos colegios y plazas se prohibía la cucharita: el truco de poner el tazo de ataque debajo del tazo del pozo y hacer una especie de palanca, esto provocaba que el tazo apostado girase como una moneda, aumentando sus oportunidades de caer boca abajo. El movimiento, sin embargo, no se consideraba deshonesto, sino derechamente amateur. El método apropiado para voltear un tazo del pozo era golpearlo en el borde para forzar el giro.
Esa fue la primera forma de apostar que conocí. Algunos niños con los que me juntaba ya habían apostado en las bolitas —o canicas, o bochas, de acuerdo al lugar del que vinieses—, donde también se competía por más. Las bolitas y los tazos tenían en común que se apostaban los mismos materiales con los que uno garantizaba su entrada al juego. Los tazos eran, para nosotros, una pequeña metáfora de la riqueza. Los acumulábamos y estábamos dispuestos a perderlos para obtener más. Curiosamente, no se revendían —al menos nunca lo vi—. Parte importante de coleccionarlos era obtenerlos mediante el juego.
Aceptábamos la apuesta como modo de juego porque la satisfacción de la victoria era equivalente a la frustración de la derrota. Nos parecía justo. Era una variación curiosa de la mecánica del intercambio, que las marcas habían tratado de instalar. Nuestro método era más divertido por adrenalínico: perder un tazo valioso era terrible, más aún si involucraba a un público impresionado, y porque combinando un poco de suerte y destreza podrías ser el mejor de la sala. Apostar era, para los niños, una forma de no estar aburridos.
Sabíamos que la cultura popular despreciaba las apuestas. La ficción las mostraba, inequívocamente, como un vicio que llevaba a la degradación. La familia Simpson encuentra a Ayudante de Santa afuera del galgódromo, abandonado por un amo cruel que se deshizo de él en Navidad por perder una carrera; en otro episodio, Marge se obsesiona con el juego y deja a la familia desprovista del pilar racional y emotivo que sostiene a los Simpsons, un desequilibrio que alcanza su punto más alto cuando Lisa se presenta con un deficiente traje del Estado de Idaho hecho por Homero, que la noche anterior cree que el coco se ha metido a la casa. Juan Carlos Bodoque termina arruinado por una ludopatía que va desde los dados hasta la hípica; y un poco más grandes descubrimos las crueldades de las que Tony Soprano era capaz para cobrar las líneas de crédito que abría en sus partidas de poker ilegales. Apostar era, de una forma incuestionable, algo malo.
Al Alvarez sentía una sospecha parecida por las apuestas cuando viajó a cubrir el Campeonato Mundial de Poker de 1981. Alvarez fue un poeta y ensayista británico, de ojo y sensibilidad afinados. Conocido de Robert Lowell e íntimo amigo de Sylvia Plath y Ted Hughes, además de un apasionado por actividades disímiles, que iban desde los naipes hasta la natación. En un gesto algo excéntrico por reportar una actividad que estaba asociada al bajo mundo londinense, tomó un avión hasta Estados Unidos para comprender lo que eran las apuestas de verdad. Ordenó la información que obtuvo sobre el juego en su libro Poker. Crónica de un gran juego —publicado por Hueders en Chile, aunque ahora algo difícil de encontrar—, que abre contando sobre los primeros juegos donde hubo cantidades incalculables de plata sobre la mesa. El año 1949, el griego Nick Dandalos se batió en un duelo de naipes contra Johnny Moss, un apostador incansable que, cuando no estaba encorvado sobre sus naipes, lo hacía sobre sus dados. El juego duró cinco meses, con pausas para dormir cada cuatro o cinco días. Para cuando Dandalos se rindió, asegurando en un caballeroso gesto que había jugado lo suficiente, se calcula que había perdido cerca de dos millones de dólares. Si hacemos un reajuste de acuerdo al CPI-U, el indicador de la inflación estadounidense, estaríamos hablando de cerca de 27 millones de dólares actuales.
Dandalos y Moss ya jugaban por fichas. La representación del dinero, que se habría instalado en los casinos hacia mediados del siglo XIX, es necesaria para poder comprender el poker. Al menos según Alvarez. Esta forma de virtualizar la plata permite que el dinero sobre la mesa pierda su componente de realidad y se convierta en un elemento más del lenguaje del juego. El poker construye patrones de información complejos a partir del movimiento de las fichas, las cartas y lo que se conversa, y las decisiones se toman en base a estos elementos dialogando constantemente entre sí. Una ficha se parece más a una piedra pulida que a un billete de 100 dólares, y para 1949 esa ya era una base sólida en el negocio de las apuestas. Por obvio que suene, si jugamos con plata, hay que convertirla en parte del juego. Ver los billetes puede ser un distractor.
A pesar de que conocíamos las fichas, moverlas sobre una mesa para ganar millones de dólares era una ficción absoluta para los niños chilenos que crecimos apostando tazos. Mis amigos y yo gastábamos nuestras escasas monedas en máquinas con las dimensiones de un flipper, que se instalaban en los almacenes y las botillerías, y nos invitaban a jugar a un tragamonedas donde debíamos alinear personajes y símbolos. Apostábamos apretando botones gruesos, blancos y percudidos, como los de un sintetizador viejo para hacer música, que nos daban una fantasía sobre nuestro propio control y destreza. En realidad, nadie comprendía cómo funcionaban, pero podríamos presumir si lográbamos obtener al menos una moneda como premio. Solían estar acompañados de cascadas de monedas llenas de espejos, que buscaban multiplicar las monedas para dar la sensación de estar exhibiendo un tesoro, y tableros sobre los que teníamos que catapultar pelotas hasta formar alineaciones para ganar monedas o más oportunidades. Como en todo juego cuyo mecanismo no comprendíamos, y que tenía más que ver con la suerte que con cualquier otra cosa, a veces ganábamos y a veces no. Y, cuando ganamos, nunca fueron más de quinientos pesos.
Fruit Cocktail fue una de las máquinas que se expandió con más fuerza. Era un juego donde debíamos crear líneas de limones, guindas, duraznos o manzanas para ganar. Al fondo del tablero, una inquietante frutilla levemente antropomórfica —solo tenía ojos y brazos— y echada en una despreocupada pose de vacación, nos saludaba para invitarnos a jugar. Era tan común verla que, con el paso del tiempo, internet se llenó de imágenes de la misma fruta que decían cosas como frutilla culiá, devuélveme a mi abuela.
El participar del juego sin comprenderlo nos convertía en lo que Al Alvarez llama perros en su libro sobre el poker. Para los apostadores fuertes, un perro es alguien que cree que está en condiciones de competir, pero que no tiene la experiencia, la habilidad ni la inteligencia suficientes para ganar una partida. Es una metáfora que nos hace pensar más en un cándido y torpe golden retriever que en algún otro perro intimidante; y sirve para identificar a los amistosos entusiastas dispuestos a perder solo por la satisfacción de participar. En el fondo, es una forma de comprar una entrada al juego.
Para cuando me convertí en un perro, sabía que existían apuestas reales, por encima de los tragamonedas. Algunas correspondían a un mundo público y otras a uno privado. En el privado vivían el pool, el cacho o el ajedrez: actividades no reguladas, donde la gente jugaba por montos chicos de plata, y donde se ganaba de acuerdo a un componente pequeño de suerte y uno mucho más considerable de destreza. Mi tío Marcelo presumía su habilidad para el ajedrez y el pool hasta que mi abuelo, Wildo, aceptó jugarle una mesa y lo dejó fuera de la competencia sin sudar. Él, sin embargo, nunca presumió de sus facultades.
Al mundo público de las apuestas pertenecían lugares como los casinos y el Teletrak. Como no había casinos en Rancagua cuando yo era un niño, pensaba en ellos con un esplendor glorioso y siempre vestido de dorado. Los tragamonedas eran un espacio de reflexión solitaria, donde la meditación conversaba con la fortuna; y, si te convertías en un apostador fuerte, con destreza y carácter, podías moverte a los dados o las cartas. La única vez que estuve cerca de un casino en mi infancia fue durante un viaje a Puerto Varas, al que fui con la familia de mi mamá a ver a la tía Lucha. La tía Lucha era una media hermana de mi abuela, que me presentó a un brazo completo de la familia amputado por mi bisabuelo. Nos alojó por casi dos meses en su casa: una enorme y cómoda cabaña de madera en un cerro, que hacía de hospedaje para todos los familiares itinerantes del sur —sorpresivamente, eran muchos—. Mientras yo jugaba Play con primos a los que nunca volvería a ver, mi abuela y la tía Lucha iban al casino: se arreglaban durante horas, se probaban aros, se ponían vestidos negros con borlas y lentejuelas, llevaban carteras con tachas, faldones largos con encajes de colores metálicos y tapados. Hoy algunas de esas combinaciones podrían verse algo lúgubres, cercanas a un funeral, pero para mi abuela ambos espacios tenían que ver con la misma solemne elegancia.
Mis primastros esparcían el mito de un gran salón para niños cuyos tutores iban al casino: uno lleno de flippers, películas y Playstation 2 —en esa época, tocar uno era una fortuna que ninguno de nosotros conocía—. Antes de cada salida, le rogábamos a las dueñas de ese verano que nos llevaran con ellas. Una petición absurda a la que, por supuesto, nunca accedieron.
El Teletrak, también en la esfera pública de las apuestas, era un lugar que nada tenía que ver con la opulencia de los casinos. Lo vi muchas veces viviendo en el centro de Rancagua: siempre sucio y a veces lleno, condensaba una masculinidad decadente, triste y rabiosa, donde la frustración económica y la deportiva se materializaban en forma de papelitos rotos en el piso. La decepción que se respiraba en los caballos se oponía directamente a la riqueza pasajera y eufórica que Homero y Ned Flanders vivían en Las Vegas. Aunque yo le tenía un respeto temeroso a los caballos y me interesaban los vaqueros, nunca pensé que un sheriff fuese a entrar a un Teletrak más que para capturar a un forajido.
Aunque estaba interesado por la hípica, Emilio Gauna no era ni un comisario ni un criminal. Gauna es el protagonista de la novela El sueño de los héroes, de Adolfo Bioy Casares, un hombre que gana una cantidad inesperada e impresionante de plata apostando en el hipódromo de Palermo, durante el Carnaval de Buenos Aires de 1927. Gauna reúne a sus amigos y les transparenta su suerte. De acuerdo al sistema de valores porteño de los años veinte, en que un hombre tenía que ser rudo, bien parecido y honorable, la plata que se gana en el juego debe compartirse. Después de festejar por tres noches, Gauna despierta con la sensación de que ha perdido un recuerdo trascendental para su vida. Con el ritmo de la mágica coincidencia de Bioy Casares, Gauna vuelve al Carnaval de 1930 para intentar reconstruir esa noche en que algo le fue arrebatado. Sin embargo, se encuentra con aquello que el azar le perdonó, pero que esta vez no le dejaría pasar: un duelo a cuchillo durante la última noche de las fiestas.
En la novela, el azar juega más de un papel: primero, es la actividad que le entrega a Gauna las condiciones materiales para interrumpir su vida. Las apuestas tienen el poder de dar un vuelco absoluto a una vida normal: pueden enriquecerte sin producir ni transar nada más que tu suerte. Gauna, sin embargo, no es un jugador, sino un entusiasta. El dinero es un premio y no instrumento y, en vez de volver a apostar, decide gastarlo. El segundo papel de la suerte es ser el motor de una historia doble, donde perdona a Gauna en una ocasión, pero no en la segunda. A pesar de que algo enorme le es concedido, el azar tiene la facultad de cobrárselo.
Mi tío Gastón me advirtió de ese cobro desfasado muchas veces. Gastón era mi favorito entre los hermanos de mi papá: mi tío más joven, el que llevaba el pelo largo, dibujaba y tenía un talento desbordante para la pelota. Tanto, que había terminado por agotarla y la dejó junto a su sueño del profesionalismo. Además, el más chistoso de todos. Chispeante sin humillar a los demás ni a sí mismo. Tal vez fuesen su ocurrencia y su creatividad lo que le permitían pensar de forma dinámica y ser un maestro de las cartas. A los veintisiete años, Gastón comenzó a trabajar como crupier en el Monticello recién inaugurado cerca de Rancagua. Cuando nos veíamos los fines de semana, le pedía que me contara sus historias sobre el casino, un lugar que me seguía pareciendo intrigante e ilícito. Me hablaba mucho sobre la gente que no podía dejar de jugar. Los sobregirados, me contaba, solían llegar cargando fichas con los brazos y se lanzaban a jugar hasta agotarlas. Me hablaba de mineros que llenaban el casino el día de pago de los bonos de términos conflicto, y de hombres con terno que llegaban desde Santiago, con una ansiedad febril por jugar a la ruleta y que, en muchas ocasiones, se iban cargando nada más que su propia angustia.
Para cuando lo comenzaron a mandar al VIP, Gastón ya se había cambiado de nombre. Una vez, almorzando en la casa de mi abuela, nos mostró un gafete que decía “Alfredo”. “Yo te di un nombre”, le dijo mi abuela, “¿por qué no lo usas?”. Él le respondió que era justamente para honrarlo: “así putean a Alfredo y no a Gastón”. Los apostadores fuertes, nos contaba, tenían por costumbre insultar al crupier. Motivados por la impunidad que les permitía esa verticalidad absurda entre el jugador y quien le reparte las cartas, lo hacían cada vez que sus juegos iban mal. Los crupiers, claro, no tenían permitido responderles, así que era mejor usar otro nombre. Sin embargo, nos dijo, se daba una licencia: cada vez que alguien le decía que era un concha de su madre, él respondía que había nacido por cesárea.
Para Gastón, el VIP era el infierno en la Tierra, y su sentir se sintetizaba en la infame frase de Bender, el robot de Futurama que, al ser echado del parque temático de la Luna, asegura que construirá su propio parque, “con juegos de azar y mujerzuelas”. El VIP, nos contaba Gastón, era una gran sala cuna para los ludópatas. Un lugar exclusivamente masculino, donde las mujeres se reducían a silenciosas acompañantes que sorbían tragos caros. La dinámica del salón solía darse en grupos, siempre de muchos hombres, donde un evidente líder era el benefactor del resto. Quien cargaba y repartía la plata para que sus acompañantes jugaran. Gastón me hablaba de chinos que comprendían el español a conveniencia; hombres inquietos que intentaban pasarle las llaves de sus autos cuando quedaban en bancarrota —recuerdo en particular cómo imitaba la desesperación de un hombre que le gritaba “¡es un Lexus, un Lexus!”, de narcotraficantes con los que ningún otro jugador quería compartir la mesa, y futbolistas celebrados por su energía exuberante. Cuando le pregunté por uno en particular, me dijo “le gusta tanto la plata que si no fuera bueno para la pelota, sería traficante”. Hasta donde tengo entendido, Gastón nunca volvió a pisar un casino después de ser despedido en un movimiento antisindical.
A Rodrigo lo conocí tarde y del otro lado de la mesa aterciopelada. Rodrigo era el papá de un gran amigo, al que él mismo conoció llegando a su adultez. Yo sabía que era Gran Maestro Internacional de Ajedrez —algo que en esa época me parecía bastante menos impresionante que ahora— y que se ganaba la vida dando clases de ajedrez y jugando al poker online. Si uno ve los registros que el fotógrafo Ulvis Alberts tomó de la Serie Mundial de Poker de 1981, la misma reporteada por Al Alvarez, puede ver a leyendas imponentes del poker, como Benny Binion o Amarillo Slim, enfundados en trajes impecables, sombreros de vaquero texano y lentes de sol; o a un joven y estilizado Stu Ungar —que ese año se coronaría campeón— apilando sus fichas sobre la mesa, en un gesto suave y seguro. Pero Rodrigo, a pesar de ganarse la vida de la misma forma que ellos, tenía una imagen bastante menos particular: era un sujeto delgado, de mediana edad y un pelo rubio que comenzaba a adelgazarse conforme subía por su cabeza. Solía estar en la Casa de Cena, el bar y restaurante del barrio Baquedano que tenía la bien ganada fama de no cerrar nunca, y donde, se rumoreaba, los CNI se juntaban a carretear durante la Dictadura.
A pesar de estar aparentemente alejado de la imagen de un gran jugador de poker, Rodrigo tenía una personalidad ladina, trataba de demostrar un desinterés que rayaba en el desprecio por prácticamente todo, y proyectaba una seguridad absoluta por su inteligencia, muy probablemente amparado en su título de Gran Maestro. En su Tratado del poker avanzado, el jugador profesional Doyle Brunson escribió que el hold’em era un juego sobre naipes, pero que ese era apenas un componente. A esto había que sumarle el ingenio, la psicología, la posición y el carácter. Todas eran cosas de las que Rodrigo disponía y, sin embargo, escondía muy bien. Nunca nos habló de heroicas partidas de ajedrez ni de manos excepcionales que le hayan dado un gran premio. Él parecía concentrar las energías de su bluff en asegurarnos que era deseable para las mujeres.
Me parece lógico y apropiado que un apostador hábil no presuma. El sueño de un jugador de naipes se alcanza calibrando suerte y destreza, y presumir con respecto a cualquiera de ambas, supongo, puede hacer que el bote de la suerte se tambalee. Si pensamos en la persuasión como una parte esencial de esa destreza para apostar, ningún jugador seguro de sus capacidades debería alardear sobre ellas fuera de la mesa. Parte de persuadir es hacerle pensar al otro que puede ganar. Esa es la base de cualquier apuesta. Incluso quienes caen en el pepito paga doble en el Paseo Ahumada ven cómo se repite el juego —siempre justo— con los palos blancos, y creen estar frente a una oportunidad de doblar su plata. Lo más seguro es que sepan que es una forma antigua de estafar, pero cada jugador piensa que puede ser la excepción a la injusticia del juego. Para ser persuasivo, el juego o sus jugadores deben darte algo, partiendo por un trato amable que aleje la idea del peligro e instale la del compañerismo, aunque sea falso. Por eso, cuando las apuestas son por diversión y no por plata, se vuelven cándidas y aspiracionales. Como en ese episodio de Malcolm donde Hal compra una mesa para invitar a sus amigos a jugar poker, una actividad que ya es costumbre entre ellos, y se dedican a bluffear de una manera que resulta enternecedora: sabemos que compiten por fichas que no canjearán por nada.
Sin embargo, personajes como Hal y sus amigos se juntan a jugar poker porque han sido persuadidos de que es un juego atractivo, aspiracional y con cierto honor. La idea de enriquecerse a base de astucia y habilidad es seductora por improbable, y en eso se basa la publicidad de las apuestas. Los comerciales que invitan a jugar se fundan más en la fantasía que en la suerte. Si uno busca publicidad de Las Vegas en Youtube, puede ver enormes edificios de los que cuelgan luces doradas; fuentes con chorros majestuosos que dibujan figuras con el agua; alfombras rojas, pianos de cola, atracciones que simulan ser ciudades europeas y mujeres en convertibles corriendo por la carretera. Creo que muchas personas de mi generación no nos sentimos atraídas a apostar porque la forma en que nos presentaron el juego era bastante más triste y modesta. La última publicidad que se puede encontrar en Youtube sobre una sucursal de Teletrak es del 2001, y es para celebrar la inauguración del Teletrak de Chiguayante, donde un desanimado locutor —que nos enteramos en los comentarios es un célebre comentarista de carreras de Concepción— nos cuenta que la nueva sucursal abrió en O’Higgins 2180, al lado de un bar y pizzería que tiene colgado un neón que reza “bar” en una palmera. Cuando la cámara se mueve al interior del Teletrak, vemos a un cura chorreando agua bendita por el lugar, y a una representante del municipio cortar la cinta de un estrecho acceso.
Si comparamos ambas publicidades, no es una sorpresa que la publicidad masiva de las apuestas apuntara a esa gloria dorada. Muchas formas de apuestas pretenden imitar la elegancia de los casinos, incluso las máquinas de los almacenes y los oscuros locales chinos de tragamonedas en Estación Central disponen de sets de luces metálicas y manillas. Esto busca darnos la sensación de una victoria eufórica. La publicidad de las apuestas es una que se mira a sí misma: actúa como si no hubiesen más posibilidades que ganar al momento de jugar. En ellas, de un modo absurdo y contradictorio, el azar solo obra a favor de los jugadores.
La publicidad masiva de las casas de apuestas y casinos online que vemos pasar por nuestros teléfonos tienen esa misma estética. Una que, sumada al pobre manejo de las herramientas de inteligencia artificial y al enorme volumen de contenido, hacen de los anuncios una experiencia mucho más despersonalizada, de una estética inmediatamente obsoleta y ligeramente pornográfica: siempre con mujeres semidesnudas y monedas de oro. No es raro escuchar la expresión “parece de casa de apuestas” cuando una publicidad es demasiado chillona, ostentosa y vulgar. El teléfono se convierte en un tragamonedas portátil, y hace que ese entusiasmo que antes solo se encontraba al pisar un casino, pueda moverse contigo a todas partes.
Sin embargo, sí ha habido casas de apuestas capaces de capitalizar la imagen de la fantasía y la destreza. Movernos al terreno de las apuestas deportivas implica transitar desde la destreza —o a la ficción de la destreza que pueden dar, por ejemplo, los tragamonedas al permitirnos tirar de la palanca—, a una esperanza que se funda en las estadísticas. Mientras que los casinos y las apuestas que dependen de ciertas habilidades, como los naipes o el pool, se amparan en decirle al jugador que la victoria depende de sí mismo, las apuestas deportivas necesitan hacernos sentir parte del equipo. En ese sentido, el término apuesta deportiva tiene una doble intención: la de apostar al deporte y la de apostar como una actividad deportiva.
Las casas de apuestas online más refinadas buscan darle a sus apostadores un lugar de pertenencia, casi siempre a través de comerciales y patrocinios. En medio del entusiasmo por el Mundial, el New York Times publicó un reportaje sobre la crisis de los derechos de la imagen de Maradona. Diego, sabemos, es más que un futbolista para los argentinos. Es un símbolo heroíco y problemático en la misma medida. Fue un chico tozudo y porfiado, con el temperamento de un genio, mucho más conflictivo y comprometido políticamente que el 10 actual de la Selección Argentina. Buenos Aires es un gran monumento a Maradona. En todas partes hay murales con su rostro: el estadio de Argentinos Juniors es un museo dedicado a su figura, y la casa en que vivió en La Paternal tiene afuera una placa de mármol que dice «La casa de D10S», junto a una pequeña pancarta que asegura que «Aquí vivió feliz».
El manejo de su legado ha sido tan complicado como el manejo de su figura en vida. Maradona murió sin dejar un testamento, y muchos de sus amigos y socios comerciales aseguran que su voluntad es que sus hermanas fuesen sus albaceas. Sus hijos, disconformes, comenzaron un proceso judicial para declararse legítimos herederos y retirar del mercado un montón de productos con la imagen de su papá: vinos, bebidas energéticas y papas fritas. En enero se ordenaron todos los derechos de la imagen de Maradona a sus hijos, aunque en abril aseguraban seguir encontrando productos con su cara y su nombre.
A pocos meses de que el proceso judicial haya terminado, la casa de apuestas BetWarrior, auspiciadora de la Selección Argentina, lanzó un comercial con Maradona durante las transmisiones del Mundial. En la publicidad, vemos a un joven Diego hecho con inteligencia artificial, que posa sus manos sobre su cadera y habla con su tono díscolo y orgulloso. En un acto de nostalgia caricaturesca lo muestran joven, vistiendo la camiseta de la selección y dentro de un televisor en blanco y negro. Tras un breve discurso motivacional, el Maradona virtual cierra diciéndole a la cámara que, si se acaban las piernas, “les vamos a demostrar que acá se juega con pelotas”.
Maradona fue el último futbolista sancionado por doping en un Mundial, tras su celebración frente a la cámara en el Mundial del 94. Dos Mundiales antes había convertido el Gol del Siglo y la Mano de Dios en el mismo partido contra Inglaterra, apenas cuatro años después del final de la Guerra de las Malvinas. Maradona fue un sujeto complicado y enigmático, y lograba equilibrar su oscuridad con una insensatez soñadora y un carácter digno y confrontacional. Después de ser retirado del Mundial de Estados Unidos, el 10 pidió disculpas y aseguró a los fans del fútbol que “la pelota no se mancha”. Para el final del comercial de BetWarrior, la imagen del símbolo popular que encontró su propia metáfora para desligar al fútbol de su error fue reducida a un juego de palabras que junta fútbol y testículos.
Aunque para muchos es un intento innoble, capitalizar esa imagen popular es parte del deseo de convertir las apuestas en una actividad emotiva. No soy un experto, pero llevo muchos años trabajando en cosas afines a la publicidad y el marketing, y sé cuán difícil puede ser crear un comercial de esos que la jerga profesional llama emocionales: publicidad que suele aspirar a ser una pieza narrativa un poco más ambiciosa que un comercial saturado de colores y beneficios, y que intenta dar un sentido de pertenencia y comunidad. Una experiencia que busca llevarnos a la marca por sentirnos identificados o relacionados con los valores que expresan en sus anuncios. Betano es una marca excepcional en términos de construir un relato de comunión para los apostadores online. La casa griega de apuestas invierte muchísimo en publicidad, por lo general con grandes campañas en medios masivos, que intentan vincular las apuestas con la entretención o la confianza. Es curioso que, a diferencia de muchas otras casas de apuestas online, no suelen mostrar su interfaz, y en su último comercial ni siquiera hay un celular —algo que ninguna otra gerencia de marketing dejaría pasar—, y se basan más en la satisfacción de descubrir las apuestas que en la de ganar plata. Probablemente Betano haya logrado reconocer que las apuestas sujetas a una habilidad, como los naipes, el pool o los tazos, son espectaculares; pero que las otras, aquellas que apuntan al azar o las estadísticas, pueden llegar a ser vergonzosas. Estudiar los números de un equipo puede ser insuficiente para ganar un partido, y perder plata en la soledad del celular se convierte en un acto privado.
La marca atiende este problema haciendo sentir a sus clientes que pertenecen y participan. Betano fue auspiciador oficial del Mundial de la FIFA, y este campeonato lanzó su campaña Creer lo hace real. En un comercial de poco más de un minuto, seguimos a un personaje de un renderizado 3D de una calidad cercana a la de los primeros juegos de Playstation 4. En un estadio lleno de otras personas tristemente sintéticas, que celebran repitiendo el mismo movimiento mecánico con los brazos, mientras su equipo recibe una copa al medio de la cancha, el personaje que vemos al principio —el único que viste de naranjo, los colores institucionales de la marca—, deja de moverse y mira sus propias manos, como dándose cuenta de que está inserto en un lugar plástico e incómodo, un espacio que no le corresponde. Sale del estadio entre los fans, todos vestidos de blanco, y cruza un portal que lo deja en el mundo real. El nuestro, digamos. Mientras suena una versión de Mr. Lonely, la canción de Bobby Vinton sobre ser un don nadie, cantado por una mujer de voz profunda, el protagonista se encuentra en la calle con la barra de un equipo de color naranjo que va de camino al estadio. Entre cantos y banderas, siente la lluvia en el rostro por primera vez, conoce los taca tacas, se come algo parecido a un choripán en un local, y llega en un bus lleno de fans al estadio. Cuando entra a las graderías, y ve a la multitud de naranjo cantarle a su equipo mientras agitan banderas, el personaje sonríe y el comercial cierra asegurándonos que “Estar ahí lo hace real”. Betano logra hacer de las apuestas deportivas algo emotivo y edificante. Un servicio que brinda un espacio de pertenencia. Un lugar virtual que nos muestra que no necesitamos ser hinchas históricos: podemos seguir caminando hasta encontrar el lugar que nos corresponda.
La estrategia de esa publicidad es mostrar las apuestas como algo que ocurre fuera de la suerte y de la destreza. El problema se sortea y no se atiende. El juego se convierte en algo conmovedor, donde nuestro propio compromiso es el que nos dará las posibilidades de ganar. Ignoran la euforia económica a la que llevan las apuestas y el poner las esperanzas en equipos y jugadores que no le deben nada a los apostadores. Las casas de apuestas son una ficción de la solidaridad: una donde el apostador se beneficia del trabajo de los otros al demostrar suficiente compromiso. Ese leal entusiasmo, sin embargo, se va desdibujando en la medida en que los apostadores deportivos se hunden en las dinámicas del juego.
En el fútbol se suele hablar de el distinto, una categoría que se consolida por repetición: se usa para hablar de jugadores que piensan distinto, se mueven distinto o le pegan distinto. Para muchos, el distinto es vistoso; creo que, en mi caso, prefiero pensar que el distinto es el que hace jugar al resto. Quienes nunca fuimos futbolistas excepcionales siempre necesitamos del distinto para ganar partidos. En mi caso, fue un gran amigo del colegio, que hizo inferiores hasta los quince años en la cantera de O’Higgins, y que se convirtió en un futbolista muy respetado en el círculo amateur rancagüino. Hasta el día de hoy es un jugador paciente, muy inteligente, de enganche seguro y una pegada certera a tres dedos.
Mi amigo tuvo que operarse el ligamento cruzado tres veces, y el mismo año en que el médico le dijo que no podía seguir jugando se quedó sin pega. En ese momento él ya venía apostando cifras chicas a partidos que le interesaran. Era una diversión ligeramente adrenalínica, que no lo enriquecía ni lo empobrecía. Sin embargo, cuando se juntó con la melancolía y la ansiedad de la cesantía, la plata se convirtió en una herramienta de trabajo. Comenzó a apostar su finiquito y encontró una salida económica de emergencia. Cuando le pregunté sobre sus apuestas, me dijo que llegó a apostarle al tenis universitario europeo y al fútbol amateur de Mauritania.
Estudió las jergas y los métodos de los apostadores para obtener montos más altos sin sacrificar la seguridad de las estadísticas. Sin embargo, las apuestas se sostienen en la máxima de que la suerte no dura, y cuando comenzó a perder de manera sostenida, también comenzó a apostar sin bases numéricas. Solo de acuerdo a impulsos y corazonadas por equipos y jugadores a los que no conocía.
En nuestra conversación sobre las apuestas, me dice que todos cuentan cuando ganan, pero nadie cuando pierde. Si bien parece lógico para el orgullo de un jugador, él cree que tiene más que ver con obtener una suerte de prestigio para abrir una línea de crédito social. Si tus pares te reconocen como un apostador seguro y ofreces una comisión a cambio de préstamos para jugar, la gente te pasará su plata.
Su diagnóstico final fue depresión y no ludopatía, y aunque participa de pollas mundialeras y dinámicas sociales donde se mueven pequeñas cantidades de plata, se ha vuelto reflexivo ante cada transacción. Hoy piensa que un apostador es alguien que mutila su propia suerte. Él mismo tiene contactos en sus redes sociales que publican historias sobre cómo apostaron cien lucas y ganaron setecientas. “Pero no sabemos cuánto han perdido para llegar a ganar esas setecientas”, me dice. Él, que llegó a ordenar sus apuestas en hojas de Excel para hacerles seguimiento, sabe que el sobregiro siempre es una posibilidad, y que en ocasiones ganar un monto alto no es más que un breve alivio. Cree que la publicidad es, probablemente, lo que más empuja a la gente a apostar. Según Investigate Europe, un 66% de los equipos de fútbol europeos tienen alguna relación con casas de apuestas, y si nos quedamos acá, un 100% de los equipos chilenos de Primera División publicitan casas de apuestas en sus indumentarias. O’Higgins, el equipo al que crecí yendo a ver jugar al Estadio El Teniente también lo es. El Grupo Caliente, sus actuales dueños, es conocido por sus casinos online en México.
Las apuestas se han convertido en una forma de domesticar el deporte. Ya son comunes las acusaciones a jugadores por intervenir en los partidos de acuerdo a las proyecciones de las apuestas deportivas. Lucas Paquetá fue acusado de manipular partidos al ganarse tarjetas amarillas en cuatro partidos seguidos, y en Chile se cuestiona activamente a Arturo Vidal por su casino online Juega con el King, donde puedes apostar por sus propias estadísticas.
A pesar de que los formatos han variado, las apuestas siguen manteniendo la idea de que la plata es solo un factor al momento de jugar. Pittsburg Phil fue el primer gran prócer de la hípica. Hijo de migrantes y cortador de una fábrica de corchos en Pensilvania, George E. Smith —ese era su verdadero nombre— amasó una fortuna de más de tres millones de dólares apostando. En las entrevistas que le hizo Edward Cole y que publicó en 1908, Pittsburg Phil da una lista de máximas para apostar a los caballos. Si uno las lee, notará que no se habla mucho sobre plata. Es más un tratado sobre la gestión de recursos materiales y emocionales, desde conocer al caballo hasta tener templanza en la pérdida y confianza en la experiencia, pues según sus palabras, el conocimiento no es un talento, un hombre —no una persona, un hombre— lo obtiene a través del trabajo duro. Se subentiende que siempre se pierde, y lo mejor es hacerlo lo menos posible, hasta llegar a las carreras que te permitan ir acumulando riqueza. Resalta valores como la honestidad, el éxito, la destreza y el carácter para ganar plata.
Hoy, sin embargo, no hay demasiada literatura para comprender las apuestas. Casi todo se reduce a opiniones, datos y consejos para ganar que terminan por ser insostenibles. Recuerdo cuando, en una situación parecida a la de mi amigo, me despidieron del trabajo y, en el ocio y la necesidad de generar plata, comencé a estudiar comunidades de apostadores online. Llegué hasta un Telegram donde aseguraban tener excelentes datos de apuestas deportivas, especialmente enfocadas en la NBA y el fútbol europeo. Los datos más certeros, aseguraban, se entregaban a través de canales privados a los que había que pagar para entrar. Motivado por el éxito que ellos mismos prometían, pagué mi pasaje virtual —algo así como 3€— y recibí el dato. Decían que la información pagada era ideal para hacer apuestas fuertes, sin embargo, no me atreví y decidí esperar al resultado, a pesar de mi inversión. Al final, la suerte no estuvo con los asesores del canal, y lo único que pudieron hacer fue pedir una disculpa, asegurar que la siguiente jugada sí sería la ganadora, y ofrecer un descuento para entrar al próximo canal privado.
Si uno lee estudios o noticias de páginas especializadas del mundo de las apuestas, suele encontrarse con un lenguaje usado por cualquier equipo comercial: buscan minimizar la fricción, disminuir el churn y asegurar la fidelización de los clientes. Las páginas y las apps siguen poniendo sus esfuerzos en encontrar formas de dar un trato VIP a través de la virtualidad, enfocándose especialmente en implementar sistemas para pagarles cada vez más rápido a los ganadores, y cómo gamificar aún más su experiencia. Mientras los casinos debieron virtualizar el dinero a través de las fichas, las casas de apuestas recibieron esta virtualidad regalada. La plata que no se ve es más fácil de gastar y el sobregiro puede llegar rápido, pero lo que para una persona común es una amenaza, para un apostador es un estímulo.
Es así que las casas de apuestas deportivas se proponen cazar a la ballena: mientras que los casinos apuestan por la experiencia, el servicio, el juego como panorama y la generación de una rotación constante, las casas de apuestas buscan hacer que pocos jugadores quieran ganar plata rápida a través de apuestas robustas. Un apostador fuerte es, para ellos, una ballena. Su dinámica se acerca más a la del hombre de los dados sobre el que Al Alvarez habla en Poker. Cuenta que, el año 1980, el casino Horseshoe de Las Vegas recibió a un hombre que canjeó 777 mil dólares en fichas y las apostó todas a una sola tirada de dados. En su ambición por un poema absoluto, donde no hubiese palabras sustituibles, Stéphane Mallarmé escribió que “una sola tirada de dados jamás abolirá el azar”. Dispuesto a enfrentarse a su propio azar, el hombre del Horseshoe ganó su tirada de dados, retiró de inmediato todas sus fichas y volvió a su casa. Cuando le preguntaron por qué lo había hecho, dijo que la inflación se comería su dinero, y que valía más duplicarlo o perderlo todo que solo mantenerlo.
En Chile las casas de apuestas son virtualmente ilegales. No existen normas con respecto a las apuestas online, y se le intenta dar celeridad a sus proyectos regulatorios. La mayoría de los estudios sobre las casas de apuestas, provenientes de instituciones públicas, se proponen hacer un barrido sobre la conducta de los jugadores, y cómo y cuándo se cruza el umbral de lo problemático. Los operadores de las casas de apuestas no tienen sede en Chile, así que los volúmenes de plata que mueven suelen ser estimaciones. Según la consultora H2 Gambling Capital, el mercado de las casas de apuestas en Chile habría ganado unos 625 millones de dólares en 2025, con Betano, Jugabet y Coolbet concentrando más de 375 millones de dólares de la cifra total. De acuerdo a un estudio del INJUV, ocho de cada diez jóvenes ha apostado en línea —un 89% son varones— y comienzan a jugar, en promedio, a los catorce años. De acuerdo al estudio Pantallas que atrapan, de la Corporación de Juego Responsable, más de la mitad de esos muchachos busca ganar plata, y un 36% asegura hacerlo o haberlo hecho solo por aburrimiento. Si bien existen reportajes y notas periodísticas que hablan sobre las condiciones materiales e inmateriales que llevan a las personas a apostar, las cifras suelen resaltar más que los motivos: el Centro Terapéutico Walnut estima que el 8,3% de la población chilena tiene una relación problemática con el juego, siendo el grupo más vulnerable los hombres de entre 18 y 40 años. A modo de referencia, el rango mundial estimado va del 1% al 3%.
El Divino Anticristo, un hombre corpulento y que escribía cuadernillos de literatura conspiranoica que vendía en el Barrio Lastarria, decía que los poetas eran personas que no querían ser fomes. Los poetas y los jugadores se parecen en que ninguno quiere estar aburrido. Hoy, como escribir poesía, las apuestas parecen ser una cosa mucho más conductual que demográfica. No se relacionan tanto con los perfiles de ingresos como con la incidencia de la publicidad en la vida de los jugadores. Nos prometen multiplicar nuestros moderados recursos. Así como cuando éramos niños y buscábamos más tazos, hoy nunca tenemos suficiente plata, pero siempre tenemos un poco, y la promesa de doblarla es atractiva. Para un apostador, tener plata es tener otra oportunidad, y en el mundo de las apuestas online, todos quieren ser una ballena imposible de cazar.