Él es un magnate de las redes sociales. Ella, una estrella de cine. Desde la primera escena de WAR vemos las jugarretas que se harán para intentar ganar el divorcio que van a enfrentar. Pero lo que en un inicio se vende como la historia de una pareja rica y famosa separándose en plena esfera pública, rápidamente decide que hay otra cosa más interesante: mostrarnos el tras bambalinas de las dos firmas de abogados que los ayudarán a destruirse.
Así, la nueva serie de HBO hace algo inteligente, mezcla una batalla legal jugosa con la disolución tortuosa de un matrimonio, dos fuentes dramáticas que han generado entretenimiento desde el inicio de la ficción.
¿Qué significa la guerra hoy en día?
Pueden haber guerras ocurriendo en el mundo, pero para la pareja protagonista, esto es lo más sangriento a lo que se podrían enfrentar.
Morgan (Dominic West, cuyo último papel televisivo notable fue el Rey Carlos en The Crown) lleva diez años casado y ha sido infiel durante varios de ellos. Cuando conoció a su esposa no gozaba de la posición que ostenta ahora, ese lugar intocable que tienen los CEOs de redes sociales internacionales. En un principio era ella quien tenía el dinero, Carla (Sienna Miller jugando a interpretar algo que le queda cerca, una actriz eclipsada por su celebridad y parejas famosas), pero los cuarenta son duros para cualquier estrella y últimamente sus películas fracasan.

Ella está harta y quiere separarse, pero él se le adelanta notificándola legalmente en una premiere pública. El evento no puede o no ser un guiño a lo vivido por la actriz y directora Olivia Wilde el 2022, cuando le entregaron documentos de separación en una convención grabada, episodio que finalmente se está exprimiendo con fines dramáticos. Desde allí se establece que no habrá límite en lo que esta pareja se hará.
No nos enteramos de los antecedentes de esta relación ni nos importan, solo los vemos queriendo hacerse el mayor daño posible. Para esto, los equipos de abogados involucrados, que parecen deleitarse con el juego de ver al otro bando caer más que con los sacos de plata que les van a llover del cielo, ocupan todas las estrategias que la verosimilitud aguante.
Presenciamos a estos equipos ideando cómo adelantarse, cómo ocupar la opinión pública a su favor, previendo jugadas, mintiéndose, manipulándose y dando vuelta los hechos. Lo que en un momento beneficia a un cliente, minutos después puede jugarle en contra y así, WAR no niega tratarse sobre un proceso: usa la negociación legal, el litigio, la revisión de acuerdos prenupciales y la amenaza de un juicio público, pero todo desde el morbo de la falta de escrúpulos y la necesidad de ganar.
Es el tipo de partida de ajedrez que viene a intentar rellenar el vacío que dejó Succession y satisfacer a quienes esperan la próxima temporada de Industry. Una serie elegante que opera a través de reuniones, documentos importantes, gente en terno hablando cosas serias y, por debajo de cada interacción, un juego de poder sangriento que existe solo en el subtexto.

WAR nos demuestra nuevamente cómo nos fascina y enrabia un mundo inalcanzable
Es gracioso pensar de verdad lo que está en riesgo para los personajes. Esta gente seguirá siendo rica incluso si pierden el juicio que se les viene encima. La pelea es por reputación, estatus, la opinión del público y sí, también por intentar conservar varios millones de libras.
Ninguno de los dos divorciantes es agradable (tampoco lo son sus abogados) y no es empatía lo que la serie busca. Tampoco quieren que los entendamos o nos identifiquemos con sus motivaciones. Lo que la serie busca, como su título anuncia, es que simplemente nos entreguemos a la sencilla regla de que cualquier cosa es válida con el fin de hacer daño al bando rival, y crear el suspenso de quién va a salir victorioso aunque ambos terminen destruyéndose.
Y, por más emocionante que sea el ver cómo estos dos millonarios de baja moral se hacen zancadillas entre ellos, el personaje más interesante de la serie existe en la periferia de ese campo de batalla, orbitándolos a ambos. Se trata de Johnny, un joven ambicioso de clase trabajadora que quiere ascender socialmente, presentado en el primer capítulo en una serie de entrevistas de trabajo en las firmas más prestigiosas de Londres.

Johnny no tiene pito que tocar en esta pelea en un principio, pero termina en la posición más complicada de todas: contratado por ambas firmas en disputa. Lo que dice su contrato, oficialmente, es que trabaja para Clara (con quien empieza a desarrollar una relación, pero eso es otra arista de la teleserie). Pero lo que dicen sus whatsapps secretos, encuentros nocturnos y traspaso clandestino de archivos es que está pasando información de los movimientos de la firma de Clara a los abogados de Morgan.
El trabajar para dos bandos bien le podría haber valido el protagónico, pero solo aumenta el riesgo para una serie que ya no necesita que existan más cosas en juego. Y todo es especialmente peligroso para él: este no es su mundo y, si es descubierto, puede quedarse sin pan ni pedazo, fuera de ambas firmas, con su reputación mancillada, sin dinero e incluso lejos de la mujer por la que empieza a sentir cosas.
Ver cómo jugará sus cartas (y cómo seguramente este mundo de dinero y poder acabará aplastándolo) nos afecta más que la discusión sobre quién de la pareja se quedará con el Ferrari y los dos caballos. Porque por más rascacielo nocturno londinense que veamos, por más auto conducido por chofer que traslade a los protagonistas, nosotros nos situamos fuera de esta burbuja, espiando como intrusos este mundo ajeno, que puede elevar una ruptura a escalas de tragedia griega si la sociedad dicta que eres lo suficientemente importante.
Es lo que nos fascinó de Succession y lo que nos puede fascinar de WAR, una abstracción hacia lo absurdo tomado de manera profundamente seria. Mientras se nos indica a diario que el mundo a nuestro alrededor colapsa, nosotros nos refugiamos y hasta nos entretenemos viendo un tipo de guerra que sí podemos digerir.

¿Cómo se hace una segunda temporada de esto?
Por más divertida que WAR parezca, por más que el espectador se quede con ganas de seguir viendo esta historia, no es fácil proyectar cómo el conflicto podría estirarse más de una temporada. Eso no es solo porque esta primera entrega parece estar tirando toda la carne a la parrilla, sino porque el conflicto está tan contenido que no habría muchos lugares hacia dónde ir al final del gran juicio que seguramente sellará el capítulo 8 y final.
Lo bueno es que WAR se concibió como una serie de antología desde el principio, de aquellas que mantendrán un eje temático en ediciones futuras pero reemplazarían su elenco y escenarios para darnos una variante de otro tipo de guerra.
Algo como lo que ha popularizado Ryan Murphy, pero ojalá mejor. Y lo bueno es que la segunda temporada se aprobó junto al estreno de la primera y ya tiene hasta casting.
¿El eje común? Cada temporada, dos firmas de abogados prestigiosas pelearán en casos legales de alto perfil.
Marisa Tomei protagonizará la segunda entrega, que ya se estaría grabando y se centraría en torno a un caso de difamación. La atención que ha recibido la primera temporada de WAR, así como sus buenas críticas, deben ser un alivio para el equipo que ya puede contar con que tendrán una recepción segura cuando la serie se estrene el próximo año.
Nota de riesgo: moderada.