Tengo pensamientos intrusivos. Cada vez que veo una persona andando en bicicleta, por ejemplo, no puedo evitar pensar que, si me posiciono de forma perpendicular a ella, no necesitaría mucha fuerza para tirarla con una patada. Algo así:
Cuando estoy en un lugar alto no puedo evitar pensar en aventarme al suelo. Esto es tan común que hasta tiene un nombre —el high-place phenomenon— y alrededor de la mitad de la población lo ha experimentado, incluyendo al ya difunto Winston Churchill. Hablando de lo mucho que le disgustaba dormir en un cuarto con balcón desde el cual podía sentir un impulso de aventarse, Churchill le dijo a su doctor Charles Moran “en momentos así, no quiero irme de este mundo en absoluto. No tengo ningún deseo de abandonar este mundo, pero pensamientos, pensamientos desesperados, se me vienen a la cabeza.”
De hecho, estudio tras estudio se demuestra que 9 de cada 10 personas admiten tener pensamientos intrusivos que los sorprenden, estresan o desconciertan. Algunas de las personas que reportan nunca tener pensamientos intrusivos de ningún tipo son psicópatas, pero esa historia es para otra ocasión.
Lástima que todo esto sea tan tabú: habría menos tormento mental para algunas personas si comprendieran mejor lo prevalentes que son los pensamientos intrusivos y el hecho de que tenerlos no implica ni que seamos malas personas ni que los vayamos a llevar a cabo. Hasta la fecha, por ejemplo, no he tirado a ningún ciclista, aunque la única fractura que he tenido fue por un accidente andando en bici de montaña, acaso un mensaje del universo de que ni siquiera lo intente.
El trastorno obsesivo compulsivo (TOC) en gran parte se alimenta de una relación malsana con los pensamientos intrusivos (aunque exploraremos otras causas). En vez de dejarlos ir, uno puede reprimirlos, monitorearlos o empezar a desarrollar compulsiones para apaciguarlos, lo cual resulta contraproducente. La idea de que pensar algo equivale a llevarlo a cabo o incremente la probabilidad de llevarlo a cabo se conoce como thought-action fusion en inglés y está fuertemente relacionado con el TOC. El mejor ejemplo de esto es el francamente enternecedor hábito de decir «toco madera» cuando decimos algo que no queremos que pase, seguido de efectivamente tocar madera, un hábito presente en tantas culturas y países que hasta podríamos llamarlo universal. ¿Hablar de algo hace que sea más probable que suceda? ¿Tocar madera hace que sea menos probable? Si no es así, ¿por qué es tan incómodo no tocar madera después de decir «toco madera»?
Muchos de nosotros tenemos la capacidad de dejar ir nuestros pensamientos intrusivos fácilmente, pero David Adam, escritor y editor de Nature, la revista de divulgación científica más prestigiosa del mundo, aclara que «el TOC es el cuarto desorden mental más común después de los grandes tres: depresión, abuso de sustancias y ansiedad». David también tiene TOC, y en su libro The Man Who Couldn’t Stop: OCD and The True Story of a Life Lost in Thought combina investigación científica de punta con anécdotas personales. Excepto que mencione la referencia exacta, pueden asumir que me basé en ese libro cuando comparta estudios o cifras, como el hecho de que se estima que entre 2 y 3 por ciento de la población sufre de TOC en algún punto de sus vidas, que casi nadie pide ayuda por vergüenza y que a las personas que lo hacen les toma 17 años en promedio encontrar al terapeuta adecuado. El paciente estereotípico del TOC es una persona extraña que no deja de lavarse las manos, pero cualquiera puede verse afectado, hasta la dulce madre de un bebé recién nacido.
El TOC Postnatal, y el problema con checar “solo una vez más”
Se estima que una de cada diez madres (o padres) muestran signos del TOC Postnatal. Esto ocurre cuando una persona se agobia excesivamente ante pensamientos intrusivos en torno a su bebé: por ejemplo, que lo quiere aventar por la ventana, meterlo al microondas o apretarlo fuertemente hasta que sus huesos se rompan. Como hemos comentado anteriormente, los pensamientos intrusivos son solo eso —pensamientos— y pensar algo no es señal de que lo vas a hacer. Por ejemplo, a Churchill le gustaba estar detrás de un pilar cuando esperaba un tren por el impulso que sentía de aventarse, pero nunca se aventó. Stanley Rachman, el psicólogo que formuló la primera encuesta de pensamientos intrusivos, ha tratado a cientos de personas desde 1960, y hasta la fecha ninguna ha llevado a cabo un pensamiento intrusivo que lastime a un niño. Quizá valga la pena hablar con alguien si tú o alguien que conoces está pasando por esto 😄
Muchas compulsiones surgen como una forma de apaciguar las obsesiones, pero el alivio suele durar poco y en realidad termina por fortalecer las mismas obsesiones que intenta eliminar. Mientras más checas algo, más sientes la necesidad de volver a checar. Recuerdo que en el gimnasio empecé a desarrollar un mal hábito: al guardar mis cosas en un casillero, probaba hasta 8 o 9 veces que la contraseña de mi candado funcionara, y cada vez pasaba más tiempo ahí, hasta que leí en este libro que mientras más checas algo, más familiar se vuelve la imagen y mayor probabilidad tienes de olvidarla o de sentir que tienes que checar de nuevo. Ahora guardo las cosas en el casillero y me voy directo a entrenar. También procuro estar muy presente cuando cierro mi departamento con llave ya que varias veces he manejado de vuelta para “asegurarme” de que cerré.
Muchos de nosotros tenemos estas pequeñas manías o dudas, pero no tenemos propiamente TOC. A fin de cuentas, yo no pasaba todo el día pensando en el casillero del gimnasio, solo eran unos minutos de locura. David Adam aclara que el TOC “no es una versión exagerada de las preocupaciones del día a día”. Es decir, tener en tu mente constantemente preocupaciones del trabajo, de salud o de otros temas relevantes para ti no significa que tengas TOC. El TOC está presente cuando hay un malestar y una disrupción considerables en tu vida causadas por el ciclo de obsesiones y compulsiones alrededor de pensamientos intrusivos que se sienten ajenos a ti (imagina estar en un ciclo tipo “toco madera” múltiples horas por día, a pesar de quieras salir de él). Un ejemplo del libro: una chica en Etiopía llamada Bira se comió un muro de su casa porque no podía dejar de pensar en él. Sí, un muro entero, ocho metros cuadrados, media tonelada. Le tomó años, pero era la única forma que veía de dejar de pensar en él. No todos los casos son tan extremos —y de hecho Bira recibió el diagnóstico de TOC moderado—, pero sirve para ilustrar el caso.
Así que no, ordenar las apps de tu iPhone por color no es TOC, pero gracias por intentarlo. Si la mayoría de nosotros experimentamos pensamientos intrusivos y luego los dejamos ir, ¿por qué para algunas personas esto se sale de control?
Diferentes posibles orígenes del TOC
Es importante aclarar que cada caso del TOC es distinto, y la mente es un sistema tan complejo que nunca —por más que nos fascine pretender lo contrario— podremos ordenar lo que ocurre en su interior con la nitidez de otras disciplinas. Dicho esto, es útil hablar de patrones recurrentes ya que explican el TOC de una gran cantidad de personas. A veces el TOC surge a partir del trauma. Por ejemplo, algunas personas que han sufrido bullying o abuso sexual desarrollan compulsiones por la limpieza o por ordenar las cosas en su casa de cierta manera. Soldados con PTSD (Post Traumatic Stress Disorder) tienen diez veces más probabilidades de desarrollar TOC. De hecho, más de la mitad de las personas con obsesiones y compulsiones clínicas pueden identificar un evento estresante en el pasado que detonó el TOC. El trauma puede ser psicológico —por ejemplo el bullying o la traición— o físico.
Otras personas desarrollan TOC por una hipersensibilidad sensorial. Una encuesta a más de tres mil adultos mostró que las personas con más síntomas obsesivo-compulsivos no disfrutaban estar descalzos en la arena o el pasto ni tampoco que los tocaran, y reportan ser así desde niños. Asimismo, un estudio en Israel mostró que niños que evitaban jugar con arena o pegamento, que se quejaban cuando les cortaban el pelo o las uñas y evitaban lavarse los dientes también eran más propensos al comportamiento repetitivo. Piénsalo así: si tu definición de “sucio” o “desordenado” es mucho más extrema, naturalmente tendrás un régimen más estricto para sentirte limpio o en paz.
Otras personas podrían tener TOC por una alteración en sus ganglios basales, una de las regiones más ancestrales del cerebro (hay especies con más de 300 millones de años en la Tierra con ganglios basales) que almacena “programas” para comportamiento repetitivo, automático o ritualístico. Esto es muy útil para reaccionar instintivamente —por ejemplo, alejar la mano cuando algo te quema— pero algunos neurocientíficos especulan que también podría explicar algunos casos de TOC, sobre todo los más persistentes o inexplicables.
Entre 1915 y 1926 una misteriosa epidemia mató a casi un millón de personas y dejó a múltiples millones más en un estado catatónico. El Doctor austriaco Constantin Von Economo reportó que algunas víctimas —cuyos post-mortems revelaron una inflamación en los ganglios basales— se sentían compelidos a llevar a cabo movimientos bizarros de forma compulsiva. En un reporte de 1920 escribió “Estos pacientes no dicen: ‘Tengo un tic en la mano,’ sino que, por regla general, dicen: ‘Tengo que mover la mano de esa manera’” (énfasis propio).
Cientos de MRI scans de cerebros de personas con TOC muestran una actividad inusual en los ganglios basales. “Una y otra vez, los científicos observan cómo el daño a los ganglios basales puede provocar síntomas estilo TOC. Lesiones y enfermedades como la fiebre reumática, Huntington's o Parkinson's pueden traer obsesiones y compulsiones”, menciona Adam en su libro. Esta hipótesis sobre el TOC ayuda mucho a entender cómo este trastorno puede surgir “de la nada” para algunas personas después de un accidente que afecta los ganglios basales o por qué hay personas que simplemente no son capaces de detener sus compulsiones. Al ser una estructura del cerebro tan antigua —incomparablemente más antigua que el córtex prefrontal o “la razón”— puede ser increíblemente difícil si no es que imposible de ignorar o suprimir.
Un par de ejemplos del libro. El señor V, de origen francés, tuvo una reacción extrema a un piquete de avispa que lo llevó a un coma de 24 horas. Scanners mostraron que sus ganglios basales se vieron afectados, y un par de años después del incidente, V empezó a desarrollar hábitos extraños, como contar en múltiplos de doce, prender y apagar switches durante horas o arrodillarse y empujar una piedra con sus manos. Su psiquiatra escribió: “Al preguntarle sobre su comportamiento, respondió que tenía que contar, que no podía parar, que era más fuerte que él”. El señor E, un holandés que sufrió un infarto que redujo el oxígeno que llegaba a la base de su cerebro, cerca de los ganglios basales, sobrevivió pero empezó a silbar compulsivamente hasta 8 horas al día, siempre repitiendo la misma melodía (su esposa fue quien propuso ir a terapia).
Cito a David Adam:
“A partir de este modelo de cómo funciona un cerebro obsesivo, queda claro por qué una respuesta habitual de la gente —decir que alguien con TOC simplemente no debería ser tan ridículo— no funciona ni funcionará jamás. ¿Acaso creen que no lo hemos intentado? Lo único que hacen es decirnos lo que podemos ver con nuestros propios ojos: que tenemos las manos limpias, que la toalla no tiene sangre. Lo vemos y, aun así, no podemos parar. Que un conductor señale que un automóvil que va a toda velocidad está yendo demasiado rápido no hace que este reduzca la velocidad. Lo que necesitamos es arreglar el freno”.
¿Y cómo le pongo freno al TOC?
Existen personas (entre ellas David Adam) que mejoran con medicinas para el TOC, aunque estas no tienen efecto alguno para un sólido 40% de los pacientes. Otras personas mejoran con terapia cognitiva conductual (CBT por sus siglas en inglés). Con el CBT los pacientes aprenden a sobrellevar la extrema ansiedad que viene cuando uno no realiza sus compulsiones —imagina decir «toco madera» y después no tocar madera durante días— y a que esta eventualmente disminuya, un proceso conocido como extinction decay (¿por qué todo tiene un nombre tan elegante?). De esta manera uno se vuelve cada vez más libre, ya que disminuye el thought-action fusion.
Algunas personas lamentablemente no encuentran formas de mejorar, mientras que otras, las más desesperadas, recurren a métodos extremos como la “neurocirugía funcional”, que no es otra cosa más que operarse el cerebro y rezar por que funcione.
¿El TOC es parte de la historia de la humanidad?
Lamentablemente las redes sociales y las series de televisión han hecho que el TOC parezca poco más que un chiste. ¿Cómo no vas a poder ser una persona normal? Pero la verdad es que esta tendencia humana de dudar, checar, ahuyentar y prevenir puede tomar desprevenido a cualquiera, desde madres o padres de bebés recién nacidos hasta grandes pensadores. El escritor Samuel Johnson contaba sus pasos y empezaba siempre con el mismo pie. Frecuentemente, aunque estuviera acompañado, regresaba para volver a iniciar y contar de nuevo. Martín Lutero, el sacerdote alemán que inició la reforma protestante, sufría de pensamientos obsesivos y escribió:
“Aprieta los dientes frente a tus pensamientos y, por el amor de Dios, sé más obstinado, testarudo y terco que el campesino o la fiera más tercos. De hecho, sé más duro que un yunque…”
La raíz de la palabra “obsesión” proviene del latín obsessio, que significa “asedio”. Es decir, uno está como rodeado, perseguido, atormentado. Kurt Gödel, un matemático brillante del siglo XX, sufría ante la irracional idea de que podría ser envenenado, quizá por comida o por el gas del refrigerador. No comía nada que su esposa no probara primero y, cuando ella murió, Gödel simplemente murió por inanición.
Personas comunes y corrientes batallan con este tipo de procesos todos los días. Una maestra anónima del libro tiene la obsesión de que sin querer atropelló a alguien mientras manejaba. Frecuentemente maneja de vuelta por la ruta que tomó para asegurarse de que no fue así, y en una ocasión llamó a la policía para preguntar si no había habido heridos recientemente. Esto generó sospechas en la policía y la escuela la suspendió nueve meses en lo que investigaban si era alguien peligrosa (afortunadamente pudo volver a su trabajo). Aunque suene extravagante, esta es una obsesión común. Tauscha Johanson menciona en esta TedTalk que su hija batalla con la misma idea.
Yo no tengo TOC ni conozco personalmente a nadie que me haya confesado tenerlo, pero me pregunto cuántos de mis conocidos no batallarán con algo similar sin confesarlo por vergüenza. Me conmueve un poco pensar que la mitad de las personas con TOC lo desarrollaron a raíz de un trauma. Leer este libro y escuchar los testimonios de varias personas me enseñaron que nuestra mente, con todo su poder y creatividad, a veces crea prisiones de las que es difícil salir. El TOC expone un lado de nuestra psique que puede parecer espeluznante, pero que forma parte de todos nosotros en mayor o menor grado y que por lo tanto es importante conocer si queremos comprendernos mejor a nosotros mismos y a los demás.
Si quieres compartir anónimamente alguna historia que tú o algún conocido hayan vivido relacionada al TOC, la puedes enviar a cartas@fintual.com, en donde será tratada con total privacidad y anonimato. Escuchamos con atención y respeto las historias de las personas para mejorar nuestra comprensión de los fenómenos sobre los cuales escribimos.