Kristo Käärmann sin conocernos me escribió por LinkedIn para decirme que estaría el día siguiente unas horas en Chile y que si nos podíamos conocer. CEO at Wise, decía su descripción.
Wise, que antes se llamaba Transfer Wise, vale US$ 12 mil millones de dólares en bolsa.
Habría ido a donde me citara, pero ese día estaría todo Fintual en Chile y no quería salir de la oficina, así que rechacé el café y lo invité yo a la oficina.
Hablamos 45 minutos de CEO a ceo. Le conté que había estado un par de veces en su Estonia natal, incluso en Tartu, donde estudió. Que conocía el barrio Telliskivi en Tallin, la capital. Hablamos del plan de Chile de ser hub financiero de la región, de algunas similitudes fintech entre ambos países. Simpático. Nos reímos un par de veces. Cuando se fue al aeropuerto, quiso tomar el metro porque no confiaba en los Uber de acá.
La conversación fue top, de nivel mundial, y no fue la mejor conversación que tuve ese día.
Porque tres horas después Emmanuel Carrère me invitó a tomar vino.
Jajaja, ctm.

Viajar por el mundo firmando libros suena entretenido, pero debe ser la parte tediosa de ser un escritor famoso. Ser famoso debe ser bien tedioso. “La fama es el excremento de la creatividad”, dijo el vocalista de Iron Maiden.
Así que, más que empaticé con la petición de no fotos, no autógrafos, no grabación por parte de la editorial. A lo que quise agregar no traducción.
Seguro entre los 200.000 clientes de Fintual habría 50 fanáticos de sus libros que además supieran francés.
El escritor de uno de mis libros favoritos (Limónov, 2011) llegó casi media hora antes de lo acordado. Cuando lo vi me empezó a tiritar la rodilla derecha de puros nervios, como me pasa cuando estoy extremadamente nervioso (que no me pasaba desde el 2018 cuando casé a un amigo).
Alguien del equipo nos presentó. Le dije bonsoir y le di las gracias por haber venido. Y no hablé más. Mitad nervios, mitad excremento.
Dejé que Warnken coordinara la que iba a ser la conversación. Y luego otras personas lo abordaron para saludarlo. Entremedio me pregunta que cuánto rato me parece bien que hable.
–C’est comme tu veux– respondí nervioso.
En verdad 10 minutos, 40, 80, lo que quisiera me parecía fantástico. La rodilla de nuevo tiritando.
Y le expliqué que lo hacíamos sin traductor para que fuera lo más cómodo posible para él, y se sintiera a gusto.
En eso, alguien saca un lápiz y un libro, y entro en pánico. Le pregunto si prefiere “dejarlo para el final” lo de firmar los libros, tirándole un salvavidas para que me diga “ok” y en el final simplemente escape sin tener que firmar nada, elegante y bien dispuesto.
Nah, no te preocupes, me dice. Y se pone a firmar.
–¿Cómo te llamas?– le pregunta a la primera persona de la fila de casi diez que de la nada se armó.

La conversación con Warnken duró 70 minutos.
El público hizo solo cuatro preguntas (“no tengo idea sobre qué va ser mi próximo libro. Sé que me iré a meter a una comisaría 15 días y de seguro eso no puede no ser interesante”) y terminó.
Se bajó del escenario, conversó mucho rato con muchas personas y cuando ya las personas no sabían qué más hacer solo empezaron a irse de a poco.
En eso se me acerca y me dispara.
–Pedro, ¿nos vamos a tomar un vino?
WHAAAAAAT.
Ante mi cara, que distinta a mi rodilla nunca manifiesta lo que siento, dice:
–Bueno, si no puedes no hay problema.
–¿Qué?… Sí… sí… por supuesto ¿dónde vamos?
–Vamos a un bar, me está esperando un amigo escritor, Benjamín Labatut.
Jajajajaja, Kristo who?
Un verdor terrible (2020) es otro de los libros que más me ha gustado en la puta vida.
Warnken, prudente, me pregunta si a mí me molesta que se sume y le digo que lo que Emmanuel diga. Qué voy a decidir qué cosa yo. Estoy aturdido, no me hagan otras preguntas.
Así terminé en una mesa de un bar comiendo pizzas y tomando vino un lunes por la noche hablando de escritores, del poder, de Georgia el país (a donde quiero ir un año alguna vez y de cuya ex presidenta Carrère es familiar cercano), de hijos, de Brasil, de García Márquez, de Francisco Varela.
Frases a las que por, algo de reserva, poca si estoy escribiendo esto, no voy a poner dueño.
— “Escribir sobre los hijos es tabú para mí, no lo voy a hacer jamás”.
— “Hay que lograr configurarse para librarse del amor que uno siente por los hijos”.
— “Hölderlin dijo: «Pero donde hay peligro, crece también lo que salva»”.
— “Colombia, como Brasil, tiene 3 ó 4 grados de más de temperatura”.
— “Si algo he logrado hacer bien en mi vida, no son tantas cosas, pero sí lo ha sido el que nadie tenga poder sobre mí… ni yo tenga poder sobre nadie”.
Chucha, me quedé en silencio pensando dos minutos enteros si yo siendo CEO de una empresa, tenía poder sobre alguien o no, o al revés, y si eso es poder ¿lo tengo? Obvio no dije nada para no aburrir.
Warnken se va.
Labatut y Carrère se lanzan en una conversación si equis escritora es así de buena o no es tan buena.
–Pedro, tú qué opinas ¿a ti te gusta ella?– me dice Carrère.
¿Emmanuel Carrère me está preguntando MI opinión sobre la obra de una escritora?, ¿a mí?, alguien… ¿un pellizco?… qué diablos voy a estar opinando yo.
–A mí me encanta, su novela me encantó– dije.
–¡Ah ya ves!
Le cuento que también me gusta la albanesa Lea Ypi y su libro Libre.
–Ah a ti te gustan los países exóticos, ya veo.
Se acercan dos chicas a pedir un cigarro.
Gozo con que no tengan la más putain idea quiénes son las personas sentadas ahí.
Aprovecho la distracción y que el bar va a cerrar, para pararme a pagar la cuenta sin que nadie lo note.
Al final puede que ése sea mi (único) aporte más significativo esa noche a la mesa.
–Ve primero dos semanas a conocer Georgia, no te aventures un año como me dijiste. Conócelo primero.
–Sí, sí.
Pienso en que seguro irán a otro lugar, en que no quiero pasar por el estrés de si me invitan o no (sospecho el sí), en la reunión de -literal- diez horas que tengo al otro día 8am, en que la noche fue correcta y no la voy a olvidar.
Y me despido.
–Espero nos volvamos a ver– me dice Emmanuel Carrère.