“Was draußen ist, wir wissens aus des Tiers / Antlitz allein.”
“Lo que está afuera, lo sabemos únicamente por el semblante del animal.” –Rainer Maria Rilke, Octava elegía de Duino
En 2003, en los bosques de Bossou, Guinea Conakry, una chimpancé llamada Jire hizo algo que nos obligó a los científicos a hacernos preguntas difíciles sobre la mente animal. Cuando murió Jimato, su cría de apenas un año, Jire no abandonó su cuerpo. Durante 68 días, lo cargó por el bosque, espantando las moscas y acicalando su pelaje mientras el cuerpo se momificaba lentamente con el calor. Y aun así siguió cargándolo, hasta que de Jimato apenas quedaba nada, como si dejarlo partir fuese una imposibilidad.
Jire está lejos de ser un caso único. En distintas partes del mundo, los animales responden a la muerte de maneras que a veces nos resultan extrañamente familiares y otras veces profundamente ajenas. Todos hemos oído de perros y gatos que parecen enfrentar un profundo duelo ante la partida de sus amos. También hemos sabido de delfines que transportan a sus crías muertas por el océano, de cuervos que se congregan ruidosamente alrededor de congéneres muertos, así como también de hormigas obreras que retiran de sus colonias los cuerpos de sus camaradas muertas. Estos son solo algunos ejemplos de un repertorio sorprendentemente diverso de respuestas a la muerte, que cambia tanto como las propias formas de vida de los animales que las protagonizan.
Estas conductas, históricamente ignoradas o consideradas simples curiosidades, han despertado tanto interés en los últimos años que incluso han dado origen a un campo científico propio: la tanatología comparada evolutiva, que busca entender cómo distintas especies perciben la muerte y responden ante ella. En el corazón de este campo hay una pregunta sorprendentemente difícil: qué entienden los animales cuando se enfrentan a la muerte. Algunos investigadores sostienen que atribuir a los animales un concepto de la muerte similar al humano va más allá de lo que permite afirmar la evidencia disponible. Otros proponen que la comprensión que tienen los animales de la muerte podría existir a lo largo de un espectro. Por ahora, no hay una respuesta sencilla.
Para mí lo interesante de comparar estas respuestas es precisamente lo diferentes que son. Ventanas de formas y colores diferentes de la profunda diversidad animal. Un cadáver puede ser una fuente de infección, la señal de que hay un depredador cerca, los restos de una cría que dependía completamente de su madre o la presencia física de una relación que acaba de interrumpirse. Lo que un animal hace frente a la muerte depende de su ecología, de sus relaciones sociales, de la manera en que percibe el mundo y, también, de lo que es capaz de comprender sobre él.
Para los insectos sociales, por ejemplo, la muerte plantea primero un problema bastante práctico: qué hacer con el cadáver. En las densas sociedades de hormigas, abejas y termitas, un solo cuerpo en descomposición puede convertirse rápidamente en una fuente de infección. Algunas hormigas obreras realizan por eso una tarea conocida como necroforesis: detectan a sus compañeras muertas y las transportan hasta los lugares donde se acumulan los desperdicios fuera del nido. El mecanismo es, en gran medida, químico. Las hormigas vivas producen señales asociadas con la vida, a estar vivas. Después de la muerte, esas señales cambian y otros compuestos relacionados con la descomposición, las llamadas necromonas, entre ellas el ácido oleico, pueden desencadenar la conducta de retirar el cadáver.
Un sencillo experimento mostró hasta qué punto esta respuesta puede ser flexible. Los investigadores estrecharon artificialmente la entrada de un nido hasta que las obreras ya no pudieron sacar los cuerpos enteros. La respuesta formica (de hormiga) fue desmembrar los cadáveres y transportándolos al exterior pieza por pieza.
No se parece mucho a lo que quizás la mayoría de nosotros llamaríamos duelo, pero tampoco tiene por qué parecerse. Es una respuesta a la muerte construida desde una forma de vida muy distinta a la nuestra: un mundo en el que la información química es fundamental y en el que las consecuencias de un cadáver se sienten a escala colonial.
Para los cuervos, un muerto puede implicar otro tipo de información. Cuando un cuervo encuentra a un congénere muerto, puede emitir llamadas de alarma que atraen a otros individuos y forman las ruidosas congregaciones que suelen describirse como “funerales de cuervos”. El nombre invita inevitablemente a pensar en nuestros propios funerales, pero la evidencia apunta a que stas reuniones parecen funcionar, al menos en parte, como una forma de evaluar amenazas. Los cuervos observan las circunstancias en las que apareció el cadáver, aprenden sobre posibles depredadores y recuerdan los lugares asociados con el peligro. Los experimentos con cuervos taxidermados muestran además respuestas variadas, desde evitar el cuerpo hasta acercarse e interactuar físicamente con él.
En este contexto, un cadáver no es simplemente un objeto, sino que también una potencial escena del crimen. También contiene información sobre lo que ocurrió en un lugar y sobre lo que podría volver a ocurrir allí.
En mamíferos con relaciones sociales complejas y más estrechas aparece un problema distinto, más cercano, pero también más difícil de interpretar: ¿qué ocurre cuando una relación continúa, pero uno de sus participantes deja de responder?
En 2018, una orca llamada Tahlequah atrajo la atención mundial después de nadar durante 17 días cargando a su cría muerta a lo largo de unos 1.600 kilómetros. Años más tarde, tristemente, fue observada cargando otra cría muerta. También se ha visto a elefantes regresar a los restos de otros elefantes, examinarlos y, en ocasiones, tocar los huesos con la trompa. Observaciones recientes sugieren incluso que a veces podrían enterrar a sus crías muertas.
Como en el caso de Jire que contábamos al principio, entre los primates algunas madres continúan cargando a sus crías después de que estas han muerto. Pueden hacerlo durante días o semanas y, en ocasiones, durante meses, a pesar del coste energético y de las dificultades que supone para moverse y buscar alimento.
La pregunta es inevitable: ¿por qué continúa el cuidado cuando la cría ya no puede responder?
En nuestra reciente investigación con mi estudiante de doctorado Reece Hammond intentamos responder eso. Analizamos 83 casos documentados en 15 comunidades salvajes de chimpancés y bonobos en África. Queríamos saber qué determina durante cuánto tiempo una madre continúa cargando a su cría después de que esta ha muerto. Reunir casos de distintos lugares nos permitió dejar de mirar únicamente como anécdotas esos episodios extraordinarios que inevitablemente llaman nuestra atención y preguntarnos si, al observarlos en conjunto, aparecía algún patrón evidente.
Y apareció.
La duración del transporte parece estar estrechamente relacionada tanto con las características de la relación entre madre y cría como con las circunstancias de la muerte. Las crías más jóvenes tendían a ser transportadas durante más tiempo. Tiene sentido si pensamos en cómo es la vida de un chimpancé recién nacido: durante sus primeros meses, prácticamente toda su existencia está entrelazada con la de su madre. Mama de ella, viaja aferrada a su cuerpo, duerme junto a ella y permanece en contacto físico casi constante. También importaba la forma en que había ocurrido la muerte. Las madres tendían a transportar durante más tiempo a las crías que habían muerto después de una enfermedad que a aquellas que habían muerto de manera repentina o traumática, por ejemplo, a causa de un infanticidio o un accidente fatal.
Para mí, una de las cosas más interesantes de estos resultados es precisamente lo que no nos permiten concluir. Que una madre transporte a su cría muerta no demuestra, por sí solo, que comprenda la muerte como lo hacemos nosotros. Pero tampoco demuestra que no la comprenda. Lo que nuestros resultados sugieren es que la conducta hacia los muertos está determinada, al menos en parte, por las relaciones que existían cuando estaban vivos. Cuanto más intensa e inmediata era la dependencia antes de la muerte, más tiempo pueden persistir después sus huellas en la conducta.
Esto cambia un poco la pregunta. En lugar de preguntarnos únicamente ¿qué comprende esta madre acerca de la muerte?, podemos plantear otra: ¿qué le ocurre a una relación cuando uno de sus participantes deja repentinamente de responder?
La importancia de un cadáver puede estar no solo en su estado físico, sino también en la historia de la relación que ese cuerpo encarna. En ese sentido, la neurobiología ofrece una posible manera de pensar este problema. La relación entre una madre primate y su cría se construye mediante procesos hormonales, familiaridad sensorial y miles de interacciones repetidas: amamantar, cargar, tocar, proteger, responder. La muerte transforma de manera abrupta a uno de los participantes de esa relación. Pero los sistemas biológicos, conductuales, cognitivos y emocionales que se han organizado alrededor de ella no tienen porqué desaparecer en el mismo instante.
Eso tampoco significa que una madre que continúa cargando el cuerpo simplemente no haya notado que su cría ha muerto. De hecho, las madres pueden tratar un cadáver de manera diferente a una cría viva. Pueden transportarlo en posiciones inusuales, por ejemplo, o permitir que otros individuos lo inspeccionen de maneras que normalmente impedirían.
Ahí aparece una tensión particularmente interesante: la relación persiste en la conducta incluso cuando el individuo que estaba en su centro ha cambiado de manera fundamental. Y esa tensión nos lleva de vuelta nuevamente a una de las preguntas más difíciles de la tanatología comparada: ¿qué significa, exactamente, que otro animal comprenda la muerte?
Los psicólogos del desarrollo suelen describir el concepto humano maduro de la muerte mediante varios componentes, entre ellos la irreversibilidad, la no funcionalidad, la inevitabilidad y la causalidad biológica. Entendemos, por ejemplo, que un organismo muerto no volverá a vivir y que sus funciones biológicas han cesado. En humanos esta comprensión suele alcanzarse alrededor de los 10 años.
Pero exigir que otra especie posea un concepto de la muerte semejante al nuestro puede terminar ocultando más de lo que revela. Un animal no necesita formular una teoría abstracta sobre la mortalidad para percibir que otro individuo ha dejado de moverse, de respirar, de responder o de participar en una relación.
En 1974, el filósofo Thomas Nagel publicó un ensayo que se convertiría en un clásico: ¿Qué se siente ser un murciélago? Su argumento nos obligó a asomarnos al límite incómodo del abismo. Podemos saber muchísimo sobre un murciélago: estudiar su cerebro, poner millones de electrodos, describir su comportamiento 24/7, entender en detalle la física de la ecolocalización. Pero acumular todo ese conocimiento no nos permite saber simplemente qué se siente al ser ese murciélago. El mundo del murciélago se experimenta desde una perspectiva que le pertenece exclusivamente a él.
Creo que la misma cautela es necesaria cuando observamos a una chimpancé cargando a su cría muerta.
Podemos medir durante cuánto tiempo transporta el cuerpo. Podemos estudiar si la edad de la cría, la causa de su muerte o las características de la relación con su madre predicen esa conducta. Podemos observar cómo cambia la manera en que la madre trata el cuerpo después de la muerte. Pero sigue existiendo una frontera entre describir lo que hace y saber cómo es esa experiencia para ella. Para mí, esa frontera no hace que la pregunta científica sea inútil. Al contrario, la hace increíblemente más interesante.
La tanatología comparada no tiene por qué convertirse en una búsqueda de pruebas de que otros animales poseen el mismo concepto de la muerte que nosotros, sino que podemos hacer preguntas más concretas sobre nuestras hermosas diferencias: ¿qué percibe un animal cuando otro deja de responder? ¿Cómo cambia su conducta? ¿Qué información obtiene de un cadáver? ¿Qué ocurre con una relación cuando uno de sus miembros muere? Y, quizás lo más importante, ¿hasta dónde nos permiten llegar esas conductas cuando intentamos reconstruir la experiencia del animal?
Un caso especialmente sugerente es el de Pansy, una chimpancé anciana que murió en un grupo en cautiverio en Escocia. Alrededor del momento de su muerte, sus compañeros permanecieron inusualmente cerca de ella. Examinaron su cara y su cuerpo, manipularon sus extremidades y parecían comprobar si todavía respondía. Después de su muerte también cambiaron algunos de sus patrones normales de actividad y descanso. Es tentador mirar estas escenas y reconocer inmediatamente algo familiar.
Pero ahí es precisamente donde conviene ser cuidadosos. Estas observaciones no nos dan acceso directo a lo que otro animal sabe o siente. La conducta es tan solo una ventana opaca hacia la experiencia subjetiva, y una acción que se parece a la nuestra no necesariamente tiene el mismo significado.
Sin embargo, la incertidumbre funciona en ambos sentidos. Que un animal no pueda contarnos lo que experimenta no significa que su conducta carezca de significado. Lo que sí puede hacer la tanatología comparada es estudiar qué ocurre cuando desaparece de manera irreversible una de las propiedades más fundamentales de otro ser vivo: su capacidad de actuar y responder.
Visto así, la hormiga que retira un cadáver, el cuervo que se congrega alrededor de un congénere muerto y la chimpancé que sigue cargando a su cría no representan versiones más simples o más complejas de una misma respuesta. Cada conducta surge de una forma particular de estar en el mundo: de diferentes sistemas sensoriales, relaciones sociales, presiones ecológicas y capacidades cognitivas. Mentes diferentes, habitando realidades distintas en un mismo planeta, pero enfrentadas todas a un mismo hecho inevitable: la poderosa muerte.
Porque la muerte es biológicamente universal, pero las respuestas ante ella no lo son.
Quizás sea eso lo que hace que estas conductas nos resulten tan fascinantes. Cuando morimos, nuestros cuerpos animales permanecen… al menos durante un tiempo. La muerte produce una discontinuidad extraña: el cuerpo que contenía una vida ocupaba un lugar y participaba en relaciones sigue físicamente ahí, pero su relación con el mundo que lo rodea ha cambiado de manera fundamental.
Los animales se encuentran con esa discontinuidad desde los mundos perceptivos, sociales y cognitivos que les son propios. No podemos simplemente entrar en la experiencia de otro animal.
Aunque el murciélago de Nagel permanezca volando fuera de nuestro alcance y el animal de Rilke nos devuelva la mirada desde el otro lado de ese abismo, todavía podemos atender a lo que ocurre cuando otra vida termina: a lo que cambia y a lo que, durante algún tiempo, permanece.