Hay secuoyas que nacieron hace tres mil años. Tiburones de Groenlandia que llevan quinientos nadando. Esturiones de siglo y medio. El Solitario George tenía cien cuando conoció a David Attenborough. Ahora Attenborough también tiene cien.
Ser un humano es quizás tan solo un maelström de influencias. La mayor parte de ellas invisibles, inconscientes: acontecimientos inesperados chocando entre sí de formas improbables, encuentros fortuitos que solo mucho después adquieren, o se les inventa, un sentido. A veces pienso en eso cuando intento reconstruir cómo terminé dedicándome a la antropología evolutiva. ¿Qué combinación de accidentes, personas, libros y paisajes me trajo hasta aquí? ¿Qué habría pasado si algunas pequeñas piezas hubiesen sido distintas?
Algunas respuestas son obvias: mis padres, mis abuelos, los libros de Julio Verne, las vacaciones de invierno y verano en Frutillar o con mis primos en Puerto Varas. Un tranque lleno de coipos. Otras quizás lo son un poco menos, especialmente aquellas que involucran la televisión, pues mis papás nos dejaban solo treinta minutos diarios de pantalla, que indudablemente reservábamos para los monitos animados. Sin embargo, había una excepción.
David Attenborough.
Justo antes de sentarme a escribir estas líneas estaba reservando pasajes para viajar a un parque nacional en el centro de Mozambique. Voy a hacer trabajo de campo con un grupo de colegas en Gorongosa, parte de un proyecto que mezcla paleontología y evolución humana, en el que intentamos reconstruir ecosistemas antiguos y comprender cómo primates y humanos han interactuado con esos paisajes a lo largo del tiempo. Y mientras elegía vuelos y revisaba itinerarios, pensé que una línea casi invisible conecta este momento con las tardes de mi infancia mirando documentales de naturaleza.
Attenborough nació en 1926, el mismo año en que se estrenaba la televisión mecánica y cuando gran parte del planeta todavía conservaba ecosistemas prácticamente intactos. Él estudió ciencias naturales en Cambridge y sirvió en la Royal Navy antes de entrar a la BBC en los años cincuenta, cuando ni siquiera tenía televisor en su casa. Desde entonces pasó más de siete décadas recorriendo el planeta, filmando selvas, arrecifes, desiertos y glaciares, mientras el mundo natural cambiaba aceleradamente frente a sus ojos. Con el tiempo dejó de ser solamente un narrador de la naturaleza y se convirtió también en uno de los grandes testigos de la fragilidad ecológica de nuestro tiempo.
En mi casa había VHS de animales y documentales de la BBC, algunos bastante añejos, claramente de otro tiempo, y no tengo idea quién los había conseguido o pirateado. Con mi hermano los veíamos una y otra vez. La cinta cada vez en peor estado, como si incluso el plástico hubiese envejecido junto a nosotros. Recuerdo particularmente las secuencias de selvas tropicales húmedas, aves del paraíso realizando despliegues imposibles, insectos “alienígenas” enseñándonos lo limitado de nosotros mismos. Pero sobre todo recuerdo la voz. La voz de Attenborough narrando el mundo con asombro genuino, como si cada especie fuese portadora de un secreto extraordinario. Había algo profundamente respetuoso en esa manera de mirar la naturaleza. No era solamente entretenimiento; era una invitación a maravillarse.
Para algunos la voz de Morgan Freeman es la voz de Dios. De ser así, quizás para mí la voz de David Attenborough es la voz de una vertiente, una deidad forestal menor. Mucho más local, mucho más pertinente. Un espíritu del río, la sabiduría nerviosa de los colibríes.
Quizás en parte eso explica por qué terminé siendo antropólogo evolutivo y mi hermano paleontólogo. Quizás no, pero poco importa.
Attenborough logró algo raro en comparación con muchos otros documentalistas-naturalistas: transformar la curiosidad científica en emoción. Mostrar que entender el mundo no le quitaba misterio, sino que lo hacía aún más increíble. Pienso, por ejemplo, en aquellas escenas clásicas de Life on Earth, donde mostraba chimpancés pescando termitas o describía los intrincados comportamientos sociales de los gorilas de montaña. Para cualquiera con el corazón abierto, esas imágenes tenían algo casi hipnótico, una especie de trance natural, un sutra murmurado en el zumbido de las abejas. De pronto los humanos dejábamos de ser una categoría separada y pasábamos a formar parte de una continuidad biológica mucho más amplia. Una cadena casi infinita que comenzó con el origen de la vida y que continúa en nosotros mismos, así como también en las polillas, el moho que crece en el pan o incluso en el molesto sonido del mosquito a las tres de la mañana.
Creo que muchos científicos de mi generación crecieron con esa sensación. No necesariamente queríamos “ser científicos”; queríamos acercarnos a ese mundo inmenso que intuíamos detrás de las pantallas, quizás volver a ser naturalistas como aquellos del siglo XIX, explorando con la misma culposa ingenuidad, pero con otras herramientas y en otros lugares. Los documentales funcionaban como ventanas hacia lugares inaccesibles: arrecifes, sabanas, desiertos, bosques nublados. Eran, en cierto sentido, máquinas de fabricar sueños: sueños verdes, sueños congelados, sueños vegetales. Sueños recubiertos de exoesqueletos de quitina.
Y sin embargo, ahora que soy papá, me encuentro en una posición extraña. Estoy criando a mi hijo de una manera mayoritariamente analógica, con nulas pantallas. Quiero que experimente el mundo directamente: tierra en las manos, mugre en las uñas, lluvia en la cara, insectos reales en vez de digitales. Quiero que aprenda el ritmo de los caracoles y los pájaros, el pasar de las nubes antes que el trueno de los computadores. Que primero conozca el olor de la tierra mojada antes que el brillo de la pantalla.

Y entonces aparece una pregunta incómoda: ¿cómo compatibilizar eso con el hecho de que parte importante de mi propia imaginación científica nació precisamente frente a una pantalla?
La verdad es que no tengo una respuesta clara, y quizás ese maelström de lo humano implique también aceptar nuestras incoherencias y arbitrariedades.
Quizás la diferencia no está en la existencia de la tecnología, sino en la calidad de la atención que produce. Los documentales de Attenborough no competían frenéticamente por captar nuestra mirada. Enfatizaban el mirar lento: los silencios, el rumor de la selva, los vientos gargantuescos de la Antártica. Una toma larga de un animal esperando. El salto de un leopardo sobre una gacela desde una acacia. No estaban diseñados para fragmentar la atención, sino para entrenarla. Eran documentales que parecían entender que la naturaleza tiene su propio tempo y que observarla requería cierta humildad temporal.
Pienso entonces que tal vez el problema no son las pantallas en sí mismas, sino el tipo de relación con el mundo que construyen. Los grandes documentales de naturaleza expandían la curiosidad hacia afuera. Empujaban a salir, a observar, a hacer preguntas. No reemplazaban la experiencia; la despertaban. Todavía recuerdo salir después de ver ciertos episodios y mirar árboles o pájaros con otros ojos. Como si el mundo cotidiano hubiese ganado profundidad, con la certeza de que debajo de cada piedra existen miles de historias evolutivas esperando pacientemente ser descubiertas.
Eso, en el fondo, es también la ciencia.
Hay algo profundamente humano en intentar comprender nuestra posición dentro de la naturaleza. La antropología evolutiva, al menos para mí, nace precisamente de esa mezcla entre fascinación biológica y reflexión existencial. Entender por qué nuestros cuerpos son como son, por qué cooperamos, por qué sufrimos ciertas enfermedades, cómo nos adaptamos a distintos ambientes. Son preguntas científicas, sí, pero también preguntas filosóficas disfrazadas, o mejor dicho, camufladas, acechando a su presa.
Y creo que Attenborough entendía eso mejor que nadie. Sus documentales nunca trataban solamente de animales. Trataban sobre pertenencia. Sobre continuidad. Sobre la extraña belleza de estar vivos en un planeta rebosante de formas de vida improbables.
Quizás por eso siguen resonando tanto.
En sus últimos años, Attenborough comenzó a hablar con una urgencia distinta. Sus documentales dejaron de ser únicamente celebraciones de la biodiversidad y pasaron también a funcionar como una especie de testimonio. En A Life on Our Planet escribió que, cuando era joven, creía estar observando una naturaleza intacta, pero que aquello era en parte una ilusión: durante toda su vida había sido testigo del lento deterioro del mundo salvaje. Su obra terminó convirtiéndose, casi accidentalmente, en un archivo de lo que el planeta alguna vez fue.
Recuerdo la primera vez que vi un elefante en estado salvaje en Kenia. No era un animal: era una fuerza de la naturaleza. Lo que vi ese día no era músculo ni esqueleto, sino una explosión volcánica, un resonar tectónico de lo vivo. Algo tan antiguo y tan presente que por un instante uno entiende que la naturaleza no es un paisaje: es una potencia. Espero que mi hijo también pueda sentir lo mismo.
Ahora, mientras preparo trabajo de campo en Mozambique y pienso en mi hijo creciendo lejos del ruido digital, me doy cuenta de que lo importante no es reproducir exactamente las condiciones de mi infancia. Mi hijo no necesita sentarse frente a los mismos VHS para desarrollar curiosidad científica. Lo importante es transmitirle esa capacidad de asombro. Enseñarle que el mundo es un misterio.
Tal vez algún día verá documentales conmigo. Tal vez no. Tal vez aprenderá observando hormigas en el jardín o escuchándome contar historias de Mozambique junto a una fogata. Pero espero poder transmitirle lo mismo que yo sentía cuando escuchaba aquella voz describiendo bosques tropicales lejanos: la sensación de que el mundo es infinitamente más grande, más complejo y muchísimo más maravilloso de lo que jamás podremos imaginar. Que, si las jirafas o los rinocerontes no existieran, difícilmente habríamos sido capaces de imaginarlos. Que la naturaleza siempre es mucho más exuberante y extraña que nuestra propia imaginación.
Y que dedicar una vida a intentar entenderla es un privilegio extraordinario. Gracias, David Attenborough.
Abajo he dejado una lista con algunos de mis documentales favoritos. La lista es sesgada y personal. No sé si el orden importe en algo. Recomiendo verlos y, sobre todo, salir: salir afuera, al mundo.
- Life on Earth (1979). El gran mapa evolutivo de la vida narrado, sobre todo, con asombro y paciencia.
- The Living Planet (1984). La vida adaptándose a los extremos del planeta.
- The Private Life of Plants (1995). Las plantas nunca fueron inmóviles.
- Planet Earth (2006). La belleza improbable de un planeta vivo.
- Blue Planet II (2017). El océano como la última frontera, tan alienígena como cercana.
*Créditos de la foto de portada: Edward Miller