Recibo una llamada telefónica un viernes de fin de septiembre, que me pilla de sorpresa: “¿podrías entrevistar a Emmanuel Carrère el lunes, en francés, para un evento privado con pocas personas, organizado por Fintual?”. Sabía que Carrère venía a Chile y que participaría de una conversación en una universidad, después de su paso apoteósico por Buenos Aires, en la Feria del Libro. Incluso me había planificado para poder asistir o ver esa conversación. Me pregunté a mí mismo: “¿ Carrère en una conversación en francés, con un público acotado, un día antes del evento oficial de su visita a Chile? ¿Cómo lo consiguieron?” La persona que me había llamado esperaba al otro lado de la línea de teléfono mi respuesta.
Por supuesto que era estimulante la perspectiva de hablar con Carrère, y sobre todo, volver a hacerlo después de 11 años, cuando fui su entrevistador cuando vino a Chile la última vez, en el ciclo “La Ciudad y las Palabras”, en el Campus Lo Contador de la U. Católica.
Pero ese viernes estaba cansado, exhausto en realidad: una semana, para variar, colapsada de actividades y compromisos (mi programa de radio diario, clases, charlas varias, etc.,) Una semana en la que no había tenido el tiempo de asimilar todavía la muerte de mi madre, su entierro, una semana antes. Todo había sido muy rápido y venía con la sensación de que no tendría el tiempo de vivir el duelo, si no paraba al menos un par de días la máquina. Quería darme ese fin de semana para tratar de poner en orden mis emociones, estar en silencio, lejos de cualquier exposición pública. Una conversación con un escritor de la talla de Carrère y en francés, no era precisamente lo más adecuado para la necesidad de repliegue de ese momento. Es el tipo de conversación exigente que requiere mucha energía y dedicación. Me invitaban a conversar con Carrère, cuyo último libro, Koljos, parte con la descripción del entierro de su madre, un libro que es un ajuste de cuentas con el pasado familiar y, sobre todo, con su madre. ¿Tendría la fuerza, el ánimo para hacerlo y para hacerlo bien? Me vinieron de inmediato a la memoria recuerdos de esa conversación, el 2 de diciembre del 2015, con Carrère, una conversación que después siguió en un bar de la ciudad, en el que tuve la oportunidad de conocer al ser humano detrás del escritor y de lograr una cercanía con él.
Pensé: “esa conversación con Carrère no ha terminado, quedó abierta y cuando una conversación quedó abierta, sólo quiero completarla, porque sé que el tiempo puede darla abruptamente terminada para siempre, como me ocurrió con Francisco Varela, Jorge Teillier, y tantos otros antes.”
Le dije a quien me esperaba al otro lado de la línea la respuesta: “ok”. El entrevistador, entonces, le estaba doblando la mano al hijo en pleno duelo por la partida de su madre. Tal vez podría preguntarle a Carrère como se puede vivir el duelo por la muerte de la madre… Lo que estaba claro era que ese fin de semana no sería de repliegue ni de silencio, sino de volver a leer los libros de Carrère que me esperaban en mi biblioteca, libros que me apasionaron cuando los leí, y que ahora debía releer con la perspectiva de una década.
Cuando colgué el teléfono, me invadieron por un lado el agobio y por otro la alegría de una conversación estimulante. Soy muy autoexigente como entrevistador. A ratos, incluso, mi propio torturador. Para mí conversar es, además de un oficio, una pasión, y acudo a cada entrevista como un amante a su primera noche de amor. Como si fuera siempre la primera vez. Llegué a mi casa, entré en mi biblioteca, fui a la sección donde está la literatura francesa, le saqué el polvo a la edición de El Reino, a la del El adversario, Limonov, De vidas ajenas y tantos otros, y los coloqué sobre mi escritorio, ante la mirada de sorpresa de mi mujer: ¿Una torre de libros de Carrère para un fin de semana que iba a ser dedicada a vivir un duelo?; “¿No iba a ser un fin de semana de repliegue?”–me preguntó mi mujer. “Es Emannuel Carrère al que voy a entrevistar, la conversación con él no ha terminado todavía, y siento que debo reanudarla en el punto que la dejé hace 11 años”.
En esos 11 años, habían pasado muchas cosas en la vida del entrevistado y del entrevistador. Quiebres, duelos, crisis, recomienzos… Carrère los había relatado en sus libros y reportajes. La conversación iba a ser íntegramente en francés. Y sin traducción. ¿Sin traducción? ¿Iban a tener a Carrère presencialmente y no iban a traducirlo? Lo pregunté varias veces a los organizadores: la respuesta fue todas las veces negativa. ¿Quiénes asistirían, entonces? Porque en Chile los francoparlantes son una especie en extinción. Mi madre era una de esas últimas francófonas que sobrevivieron a la retirada del francés de Chile y de muchos países en el mundo. Ella me traspasó el amor por el francés y la literatura francesa. Ella habría estado ahí, sentada en primera fila. Me aseguraron que habría un público de unas sesenta personas, y un porcentaje considerable entendía el francés. Y sin redes sociales, sin que apareciera en los medios. Esa conversación con Carrère, sólo sabríamos que se había realizado los organizadores y los asistentes. Como una reunión en las catacumbas. En tiempos en que todo se difunde, se replica, se cacarea hasta el infinito. Después me enteraría que así lo querían los organizadores, admiradores de la obra de Carrère. Un momento único, irrepetible, radicalmente distinto a todo lo que había vivido Carrère antes de llegar a Santiago: las miles de personas en la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires, los eventos en Montevideo, las decenas de entrevistas retransmitidas. Ahora debíamos prepararnos para una conversación casi secreta, en una casa patrimonial en un barrio tradicional del centro de la ciudad, sin cámaras ni traductores. Como un concierto de música de cámara como era antes, en las casas particulares del viejo Santiago. Tal vez en los tiempos de la civilización digital y de la sociedad de la transparencia , la forma de resistir a la escritura en serie, la música en serie, y al control de todo y la respuesta al mundo de los “replicantes”, serán encuentros como estos. Anhelaremos tenerlos, nostálgicos de realidad, de cercanía humana, cara a cara. Mi fin de semana sólo giró en torno a Carrère. Llegué a soñar con Limonov, con Lucas y Pablo, con los exiliados rusos en París… Con el adversario, con otras vidas que la mía.
Y aquí voy el día lunes, con uno de mis cuadernos Moleskine lleno de apuntes y citas bajo el brazo, sorteando la fina lluvia que comienza a caer sobre Santiago, preguntándome cómo será volver a conversar después de 11 años con un escritor en el “peak” de su fama, probablemente hastiado a esas alturas de cientos de entrevistas, de responder a la mismas preguntas… una y otra vez. Nada puede ser peor para un entrevistador como yo, que intento que cada conversación sea única e irrepetible, recibir a un escritor que llega a sentarse en el set de grabación intoxicado de las entrevistas en serie dadas antes y que simplemente marca “play” en su grabadora interior y contesta, anestesiado, las mismas respuestas de siempre. Mi gran tormento: ¿cómo evitar aquello, cómo abordar al entrevistado agobiado por su agenda de medios, para que responda y piense de verdad en vivo? Ese ha sido uno de los mayores desafíos en mis más de treinta años de entrevistador. ¿Se acordará de mí Carrère después de 11 años? Soy probablemente un entrevistador más de los cientos que en cada lanzamiento de un nuevo libro, lo esperan para exprimirlo, en distintas partes del mundo.
Hay expectación en la sala. A estas alturas Carrère ya es una leyenda en Chile. Hay ambiente de expectación y asombro. La gente se mira una con otra, como diciéndose: “¿sólo seremos nosotros, los “felices pocos”? Al filo de la hora, llega Carrère, que saluda muy cordialmente a todos, a cada admirador que lo aborda. No parece haber pasado mucho el tiempo en él, el mismo rostro con pliegues marcados, pero una cierta sonrisa de joven inquieto y curioso todavía intacta. Mucho más efusivo y afectuoso que el francés promedio. Venciendo mi inseguridad y timidez, me adelanto y le pregunto: “ ¿te acuerdas, Emannuel de nuestra conversación el 2015? “Sonríe, me mira y me responde: “por supuesto, Cristián”. Me abraza. ¿Será cortesía rutinaria o afecto sincero? Hace once años, salimos de la comida donde estábamos, en el restaurant Liguria, después de la entrevista, a un lugar donde se podía fumar y en ese lugar reímos mucho, conversamos, logramos una cercanía y complicidad, que me hizo atreverme a invitarlo para que volviera el año siguiente a Chile, en 2016, al ciclo “Pensamiento propio”, una serie de tertulias con público en Santiago y regiones. Aceptó de inmediato, encantado. La única condición fue que invitara también a su amigo Hervé Clerc, ese amigo que cita varias veces en El Reino, el amigo budista, sereno, sabio al que Carrère acude a pedir consejo en momentos de zozobra. Después, me daría cuenta que es su gran amigo y confidente, y que Carrère es de pocos amigos y poca sociabilidad. Había conseguido algo que parecía imposible, que Carrère volviera a Chile un año después. Promovimos su venida a Chile, lo difundimos por todas partes, en las redes, la prensa, la televisión. En Antofagasta, donde lo entrevistaría con público, la expectación era enorme. ¡Carrère en Antofagasta! Un mes antes, me llegó un correo de Carrère muy angustiado, pidiéndome perdón, contándome que estaba en una profunda crisis nerviosa, internado en una clínica psiquiátrica y que no podría viajar. Una parte de eso lo contaría después. en su libro Yoga. Hervé Clerc sí vino a Chile, pero todos esperaban, claro, a Carrère . Después agradecería que gracias a Carrère hubiera podido conocer a una persona tan entrañable y de tanta calidad humana como Hervé Clerc. Y entendí porqué Carrère lo citaba tanto en sus libros. En el curso de la misma conversación, más adelante, me confesará : “en la vida real tengo un gran amigo, Hervé Clerc”. Nos enteramos con eso de la soledad intrínseca de Carrère. Pensé entonces: “eso es lo que hace Carrère en su libros, con él entramos en otras vidas que la suya, y a través de esas otras vidas, también nos revela una parte de la suya.”
Estrecho su mano, once años después, en una sala en la calle Obispo Salas de Fintual y le digo bromeando: “estás en deuda conmigo”. “Lo sé”–me responde sonriendo. Todo con mucha afabilidad y buen humor. Ese será el Carrère que conoceremos esa tarde: un escritor amable, disponible, dispuesto a firmar todos los libros de los presentes, a darse todo el tiempo necesario y contestar todas sus preguntas, además de las mías, un Carrère menos sobregirado que el de hace once años: un Carrère que ha ido, de a poco, “aprendiendo a vivir”–como me dirà después en la conversación que tendremos. Más un “stagiaire” (practicante) de la vida que un “rockstar” de la literatura. Yo, también, en cada entrevista nueva que hago me siento siempre un “stagiaire”, que debe aprender todo de nuevo, porque cada entrevista y cada entrevistado son únicos e irrepetibles.
Firma todos los ejemplares de sus libros con calma, no parece tener apuro ni parece estar ahí sólo para cumplir un compromiso, se muestra genuinamente interesado por todo y por todos. Pero es la hora de comenzar. Hago la primera pregunta, para no perder un minuto de esta posibilidad única, de este privilegio de volver a conversar con tal vez el escritor francés más original y potente de estas últimas décadas, el que abrió nuevas dimensiones para la narrativa, cruzando ficción con no ficción. Carrère no parece enganchar a mi primera pregunta, no porque no le interese, sino porque quiere dar antes unas palabras de bienvenida y agradecimiento a los organizadores. He comenzado muy abruptamente y él quiere partir agradeciendo. Muy fino su gesto. Poco usual en los escritores sobrevendidos. Nos sorprende a todos con su gentileza, tan lejos de la imagen de un escritor con un “ego” gigante y más centrado en sí mismo que en los demás. Dice: “primero quiero agradecerte a ti, Pedro (Pedro…uno de los socios de Fintual) quien hizo posible que todos estemos aquí, cada uno en su papel. Me conmueve mucho, mucho esta invitación, y también reencontrarme con Cristián, la verdad es que nos habíamos llevado muy bien cuando nos conocimos. Así que para mí es realmente un placer que retomemos esta conversación.” Me doy cuenta de inmediato que no está anestesiado, sino de verdad presente y que lo estará en el resto del evento. Todo fluirá muy bien en esa hora de una conversación retomada después de 11 años. Aunque, en realidad, rápidamente me doy cuenta que esta es una nueva conversación, que toda conversación es siempre una nueva conversación, y que, querámoslo o no, “nosotros los de entonces ya no somos los mismos”, ni Carrère ni yo, y que uno “ no se baña dos veces en el mismo río”–como dijera Heráclito, ese mismo Heráclito que cité en la primera pregunta que le hice, antes de que él se desviara a sus propias palabras de agradecimiento
Mi primera pregunta había sido: “Heráclito dijo que somos nuestro carácter o que nuestro carácter es nuestro destino”, y me parece que lo que tú has querido hacer en tus libros, tu pasión es justamente liberarte de ese destino, saltar más allá de esos límites para poder acceder a otros, para “ser otro”–como decía Rimbaud, o muchos otros”.
Carrère, después de cada pregunta, deja pasar unos segundos, como si estuviera rumiando la pregunta, de verdad pensándola. No se precipita a contestar, como tampoco el entrevistador debe precipitarse a preguntar, sin antes también rumiar. Para que haya una verdadera conversación y no un simulacro de ella. La respuesta de Carrère es magnífica: “En realidad tiendo a pensar que si estamos en esta Tierra, el objetivo para mí no es ser felices, sino para saber más, de vivir la experiencia de un ser humano como si uno fuera un practicante en esa empresa, la de ser humano. Cuando digo un poco más libre, me refiero a tener una visión más amplia, a ser un poco menos prisionero de los determinismos sociales, de clase, pero también de la época. Me gusta mucho la expresión en inglés “to think out of the box”, salir de esa caja en la que estamos encerrados todos. Me considero un practicante de la existencia”.
Desde esa primera respuesta, la conversación fluirá muy bien. Se siente la lluvia sobre el techo de vidrio de la sala donde estamos. No estamos del todo prisioneros: la literatura, cuando es indagación honesta, aventura del conocimiento y el autoconocimiento como la de Carrere, nos permite rozar una cierta libertad.
“¿Hay maestros en eso, cuáles son tus maestros?”–le pregunto. El primero de todos –me confiesa– es Montaigne, en el siglo XVI: “es uno de los autores que más disfruto leer, él es una compañía constante. Montaigne es como un amigo muy cercano. Que no te juzga. Más que maestro, es amigo. Él dice algo así como “llevo en mí toda la condición humana, por el hecho de ser hombre”. Es decir, en un solo hombre, está toda la humanidad. Sólo hay que interesarse en eso y no darle la espalda, como lo hace la mayoría de la gente, que encuentran que hay cosas mucho más urgentes de qué ocuparse”.
Pienso que Montaigne inventó el ensayo en el siglo XVI, y abrió muchas posibilidades de indagación de la escritura, cruzando reflexión intelectual con autoindagación e indagación de otros. ¿No ha hecho Carrère algo parecido en la literatura francesa contemporánea, creando este nuevo género que cruza ficción con no ficción y autoindagación?
La hora pasará muy rápido. Hablaremos de Philiph K. Dick, de El Reino, de la fe, la mentira… La que más me sorprenderá es la respuesta a la pregunta por su libro El Reino. Será la respuesta más extensa, como si en ese libro se hubiera jugado algo muy importante en su larga autoindagación. Hablará de Paulo, de Lucas, de la investigación teológica que precede al libro, de la verdad, mentira o delirio que es el cristianismo. Como siempre, el diálogo con él se hará breve, como si no hubiese pasado el tiempo, como si no estuviese lloviendo afuera. Y esa conversación terminará y quedará inconclusa, como quedan siempre todas las conversaciones. ¿Tendrán que pasar otros once años para que volvamos a reiniciarla? Emannuel Carrère, amigo de Montaigne y Hervé Clerc, nos hace con sus libros sentirnos sus amigos. Pero también con su cordialidad y entrega. Pienso que mi madre habría estado feliz, sentada en primera fila, escuchando esta conversación en francés. Tal vez estaba, y yo no la ví. Siempre toda conversación incluye a los presentes y los ausentes . Afuera llueve intensamente. Recuerdo unos versos de Verlaine en francés:
“Il pleure dans mon coeur comme il est pleut sur la ville
Quelle este cette langueur qui penètre mon coeur?”
(llora en mi corazón como llueve sobre la ciudad/ ¿Qué es esta languidez que penetra mi corazón?)
Todos tenemos que regresar. Después de esta pausa, Carrère regresará mañana al vértigo de las giras literarias, lo esperan teatros llenos, cámaras. Y yo también regresaré a mi propio vértigo. Pero nos fue dado este momento de encuentro, de música de cámara para el espíritu, que estoy seguro todos los presentes se llevarán consigo como un regalo. Para salir de nosotros mismos, de la soledad que somos, para seguir aprendiendo.