En el último tiempo los Mumin están teniendo un nuevo aire.
El año pasado se celebró el aniversario 80 de la saga de novelas y tiras cómicas creada por Tove Jansson a mediados de la década del 40, han salido dos nuevos videojuegos (el primero en 2024, el segundo hace apenas unas semanas para la Nintendo Switch), la editorial Salamandra está reeditando las novelas en español (hasta ahora han sacado las dos primeras), y en Chile, la embajada de Finlandia ha preparado una pequeña exposición, que estuvo en la Biblioteca de Santiago hasta finales de abril y ahora se extenderá hasta finales de mayo.

Los Mumin se suelen identificar con una estética cozy, acogedora o reconfortante, con un lugar seguro, o un “comfort food”. Así es principalmente como aparecen en las redes sociales (a través de fragmentos de la serie japonesa de los 90, las tiras cómicas y las ilustraciones de las novelas). Y el primer videojuego, Snufkin: Melody of Moominvalley, suele ser parte de las listas de cozy games. Y es cierto. El valle, la casa, la familia de los mumin y sus amistades evocan un ambiente cálido y acogedor, próximo a los mundos de Beatrix Potter y los cuentos infantiles donde los animales viven al interior de los árboles en casas cómodas y abundantemente decoradas.
Sin embargo, el mundo de los mumin no es únicamente reconfortante, puede ser solitario y también triste: no es un lugar idílico en el que nada malo puede pasar.
De hecho, las dos primeras narraciones de los Mumin, La gran inundación (1945) y La llegada del cometa (1946), fueron escritas por Tove Jansson con la Segunda Guerra Mundial en mente, y si bien ambas cambian la guerra por una catástrofe, los refugiados siguen siendo refugiados.

En esto radica una de las características más importantes de las novelas, porque no parten desde lo acogedor, sino que abordan tiempos difíciles donde es necesario construir refugios de buen vivir.
La primera aventura de los Mumin, La gran inundación, es un cuento ilustrado breve, en el que se nos presenta a Mumin y Mamá Mumin llegando a lo profundo de un bosque. Están buscando un lugar soleado donde construir una casa, porque pronto vendrá el invierno y, como se sabe, los mumin no pueden resistir el frío. En el bosque está oscuro, hace frío. Al poco andar se encuentran con un animal pequeño, Sniff, y luego con Tulippa, una niña que vive en un tulipán. Esa noche duermen en un nido en el musgo que arma Mamá Mumin. Juntan sus cuerpos, se acurrucan.
Esta imagen se repetirá en La llegada del cometa y en otras novelas: la de los mumin y sus amistades juntando sus cuerpos para dormir. Así muestran cómo el primer refugio es la contigüidad de los cuerpos. Cuando no hay casa, los cuerpos se reúnen para hacer una.


Acurrucarse juntos
Y sin embargo, los mumin desean construir casas. Es eso lo que los lleva al valle.
Aunque su idea de una casa no es la de una propiedad cerrada, sino la de un lugar abierto a todos, en el que la hospitalidad es lo más importante.
Qué puede ser una casa
“La puerta siempre está abierta” es el lema de la serie y la ética de los mumin, que abren su casa para todo tipo de seres, que se van encontrando o que llegan un buen (o mal) día, como Sniff, Snufkin, Snork y Snorkita, Tofelan y Vifelan, pequeña Mi, Hemulen y el Desmán.

Si bien la familia nuclear de los Mumin es bastante tradicional, la familia extendida que crean con estos otros personajes es sumamente variada, lo que transforma a la casa Mumin en un constante ensayo de convivencia entre vidas, hábitos y deseos diferentes. Cada personaje o grupo tiene formas de ser muy particulares y no siempre virtuosas: Sniff es temeroso y posesivo, pequeña Mi es directa y caótica, Snufkin siempre está pensando en aventuras y detesta las prohibiciones, Hemulen (como tantos otros hemul) adora el orden y las colecciones, papá Mumin tiene a alardear y suele encerrarse para escribir sus memorias.
Tove y los Mumin descubren que todas estas diferentes formas de ser y vivir pueden cohabitar si entendemos que una casa no es algo fijo, cerrado y esencial, sino algo que siempre está construyéndose y que, además, puede reconstruirse en caso de destrucciones y catástrofes (algo que Papá Mumin menciona en un par de ocasiones):
“Papá y Mamá Mumin siempre acogían a sus nuevas amistades con el mismo cariño; se limitaban a poner más camas y a extender la mesa del comedor. De ahí que su casa se encontrara en estado de mudanza casi permanente, todo el tiempo patas arriba”
Y es que la casa de los Mumin es una pregunta que nos comparte Jansson: ¿qué es una casa? ¿Quién puede vivir y habitar en una casa? ¿Quiénes pueden hablar y tomar decisiones en su interior?
Cuando Tofelan y Vifelan llegan a la casa (en El sombrero del mago), Mamá Mumin piensa que han entrado ratones, y en lugar de perseguirlos y ahuyentarlos, le pide a Sniff que les deje dos platos con leche. Ante un animal considerado generalmente como intruso, invasor o plaga en las casas, lo primero en lo que piensan los mumin es en cómo recibirlo bien. Saben que todos los seres, igual que ellos en otro momento, buscan un hogar.

Y a pesar de lo molestos que pueden resultar a veces el Desmán (con su libro “Sobre la inutilidad de todas las cosas”) o Hemulen, eso no impide que puedan vivir con ellos. Todos merecen tener un lugar donde vivir.
Un valle animista
Pero la casa de los mumin no es la única, porque en el valle todos los seres hacen casas.
Siguiendo con El sombrero del mago, al comienzo, Mumin y Snufkin han despertado de su sueño de invierno, salen a explorar el valle y la primavera. En su camino ven cómo muchos otros seres han salido también de su hibernación y abren sus casas, las airean, ordenan y limpian.



Todos los seres hacen casas quiere decir también que las cuidan, las limpian, las decoran y las ordenan.
El mundo al que nos invita Tove Jansson está lleno de distintos tipos de seres: mumintrolls, los mumrik, los hemul, los hatifnat, las filifjonkas, las hadas de los bosques y los fantasmas de los lagos, entre muchos otros más. Es una amalgama de mitología, cuentos infantiles y la imaginación de la propia Jansson. Estos diversos seres tienen modos de ser y vivir propios, aquí todos los seres sienten, piensan, hablan, cantan canciones, leen, escriben libros, poemas y obras de teatro, construyen casas y se mudan, y a pesar de que pueden tener diferencias y desencuentros, también pueden reunirse, comer juntos, bailar y celebrar.

En la introducción a su antología sobre animales, plantas y piedras, “Chicas búfalo y otras presencias animales”, Ursula K. Le Guin se preguntaba por qué los animales hablan en los cuentos infantiles.
Una de sus respuestas es que hablan para conspirar contra la civilización: detrás de las paredes, los ratones están hablando en contra del rey.
La civilización, dice Le Guin, se construye subordinando a las mujeres, las infancias, los pueblos colonizados, a los animales, las plantas y las piedras, y no sólo se sirve de sus cuerpos, sino que les impone el silencio. Los recursos no deben hablar. Además, su habla no tiene sentido, es sólo cháchara y ruido, no tienen uso de razón. Y, por lo mismo, la literatura no puede ser hecha por ni tratar sobre ellas y ellos. Sólo los hombres adultos y razonables saben hacer literatura.
En otro ensayo, titulado “Por qué los estadounidenses le temen a los dragones”, Le Guin responde a la pregunta del título diciendo, básicamente, que le temen a una complejidad de la vida que va más allá de lo factual. Le temen a la imaginación: a la propia, a la de otras y otros, y a la imaginación del mundo. A que el mundo los exceda y sea algo fuera de su control.
Tove Jansson y los Mumin habitan el polo opuesto a este miedo, en una apuesta radical por la imaginación y la pluralidad de sus mundos. Por eso la puerta de la casa está abierta, para que entren las hadas que habitan en los árboles y las flores, los desmanes que leen filosofía pesimista y los mumrik que bien podrían ser poetas. Porque aquí todas las vidas importan, son significativas, todos tienen algo que decir o hacer, incluso los animalitos más tímidos, como el que aparece en el baile de La llegada del cometa para contar la historia más breve de todas: “Érase una vez una rata de bosque llamada Pimp”.
¿Y qué más pasó?, se preguntarán.
“Nada, ésa es la historia, susurró la criatura escondiéndose en el musgo”.
Un valle, una casa, un morral, una aventura
Una casa es “otra clase de bolsa o morral, sólo que más grande, un contenedor para las personas”, dice Le Guin en “La teoría morral de la ficción”, un ensayo donde propone la necesidad apremiante de buscar historias alternativas a las de los héroes, que son lineales, centradas en el conflicto, y llenas de muerte; de buscar historias de vida, como bolsas o morrales “que contienen cosas relacionadas de una forma particular y poderosa, entre sí y con nosotras”.
Y pareciera ser que Jansson y los mumin serían adherentes de esta teoría, ya que sus historias no tienen héroes ni conflictos que se resuelvan por medio de la violencia, y no pueden caracterizarse “ni como conflicto ni como armonía, porque su propósito no es ni la resolución ni la estasis, sino un proceso continuo”, o como dirían Snufkin y Mumin: una aventura.
Ahora que vivimos tiempos de guerras y crisis, no menos terribles que los que atravesó Tove Jansson, las historias de los Mumin nos indican una dirección alternativa a la de la violencia: hacia la vida y las historias de vida. Y también hacia una casa “siempre abierta” y “en estado de mudanza casi permanente”, como proceso, como algo que se construye y compone entre seres diversos, como una aventura.
En estos tiempos importa crear lugares seguros, acogedores, hospitalarios, refugios en medio de la violencia. E importa, como diría Jansson, la forma en que los seres construyen y cuidan esos lugares, cómo ponen más camas y extienden la mesa del comedor, cómo aprenden a vivir con otras y otros.
Esa, quizá, sea otra de las formas de la pregunta que nos plantea una casa como la de los Mumin: cómo aprender a vivir con otros, es decir, cómo habitar creando historias de vida con otros.
Probablemente, ante la pregunta de qué es una casa, Mumin y sus amigos responderían diciendo: un lugar donde se nos ocurren aventuras.
La Biblioteca de Santiago ha anunciado que extenderá la exposición sobre los Mumin hasta el domingo 24 de mayo.