“Aiii aiii aii aiii, canta y no llores…” Canción en loop infinito en mi mente hoy, menos de 24 horas después de haber ido a mi primer partido inaugural del Mundial.
El día de ayer tuve el placer, el honor, la bendición de ver a mi Selección (y a Maná).
Primero, un poco de contexto. México ha protagonizado 8 partidos inaugurales del Mundial (2 medio cuestionables porque no había un partido inaugural como tal, se jugaban otros partidos a la par). El primero fue el primer partido que existió en la historia mundial, fue en Uruguay 1930, jugaron contra Francia. Esos 8 partidos son un récord; ninguna otra Selección ha jugado tantas inauguraciones.
Ahora, una cosa es jugar, otra es ganar. Este es el primero que México logra superar a su rival, después de 5 derrotas y 2 empates. Incluso en el Mundial México 70, jugando en casa, no logramos celebrar el triunfo. Hasta ayer.
Mi papá y mi padrino Pancho (que descanse en paz) me llevaban desde niña al viejo Estadio Corona. Santos jugaba en la tarde, bajo el sol de Torreón, en un estadio donde la porra oficial era encerrada en una jaula, y donde los asientos eran de concreto y se calentaban tanto que todos llegaban con un cojín para no quemarse al sentarse. El primer partido que recuerdo con claridad fue la visita de la Roma a Torreón, donde Santos ganó 2-1 con todo y Totti en la cancha.
Vi el Mundial Sub 17 como voluntaria, cuidando a los baloneros en el TSM, e incluso cumplí mi sueño de trabajar en el Santos en mis últimos años de carrera. El fut siempre ha sido parte de mi vida. Mi abuela llamaba por teléfono a los comentaristas para pelearse con ellos cuando criticaban a su adorado Pony Ruiz; mi hermano es un americanista consagrado (con todo lo malo que eso conlleva); mi papá me llevaba a los partidos de fut de su trabajo a echarle porras y luego le tocó apoyarme a mí en la defensa de Tortas FC cuando jugaba en la Benito Juárez. No es sorpresa que me haya casado con un hincha, y mi hijo va en camino a someter su corazón a las penas y alegrías de ser aficionado al fútbol.
Yo no tenía boleto para este Mundial. Con costos de más de $100,000 pesos dependiendo del revendedor, los anhelos de mi corazón eran eclipsados por la comparativa del precio de un boleto con un año de colegiatura de mi hijo. Decidí disfrutarlo desde la comodidad de la tele, pero ayer una mariposa aleteó, todas las estrellas se alinearon y logré entrar al partido, no solo en lugares espectaculares, sino además sin pagar un peso.
La víspera del arranque del Mundial sentía el ambiente muy raro: entre las manifestaciones, las críticas a nuestro gobierno por la infraestructura de la ciudad, el enojo con la selección por su rendimiento, los negocios sin posibilidad de subirse a este momento por falta de permisos y derechos… Algo pasaba que el Mundial se acercaba y no se sentía ese airecito de esperanza al puro estilo de La Rosa de Guadalupe que muchos anhelábamos.
En la mañana, 5:00 am para ser exacta, empecé la travesía junto con mis acompañantes para llegar al estadio, pronosticando que íbamos a dedicar horas en el camino. No fue así.
El trayecto fue mucho más sencillo de lo esperado y en punto de las 7:00 estábamos en el Estadio Azteca (que quedó precioso por cierto), digo, Banorte. Fuimos de los primeros en llegar y nos tocó gritar el countdown para que abrieran las puertas. Puedo decir, sin pruebas pero sin dudas, que fuimos de las primeras 100 personas en ingresar al estadio.

Al cruzar los torniquetes entramos en una dimensión desconocida donde no existen nacionalidades, inseguridad, clases, preferencias políticas ni religiosas. Más de 87 mil personas reunidas con el fin común de divertirse, apoyar a sus equipos, bailar, cantar, comer, brindar y ver un pedacito de la historia forjándose frente a sus ojos.
Pero no todo es miel sobre hojuelas.
Lo que representa en gastos para la afición entrar a las 8:00 am para un partido que inicia a la 1:00 pm, donde unas papitas de bolsa cuestan $200 pesos (calcúlale pa’ arriba), sumado a los gastos de transporte para la enorme cantidad de personas que viajaron a la ciudad y, obvio, el precio del boleto que es históricamente altísimo. Un sacrificio tremendo para los bolsillos.
La tele hace maravillas, y aunque pudimos ver grandes artistas en vivo y en directo, la producción de la inauguración, como la de muchos eventos, está diseñada para la tele. Hay muchas cosas que no puedes ver cuando estás ahí.
El calor, la lluvia, el calor, la lluvia.
México ganó, pero en casa y con 2 expulsados de Sudáfrica; en mi humilde opinión mínimo nos merecíamos 5 golecitos. Ahora no puedo dejar de sentirme nerviosa por los partidos que vienen. ¿Y vale la pena ir a un partido así por $100,000 pesos?
Creo que la mayoría de las personas dirán que sí. Nuestra Country Manager me dice que puede ser un extremo caso de sesgo de apoyo a la elección: la tendencia a justificar una decisión basándose solo en sus aspectos positivos, ignorando los puntos que antes mencioné.
Yo solo puedo decir que nunca he sentido nada como lo que sentí al entonar el Himno Nacional en el Estadio. Porque en este país tan lleno de Masiosares, escuchar a 87,000 soldados en cada hijo que el cielo le dio a México es una de las cosas más bellas que me ha tocado vivir.

Estoy eternamente agradecida y fue uno de los mejores días de mi vida. Sí se puede, México.PD: Será menos doloroso para tu bolsillo empezar a ahorrar para el Mundial del Centenario desde hoy, poco a poco y con rendimientos. Justo ayer me topé esta linda publicación de un cliente de Fintual Chile. Querido Claudio: sos un crack, recuerda con cariño el 7-0 y disfruta el dinero que nadie te lo quita. Yo arranque ayer en la noche, porque es bien sabido que un rayo no cae dos veces en el mismo lugar ¿o sí?