El escudriñamiento casi psicótico del celular hace unas semanas, me llevó al mundo de la farándula literaria, que se mantenía activo por la reciente publicación de Life of M de Rachel Cusk. Los rumores decían que la protagonista era Natalie Portman y salían entrevistas a la autora intentando defenderse de la acusación.
Por otra vía totalmente paralela, hace unos meses leí La llamada de Leila Guerriero, un libro en el que, a través del ensayo, la autora intenta retratar la vida de Silvia Labayrú, una militante montonera detenida durante la dictadura de Videla.
Me parece interesante el hecho de que ambas autoras hubiesen elegido realizar el mismo ejercicio: retratar a una figura por la que, de una forma u otra, sienten fascinación o admiran. En ambos casos, accedemos a los personajes a través de la mirada de un tercero. Esto abre una pregunta importante: ¿qué hace el autor con la presencia del narrador cuando retrata a un tercero?
En el caso de Guerriero, su proyecto es disciplinado. Aparece el narrador, pero con fines establecidos desde el comienzo: busca retratar al personaje. En el caso de Cusk, el ejercicio que comenzó de forma contundente, parece desmoronarse rápidamente.
La novela parte haciendo el paralelismo entre la vida de la autora, quien padece de tener una vida común y corriente y M, una actriz que vive en palacios vidriados, rodeada de gente que la espía por su fama y de una agenda que le pisa los pies cada hora del día.
Pero lo que al principio parecía establecer una relación que iluminaba el argumento (cómo la vida de la narradora establecía las similitudes y diferencias con la vida de M) empieza a desarmarse en el primer cuarto del libro. La voz del narrador empieza a desaparecer. M termina siendo el vehículo para hacer una introspección narrativa de lo que culturalmente significa la belleza, la fama, la identidad, el envejecimiento y la creación.
La trama página a página se empieza a convertir en reflexiones: cómo la belleza y la fama alejan de la vida familiar, convierten relaciones cercanas en utilitarias y frívolas; cómo imposibilitan las ganas de tener una relación amorosa, cómo la relación con tu entorno cambia, teniendo que soportar niñas que te maldicen cuando no quieres tomarte una foto con ellas, y así un largo etc. de reflexiones sobre el tema.
Si lo bajo a un ejemplo cercano, el libro es como una pareja que llega a una fiesta. A uno le preguntan, “en qué trabajas” y responde brevemente. Su pareja aprovecha la oportunidad para complementar la respuesta del otro y termina acaparando la conversación. Lo que empezó como un intento de conocer al primero, se convierte en un monólogo del segundo, que pretende conocerlo tan bien que termina por apoderarse de la historia.
Algo similar pasa con Life of M. Lo que parecía que iba a ser un retrato se termina convirtiendo en las inquietudes de quien la retrata. Y surge inevitablemente la pregunta: ¿qué estoy leyendo, un retrato, una autobiografía, un ensayo sobre la belleza y la fama, una reflexión sobre la imposibilidad de retratar a otra persona?
Obviamente esto no debe ser un problema. Una novela puede ser todas estas cosas al mismo tiempo. El problema es que, a medida que M pierde protagonismo, las reflexiones que ocuparon su lugar tampoco logran mantener el interés.
Vivimos en un mundo poblado de influencers, de gente que nos muestra lo bonita que es la vida en redes sociales. La belleza y la fama han sido los temas centrales de la historia actual. Por lo mismo, las reflexiones de Cusk parecen repetitivas, algo que he escuchado cientos de veces.
En Life of M, el personaje parece ser el centro del argumento en el comienzo, pero luego pasa a ser absorbida sin que las cantatas reflexivas logren compensar su ausencia. Y aquí vuelvo a La llamada. Guerriero también está fascinada por la mujer que retrata y no esconde su subjetividad, pero esa fascinación funciona como una fortaleza. En Cusk ocurre lo contrario. Mientras más avanza el libro, más parece alejarse de M.
El cierre confirma esto mismo: la narradora le entrega el texto a la mujer retratada y M abre la pregunta sobre qué tan auténtico es el libro. Quizás Cusk es consciente del fracaso de su ejercicio y abre esto como el tema central de la novela. Sin embargo, que un libro tematice su propio fracaso no necesariamente vuelve ese fracaso satisfactorio como forma literaria.
Si Life of M pretendía indagar en cómo la subjetividad del autor termina contaminando un retrato, el resultado no me pareció convincente. No porque Cusk fracase en retratar a M, sino porque aquello que escribe en su lugar tampoco termina de justificar su desaparición. Los rumores hicieron que en la vida real el libro fuera un best seller: todo el mundo quería saber si Natalie Portman era efectivamente la protagonista, se abrieron preguntas para saber si quedó conforme con el retrato, se supone que en Nat’s Book Club se recomendaban a viva voz los libros de Rachel Cusk. Con Life of M, la realidad superó a la ficción y el argumento terminó pesando más fuera del libro.