Seamos sinceros, sea porque estamos metidos en el algoritmo o muy ocupados con nuestras importantes vidas, la mayoría de nosotros no reconoce a los ganadores de los premios Nobel cuando se anuncian (exceptuando Bob Dylan, claro). Mano en la Biblia, ¿te suenan los nombres Kenso Soai o Karl Deisseroth? A mí tampoco, pero siempre es posible aprender un poco, así que en este artículo hablaremos un poco de los ganadores del premio Sveriges Riksbank en Economía (así es, no es un premio Nobel, pero por simplicidad y costumbre lo llamaremos así). Si te dan curiosidad los demás, recomendamos altamente visitar la página oficial, que incluye un resumen de los ganadores.
Este año el premio se lo llevaron los economistas Robert E. Hall y Michael Woodford por proveer “fundamentos microeconómicos para la estabilización macroeconómica”. ¿Qué significa eso? Para explicarlo tenemos que dar un tour a la forma antigua de hacer las cosas, también llamada economía Keynesiana.
La economía Keynesiana simplificada
John Maynard Keynes fue un economista británico altamente influyente. Keynes se atrevió a sugerir, entre muchas otras cosas, que una economía puede permanecer mucho tiempo con demanda insuficiente y desempleo, por lo que una intervención por parte del gobierno puede ser deseable para llevar la economía en la dirección correcta. Por ejemplo, si la economía está en una recesión, las autoridades pueden bajar la tasa de interés y aumentar el gasto —ambas medidas contracíclicas— para alentar la demanda y reavivar la economía. De igual forma, si hay una inflación excesiva, las autoridades pueden subir la tasa de interés y bajar el gasto. El siguiente diagrama ilustra el “happy path”: si las curvas de demanda y oferta originalmente intersectan en el punto rojo (equilibrio inicial), un estímulo fiscal podría desplazar la curva de demanda hacia la derecha para llegar a un equilibrio final en donde, si bien hay un poco más de inflación, el aumento en el PIB lo compensa. Se reduce el desempleo y se llega a una mejor situación económica.

El problema con esta forma de pensar es que asume que hay una relación relativamente predecible o consistente entre todas estas variables (inflación, empleo, ingreso, consumo, demanda, oferta, etc). No fue hasta la crisis del petróleo de los 70’s que los economistas se percataron de que no siempre es tan sencillo. En particular, cuando hay crisis de oferta (por ejemplo un aumento considerable en el precio de la energía) exista la posibilidad de tener “estanflación”, una situación en donde la economía muestra tanto niveles elevados de inflación como de desempleo. En estos casos los estímulos fiscales principalmente aumentan la inflación y son poco efectivos en mitigar el desempleo. Si bien esto es una explicación simplificada, el punto importante es que los modelos de Keynes no han resultado ser tan efectivos para estabilizar la economía en periodos volátiles como nos gustaría.
¿Y qué aportaron Hall y Woodford?
El premio Nobel en Economía de 1995, Robert E. Lucas, Jr. (¿te sonaba?), hizo la observación de que era problemático asumir una relación consistente entre las variables macroeconómicas mencionadas y que sería mejor desarrollar modelos con fundaciones microeconómicas. ¿Qué son las fundaciones microeconómicas? Si la macroeconomía es el bosque, la microeconomía son los árboles. En este caso, los individuos, las empresas, las interacciones, todo visto a pequeña escala. La inflación, por ejemplo, no ocurre sino por millones de transacciones realizadas por miles de individuos a lo largo del tiempo, así que hay que entender cómo toman decisiones los individuos para poder entender la inflación. Esa es la perspectiva microeconómica. Del dicho al hecho hay un largo trecho, así que tuvieron que pasar bastantes años hasta que esta idea pudiera manifestarse en la academia. Acá entra el aporte de Robert Hall, o Bob Hall para los que entramos en confianza rápidamente.
La microeconomía sugiere que el consumo de los individuos se rige en parte por sus expectativas de sus ingresos futuros, y demasiados economistas se quebraron la cabeza intentando encontrar formas de estimar o modelar esas expectativas (con el fin de poder estimar mejor el consumo futuro), pero Bob Hall propuso un planteamiento diferente. Dado que el consumo actual depende de lo que esperes que ocurra en el futuro (por ejemplo vas a gastar más si esperas un bono o menos si presientes un recorte), el mejor indicador de tus expectativas es simplemente el consumo actual, y es imposible saber cómo cambiará tu consumo dado que depende de eventos inciertos en el futuro. Es decir, no hace sentido buscar una variable mágica que ayude a predecir el consumo futuro, porque no la hay.
Hall no partió desde cero. Su trabajo se apoyó en ideas anteriores, como la hipótesis del ingreso permanente de Milton Friedman, el modelo de ciclo de vida de Modigliani y Brumberg, y los avances sobre expectativas racionales asociados a Robert Lucas. Su aporte decisivo fue convertir esas ideas en una predicción comprobable.
Woodford, por el otro lado, recibió la mitad del Nobel porque desarrolló un modelo macroeconómico lo suficientemente sencillo como para ser comprensible y adaptable a las situaciones particulares de cada país y lo suficientemente robusto para atender la complejidad de una economía real. El resultado fue una base coherente para estudiar cómo la política monetaria afecta la inflación y la actividad económica (según la Real Academia Sueca de Ciencias, muchos bancos centrales lo usan hoy en día). Su modelo incluye, entre muchas otras cosas, los hallazgos de Bob Hall (a saber, que el consumo depende de las expectativas futuras).
Yo estudié Economía y soy el primer en cuestionar la profesión, así que, ¿cuál es el impacto de esto? Aunque sea difícil cuantificar exactamente la diferencia entre los nuevos modelos y los viejos, este artículo de la misma academia menciona que la recuperación de la economía después de la crisis del Covid o la gran recesión del 2010 parecen ser buenos indicadores de la efectividad de los nuevos modelos surgidos a partir de las contribuciones de los dos premios Nobel.
Así que si en algún punto sientes que el mundo está cambiando demasiado rápido (con la inteligencia artificial, por ejemplo), por lo menos queda el consuelo de que los nuevos modelos económicos nos acompañarán en el proceso.