Lo interesante de Mis muertos tristes es que no está interesada en las reglas, en explicarnos cómo funciona el más allá en el universo –por lo demás realista– que presenta. Al contrario, durante los cuatro capítulos está contenta dejándonos confundidos, descubriendo lentamente que las explicaciones no son tan importantes como los sentimientos que provoca la muerte y el lugar que ocupan los vivos.
Más que nada es sobre la insistencia de una mujer, Ema (Mercedes Morán), de permanecer en su barrio incluso cuando todo parece decirle que no debería estar ahí. Piedrabuena es una villa peligrosa y ella es médica y tiene otro departamento en la parte lujosa de la ciudad, pero no le interesa. Quiere vivir en su casa vieja porque ahí está su madre, o el fantasma de ella.
La serie empieza con esta muerte, la de Susana, que agonizó los últimos días que Ema la cuidaba. Y ahora Ema, obligada a jubilarse y habiendo perdido a su mamá, decide quedarse en la casa que ambas ocuparon. Allí, de vez en cuando, se le aparece Susana, y aunque no conversan, se acompañan y esa es razón suficiente para no irse de allí.

Además, ese es su barrio. Ahí están las reuniones de seguridad en las que deciden cómo enfrentar el crimen que va en aumento. Ahí está el vecino que tiene un bar en la ruina y la vecina que tiene miedo a salir de su casa. Pero también están el muerto que toca la puerta, el fantasma del ladrón que murió robando y las tres chicas que fueron baleadas y que siguen sacándose fotos como si no les corriera sangre por la cara.
Los fantasmas se mezclan con los habitantes del barrio y tanto Ema como los vecinos los empiezan a aceptar con naturalidad. Los muertos deambulan, reviven su muerte una y otra vez, a veces molestan. Y como Ema tiene una sensibilidad especial, habla con ellos. Y lo que hace no cae en el cliché de solucionar sus asuntos pendientes para que puedan seguir adelante, sino que los distrae, les “da bola”, los hace sentirse vistos.
Los vecinos la llaman, la consultan y Ema, entonces, se ve convertida en la guardiana de la muerte, una experta involuntaria en lidiar con fallecidos.

La herida de un continente contada desde lo paranormal
Hay trama, hay personajes, hay más o menos lo que uno podría esperar de una serie de Netflix. Está la pelea entre Ema y su hermana, el impacto de la llegada de su sobrina, la relación conflictiva con su hija. El cuento original, del mismo nombre y que tras publicarse pasó a ser parte del libro Un lugar soleado para gente sombría, describe en primera persona la habilidad de Ema, la relación con sus calles y a alguno que otro muerto. La hija es solo mencionada y la sobrina ni siquiera existe. Son detalles, porque ambas manifestaciones, serie y cuento, llegan a lo mismo.
Porque lo que hace el director chileno Pablo Larraín al adaptarlo es dotar a su narración del mismo deambular que los muertos que escribió Enríquez. La historia se deja estar y flota como queriendo mostrarnos algo más nostálgico que una simple historia de fantasmas.
En el seguimiento cotidiano de Ema y su atención por el barrio crea algo curioso, un relato discreto y alejado de la espectacularidad, donde no hay dramatismo ni horror respecto a los fantasmas, sino una mirada serena que nos pareciera querer reconciliar con lo que sea que pase después de morir. Porque nos enfrenta con todo lo que hace que estar vivo tampoco esté tan bueno.

Y de manera clave, se representa visualmente la radiografía que hizo Enríquez de un lugar físico que podría ser muchos rincones latinoamericanos. Vemos las caminatas largas por calles llenas de basura, el pagar el súper con crédito, las peleas con los vecinos por no saber frenar la delincuencia. La resignación a vivir en un lugar al que no entran taxis, policías ni ambulancias. Donde la muerte puede quedar en el anonimato y un asesinato pasa a ser anécdota antes que escándalo televisivo. Y ni siquiera hay que explicar por qué.
Por eso que haya un par de fantasmas dando vuelta da igual, los personajes se asustan un poco pero luego solo quieren dormir en silencio. La gente quiere estar tranquila y eso parece ser cada vez más difícil. “Una ciudad que ya no sabe qué hacer”, la describió Enríquez, y Larraín transmite esa desesperanza y decadencia que se sienten tan reales.
La contingencia latina como ciclo infinito de tragedias de las que cuesta levantarse. La metáfora perfecta son espíritus que no terminan de pasar al otro lado.
Mis muertos tristes se presenta como algo graciosa a la vez que oscura, un tipo de resignación que se nos hace familiar, un poema melancólico a las razones por las que nos terminamos quedando. En un barrio, en un país o en este plano terrenal.
Nota de riesgo: moderada.