Lo difícil de escribir sobre Adolescencia, sexo y muerte en campamento Miasma no es solo porque sea una película que se rehúsa a ser clasificada, reducida o contenida, sino porque levanta y se mete en tantos temas diferentes que cada espectador puede tener una lectura distinta de ella.
Es una parodia de los slasher, pero también un romance queer, un drama sobre el autodescubrimiento sexual y una metaficción sobre hacer cine. Y en partes, un slasher.

Quizás entonces escribir sobre Camp Miasma sea como verla, una experiencia única que nos interpela personalmente. Que nos puede encantar, hacer pensar y querer desglosar sus significados, o que podemos odiar y sentir que simplemente es rara o pretenciosa. Pero esas son de las películas más interesantes, las que solo ganan cuando las vuelves a ver y las que te invitan a comentarlas con otras personas que vivieron experiencias distintas.

El Campamento Miasma
Los slashers son películas de terror sangriento, como Halloween o Viernes 13, con asesinos, adolescentes que mueren exageradamente y una chica (la final girl) que sobrevive a la masacre… hasta la siguiente película.
En este universo existe Camp Miasma, que también empezó en los 80 con bajo presupuesto y, ante un éxito inesperado, se siguió replicando eternamente. Se hicieron una serie de secuelas, completamente genéricas y olvidables, videojuegos y juguetes hasta que la gente perdió el interés. Se volvió demasiado problemática para los tiempos modernos.
Todo queda claro en uno de los mejores openings del año.
Pero un estudio decide revivir la marca. Kris (Hannah Einbinder de Hacks, en otro papel que se ajusta a su personaje y sentido del humor) es una prometedora directora que es contratada para encargarse de la siguiente Camp Miasma. Quieren su perspectiva femenina y queer para hacer algo woke, un “elevated horror”, algo que revitalice con progresismo la manchada franquicia. Y ella lo sabe, pero teniendo una relación personal con los slashers y siendo fanática de la original, cree que es la persona correcta para darle una vuelta.
Nuestra Camp Miasma empieza cuando Kris va al campamento donde se filmó la Camp Miasma original. Ahí, recluida en medio de la nieve, vive Billy Presley (Gillian Anderson), la final girl original de la franquicia. Retirada de la actuación, confinada a su solitaria cabaña y con una conexión inexplicable con el lugar que definió su juventud y carrera, Billy se muestra escéptica sobre la nueva película. Cree que todo debiese ser menos académico que el meta comentario que quiere hacer Kris sobre los slashers. Total, las películas de terror triunfan porque son sobre dos cosas: carne y fluidos.

Desde allí la relación entre ambas se convierte un viaje íntimo, retorcido y onírico, en el que intentan llegar a lo más profundo de cualquier premisa que vayan a afrontar en su trabajo creativo. Kris se identifica con su trabajo y su relación con el cine, pero Billy le hace ver que el sexo y el deseo están entrelazados con todo lo demás: la obsesión de Kris con mirar y su miedo a ser vista, el protegerse desde detrás de las cámaras para evitar exponer más de lo que podría soportar mostrar.
Para la directora, la relación se vuelve una vía de escape de su cerebro intelectual, una manera de entregarse a la fantasía, de reconocer sus necesidades, por más contradictorias que sean con lo que dicta su intelecto. Los slashers están cargados de misoginia y cosifican a las mujeres que muestran, pero al mismo tiempo Kris no puede esperar vivir en uno. Quiere soltarse y convertirse en esa chica que corre desnuda mientras un asesino la persigue en medio de la noche. ¿Por qué no dejarse ser apuñalada por una lanza sanguinaria que la atraviesa hasta matarla?

Esa es la invitación que le hace Billy. El refugiarse como ella del mundo real para vivir en Campamento Miasma y conocerse a sí misma. Y Jane Schoenbrun presenta estas ideas de forma digerible e incluso divertida. Hay mucha comedia camp que se cuela entre tantos discursos, y se genera un buen balance entre conversaciones filosóficas entre las dos mujeres sobre la necesidad de ser observadas, la cualidad meta de una película que intenta convertirse en otra película y la simple entrega al slasher sangriento y banal que Camp Miasma homenajea.
Y todo sintiéndose profundamente personal. Es interesante que Schoenbrun cree desde su propia biografía, y si su cinta anterior I Saw the TV Glow –una de las mejores películas del último tiempo– lidiaba con su transición, ahora Adolescencia, sexo y muerte en Campamento Miasma se pregunta qué sucede una vez que eso ya está más asentado. Cuál es el rol del deseo y la relación con la sexualidad propia cuando la identidad está más definida.

Kris lucha con sentirse más cómoda dentro de su cuerpo con la ayuda tanto de una mujer que pasó por lo mismo, como la del asesino de la franquicia Little Death (“La pequeña muerte”, ¿se entiende?), y es interesante cómo realizadores trans crean películas que abordan la experiencia de transicionar en su contenido, pero que también generen algo completamente propio desde su forma.
Así, Campamento Miasma se presenta como todas estas cosas, con todas estas ideas. Es una deconstrucción del cuestionable slasher, pero también se entrega con goce a él en un par de secuencias sangrientas y gratuitas. Es académica en la presentación y exploración de sus tesis, pero también visceral en su manera de resolverlas. Tiene terror, comedia y un romance lésbico. Es original y muy propia de nuestros tiempos. Es un sueño febril sobre aceptarse a uno mismo en nuestras contradicciones, una visita nostálgica a las películas que nos marcaron en el pasado y un compartir de amigas con música y chocolates. Y todo contado de una manera que se cuela en nuestro inconsciente, como una experiencia hipnótica que se absorbe y permanece viva después de que la hayamos visto.
Nota de riesgo: arriesgada.