¿Cómo ayudar e impactar sin moverte de tu casa?

Sí, es posible y te voy a explicar cómo.

A veces llego a un punto en el que quiero parar de leer noticias. Luego de un año de darle refresh a las cifras de contagios y de creer que pronto volveríamos a la normalidad, llegan informes como el de Israel: hay alta correlación entre los pacientes con la variante delta y los vacunados, lo que puede significar que descienda el efecto de la vacuna luego de seis meses… y yo que me sentía superwoman luego de mis dos dosis.

Entre tantas cuarentenas, me he reconectado con amigos de varias partes del mundo y comprobé que sin importar el idioma, la edad o la religión, todos estamos con la misma incertidumbre: se borraron las distancias físicas y nos hemos vuelto más empáticos. El “¿cómo estás?” es mucho más sincero que el que tirábamos antes del 2020 en un WhatsApp.

Pero, ¿a dónde voy con todo eso?

Mi amigo Carlos Felpeto ha trabajado en varias ONG como Techo y Unicef, y hace un par de días le pregunté por cómo el COVID había afectado. ¿Te imaginas? Si Airbnb despidió al 25 % de sus empleados, Latam se declaró en bancarrota y Zara cerró más de 1200 tiendas, ¿en qué quedaron las cifras de organizaciones sin fines de lucro? Y peor aún, ¿en qué quedaron las personas que se veían beneficiadas?

Su respuesta fue muy opuesta a la que imaginaba. Yo creía que Unicef se sostenía por donaciones de grandes empresas, aportes del gobierno o por Angelinas y Brads…

Pero la razón por la cual en Chile Unicef logró mantenerse medianamente estable, fue porque el 96 % de las contribuciones vienen de personas naturales que donan aproximadamente 10K mensuales (14 USD). Esas personas no dejaron de donar, al contrario, llegaron a duplicar sus aportes durante el 2020.  

Carlos me explicaba que desde su perspectiva, la pandemia generó que las personas se volvieran más sensibles y empáticas. El hambre, la pobreza o la falta de educación siguen existiendo, y aunque el COVID empeoró estas situaciones, también hizo que la gente se sienta más cercana a ellas y vea como propios los problemas ajenos.

Dejando atrás el “face to face”

El diario The Economist se volvió profeta. Un artículo del 2017 explicaba cómo las ONG debían modernizar sus formas de recaudación para sostenerse en el tiempo, pensándose como empresas reales y no solo como fundaciones.

Con el COVID estas organizaciones tuvieron que cambiar la forma de encontrar donantes, no creo que en este momento le recibirías un volante a alguien en medio de la calle, ¿verdad? Pararse en un lugar transitado con una alcancía y un formulario ya no es viable, por eso han ido migrando hacia las apps o modelos de donación automática por transferencia.

Pero el reto, como me contaba Carlos, ha sido llegar a nuevos donantes. ¿Por qué?

Leyendo y hablando con varias personas, llegué a dos teorías de por qué nos cuesta tanto empezar a ayudar:

1. La desesperanza aprendida: “nunca seré un Warren Buffet”

El problema con algunas campañas de ayuda es que convocan a que des mucho dinero o mucho tiempo y a veces, no tenemos ninguno de los dos.

Esto sumado a que a veces los medios definen como filántropos solo a quienes donan grandes sumas de su fortuna. En el 2020 Forbes le dio a Warren Buffet el primer lugar porque en cinco años ha compartido el 16,3 % de su patrimonio.

Warren Buffet, presidente y director ejecutivo de Berkshire Hathaway

Pero, para la inmensa mayoría que no somos magnates, comparar nuestras formas de filantropía, nos hace creer que nuestro aporte es insignificante… y reflexionamos: ¿si puedo ayudar con poco, para qué hacerlo?

Si eso te pasa, puedes pensar en un ARPA.

A.R.P.A. = Acciones ridículamente pequeñas pero alcanzables

Es un método que le escuché a un conferencista hace unos años: Néstor Ochoa era un hombre con varios kilos de más, el doctor le había recomendado hacerse una cirugía, pero él, ansioso por la posibilidad de que saliera mal, prefirió empezar a caminar. Su hija lo miró de reojo cuando el primer día estaba de vuelta en su casa a los 10 minutos.  

— ¿Apenas 10 minutos? Así vas a bajar esos kilos en unos 10 años.

Para él, esta empezó siendo una acción ridículamente pequeña pero alcanzable. Aquellas que son posibles y generan impacto porque no nos ponen más presión de la cuenta.

Aunque primero fueron 10 minutos, luego fueron 20, a los 30 su hija lo empezó a acompañar y luego no pudo hacerlo más cuando Néstor empezó a correr 10 kilómetros diarios.

2. El desconocimiento: “sé lo que hay que hacer, pero no sé cómo”

Cuando empecé a pensar en este artículo, me abrí una ventana de notas en el celu y fui anotando las formas de ayudar que me recomendaban otras personas. El 50 % mencionó el reciclaje, el 40 % las donaciones de sangre y apenas un 10 % conocía fundaciones específicas.

Así comprobé mi segunda teoría. Está bien no saber, pero siempre podemos informarnos y comprobar cómo sí hay formas muy simples de impactar a lo grande (no necesariamente donando dinero).

Hoy te cuento algunas que he puesto en práctica y que puedes tomar como tus “arpa”:  

  • Reciclapp: Cuando el 50 % me habló del reciclaje como primera opción, pocos sabían de centros de recolección o formas específicas de ayudar. Esta app chilena con presencia en Bolivia tiene como eslogan literalmente “sin moverte de tu hogar”.

Actualmente, Chile es el país de Sudamérica que más basura genera por persona: ¡1,26 kilos diarios! Y de esos, solo se recicla un 1 % de orgánico y un 8 % de plástico.  

Lo que hace Reciclapp es que recoge gratis en tu casa los residuos reciclados una vez a la semana, solo tienes que entrar a la app y ver los horarios por comuna, además te enseña cómo separar las basuras.

  • Fundación DKMS: Esta fundación internacional nació en Alemania y desde el 2004 ha ido migrando a más países para luchar contra el cáncer de sangre encontrando donantes de células madre. Para saber si puedes ser donante, solo tienes que entrar al sitio, registrarte y te llegará a tu casa un kit para tomarte una muestra bucal. Yo lo pedí un jueves y el domingo ya lo tenía conmigo, no me tomó más de 5 min hacerme la prueba. Luego debes llevarla a Correos Chile (el envío está pagado) y te avisarán si puedes ser donante para ayudar a una persona en cualquier lugar del mundo. También puedes pedir varios kits a tu oficina, en Fintual lo hicimos y nos enviaron todo lo necesario en tres días.
  • Tienda De Buena Fe: Volvemos a los rankings para ganar el primer lugar como el país que más consume ropa en Sudamérica. En los últimos cinco años, en Chile se pasaron de comprar 13 prendas a 50 prendas anuales, es decir, un adolescente está comprando en promedio 80 % más ropa que la que compraban sus papás.

La Tienda De Buena Fe busca impulsar el concepto de moda sostenible (slow fashion) y de volver a lo vintage vendiendo ropa y artículos de segunda en buen estado. Así que puede resultar terapéutico ahora que pasamos tanto en casa, ir al clóset y abrazar las prendas a lo Marie Kondo para donar un par (o muchas) de ellas.

La Tienda tiene varios puntos en la ciudad para que puedas llevar lo que quieras donar y si tienes muebles o electrodomésticos grandes, ¡ellos los recogen directamente en tu casa!

  • Be my eyes: Alexa llegó a Fintual hace un par de meses y estamos juntas en el equipo de personas, ella tiene una discapacidad visual y hemos aprendido muchísimo entre las dos sobre cómo trabajar. Le conté de esta app como si fuera una novedad, pero resulta que ella es usuaria hace casi un año: “la uso para trabajar, para encontrar algo cuando se me cae al piso o incluso para leer facturas que tengo que transcribir, es un lujo, me responde cualquier persona del mundo que hable español en unos minutos”.

Consiste en una red de más de cuatro millones de voluntarios videntes en todo el mundo que están atentos a la llamada de alguna persona que “necesite sus ojos” como ayuda. Es gratis y puedes elegir si quieres ayudar a personas que hablen inglés, español o ambos.

Así es como he cambiado el tipo de noticias que leo, enfocándome en algunas más positivas para escribir este artículo. Me doy cuenta de que el último año, loco como ninguno, nos trajo muchos cambios, nuevas rutinas, más de una receta de pan de masa madre, rompecabezas completos, libros desempolvados y Zoom interminables, pero sobre todo: nos trajo empatía.


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