En julio la CMF publicó su estudio de género de 2026. Hace un par de meses escribimos un post donde, usando datos de Fintual, comparamos las diferencias entre hombres y mujeres al invertir, y revisamos si todavía se sostiene la hipótesis de que a las mujeres les va mejor.
Este informe de la CMF nos permite seguir preguntándonos por las diferencias al invertir y ahorrar entre hombres y mujeres, ahora a nivel nacional y no solo de clientes de Fintual. Lo que cuenta el informe lo complementamos con otras cifras del país, como el desempleo y los ingresos, para tener el cuadro lo más completo posible.
El acceso a los productos financieros
Primera conclusión: el informe muestra que las mujeres tienen igual o mayor acceso que los hombres a varios productos financieros. Por cada 100 cuentas de hombres hay 113 cuentas vista, 129 cuentas de ahorro a plazo y 150 cuentas de ahorro para la vivienda de mujeres.
Suena alentador, pero la historia completa tiene matices.
El patrón cambia en productos que suelen requerir más ingreso, formalidad o continuidad de ahorro. Por cada 100 cuentas de hombres hay 82 cuentas corrientes y 59 APV bancarios. ¿Y si lo vemos por el lado de la deuda? Por cada 100 deudores hombres hay 70 deudoras comerciales y 78 deudoras de crédito para la vivienda.
Si pusiéramos los productos en un espectro, tal vez la cuenta vista sería el producto con menos requisitos de todos, mientras que un crédito comercial suele acompañar una actividad formal. Los productos de vivienda son el mejor ejemplo: las mujeres tienen más cuentas de ahorro para la vivienda y menos presencia entre quienes acceden al crédito hipotecario.

Cuánto tienen hombres y mujeres
El informe también muestra una brecha en los montos acumulados. En los productos para administrar efectivo, el saldo promedio de las mujeres equivale al 69% del de los hombres. En fondos mutuos, ellas son el 49,9% de las personas que invierten, pero concentran el 42,1% del monto.
Y es que para nivelar la cancha en términos de saldos, se requiere nivelar la capacidad de ahorro, lo que, a su vez, depende bastante de las condiciones en el mercado laboral.
Una barrera clara para acumular ahorro es el ingreso. En 2025, las mujeres ocupadas recibieron en promedio $832.566 mensuales y los hombres $1.062.864: una diferencia de 21,7%. Y la educación no elimina esa brecha. Si tomamos el último desglose oficial disponible por sexo y nivel educativo del 2024 sobre las personas asalariadas, encontramos que la diferencia fue de 18,8% en educación secundaria y de 35,2% en postgrado.
Si el ingreso es una de las barreras, la otra es el empleo. Entre las personas de 25 a 54 años, en el periodo que va de abril a junio de este año, estaba ocupado el 83,6% de los hombres y el 68,9% de las mujeres: una brecha de 14,7 puntos. La inactividad por razones familiares está fuertemente concentrada en las mujeres. Según nuestro recálculo de los microdatos de la ENE (Encuesta nacional de empleo), entre las personas de 15 años o más que estaban fuera de la fuerza laboral por razones familiares permanentes, el 94,7% eran mujeres: 1,09 millones, frente a 61 mil hombres.
La brecha de empleo varía marcadamente según la presencia y edad de los menores en el hogar. Entre las personas de 25 a 54 años, la tasa de ocupación masculina supera la femenina en 6,7 puntos en hogares sin menores de 18 años; en 18,3 puntos cuando el menor más joven tiene entre 5 y 17 años; y en 30,6 puntos cuando tiene menos de cinco. El grupo sin menores incluye tanto a personas sin hijos como a personas cuyos hijos ya crecieron.

Si te interesa este tema, hace tiempo repasamos las teorías de la ganadora del Nobel Claudia Goldin, quien propuso que históricamente, las principales diferencias salariales podían explicarse por diferencias en la educación y las carreras que hombres y mujeres seguían. Hoy en día, la diferencia se explica desde el nacimiento del primer hijo.
Ojo, estas diferencias comparan personas distintas en un mismo momento, no a las mismas personas antes y después de tener hijos. No podemos hablar de causalidad, pero la asociación entre la brecha de empleo y la presencia y edad de los menores en el hogar es clara, e implica, más para mujeres que para hombres, años durante los cuales una menor continuidad laboral puede traducirse en menos ahorro.Además de que la brecha de ocupación es mayor cuando hay niños pequeños, recientemente la diferencia se ha agrandado. Había bajado de 31,7 puntos en 2021 a 25,4 en 2024, el mínimo reciente, pero en 2026 volvió a subir a 30,6. Lo que pasó específicamente fue que la ocupación cayó entre las mujeres y aumentó entre los hombres comparables. Entre las mujeres, el menor empleo coincidió con un aumento de 3,2 puntos de la inactividad por razones familiares y no con un aumento del desempleo.
En 2026, el 15,3% de las mujeres de 25 a 54 años que vivían con al menos un menor de cinco años estaba fuera de la fuerza laboral pese a declarar que quería trabajar, frente al 2,0% de los hombres comparables: una proporción casi ocho veces mayor. La dificultad para encontrar un empleo compatible con sus responsabilidades puede preceder la salida de la fuerza laboral.
Mi teoría es que ese retroceso puede estar asociado con la debilidad general en el mercado laboral chileno, que afecta más a quienes tienen menos margen de ajuste. Siendo madre de una niña pequeña, me puedo imaginar las dinámicas detrás de estos números. Una persona con responsabilidades de cuidado no puede aceptar un trabajo en cualquier zona, sino uno que le permita llegar a tiempo a buscar a los niños. Necesita cierta flexibilidad para atender emergencias o llevarlos al médico. Tampoco puede aceptar cualquier sueldo: tiene que alcanzar para cubrir el costo del cuidado. Lamentablemente, esas personas con más compromisos familiares aún son abrumadoramente las mujeres.
Estas diferencias laborales ayudan a cerrar el círculo con el informe de la CMF: un acceso financiero similar no produce los mismos saldos si la capacidad y la continuidad del ahorro siguen siendo distintas. Equiparar la cancha no depende únicamente de políticas públicas o bancarizar a la población. Son cambios culturales que toman tiempo: empleadores que normalicen que sus trabajadores varones lleven a sus hijos al médico o los recojan del jardín, mujeres que no sientan culpa si no son ellas quienes por defecto resuelven los temas del hogar, y hombres que asuman una parte equitativa de esas responsabilidades.
También es importante que la ley no perpetúe estos roles. Hoy, la obligación de proveer sala cuna se activa cuando una empresa tiene 20 o más trabajadoras. Cambiar ese umbral para que considere al total de trabajadores evitaría que el costo quede asociado exclusivamente a la contratación de mujeres.