La tierra está inquieta lectores. Nada que no sepan: en los últimos dos meses se han sacudido Filipinas, Venezuela, Colombia e Indonesia, con sismos de 7.8, 7.5, 7.4 y 7.7, respectivamente (los abrazamos a todos).
Es difícil narrar lo que vives durante un sismo. Personalmente, viví el de 2017 en Ciudad de México, que fue de 7.1, por siempre en mi memoria como el peor día de mi vida.
Suena la alerta (a veces), volteas a ver las lámparas, ¿se mueven?, volteas a ver a los demás: “¿Sí está temblando?”. Alguien con chalequito grita “¡REPLIEGUEN! ¡Manos en la cabeza!”. Empiezas a marearte. Se siente. Alguien agarra su celular, alguien llora. Se caen libros. Se cuartea una pared. Sesenta segundos se sienten como seiscientos. Termina. “Hay que evacuar”. “Hasta que pasen cinco minutos, por si hay réplica”. Esperas, no hay señal, piensas en tu familia y en que ese día querías ir al cine. “Vamos a empezar a salir en orden”. Alguien corre, alguien se congela, no hay señal. Sales. “Por fin se acabó”.
¿O apenas empieza?
El fin de un sismo es el inicio de una serie de eventos que no puedes controlar mucho: el miedo de una réplica, rastrear a tus conocidos, decidir cómo ayudar sin estorbar, aprender las señales: Puño arriba es silencio. Olor a gas es huir. Volver a casa sin saber qué te vas a encontrar.
México es un país altamente sísmico

Ahora sí que un bolillo para el susto. 🥖
Casi 10 años han pasado desde que tembló en el 2017, y aún puedes ver ruinas de edificios en algunas partes de la Ciudad de México (y eso que el epicentro ni fue aquí). Casas y departamentos que fueron “los ahorros de toda mi vida” de muchas personas. Solo en CDMX se estimaron más de 25 mil viviendas afectadas, y aunque ninguna pérdida material se compara con una vida, perder una vivienda representa un golpe enorme para esas familias.
Por eso es importante tomar precauciones que ayudan a proteger nuestro patrimonio.
No existe el “seguro por si tiembla”, pero existen seguros de hogar o de daños que incluyen específicamente la cobertura de terremoto. Las coberturas pueden incluir la propia estructura de la vivienda, los objetos que tienes dentro, gastos de reconstrucción, remoción de escombros e incluso hotel o renta en lo que puedes volver a habilitar tu vivienda.
El precio dependerá de múltiples factores como la ubicación, metraje, antigüedad, contenido de tu hogar (si tienes una Thermomix seguro se elevará un poco), la zona en la que se ubica, entre otras cosas.
Con entre 20 y hasta 40 mil sismos al año, y los altos costos que enfrentan las familias para adquirir vivienda, pensaríamos que muchas están aseguradas.Pues no. Se estima que solo el 7% de las viviendas tienen un seguro contratado voluntariamente (hay algunos obligados, principalmente por temas de créditos hipotecarios y vienen incluidos en las mismas condiciones de los créditos). 7 de cada 100, pero de esos no existe la cifra oficial de cuántos tienen cobertura para sismos. Algunas estimaciones de la industria apuntan a que solo 33% tienen esta cobertura, 33% del 7%.
Para contrastarlo, aproximadamente el 31% de los vehículos tienen seguro. Más personas aseguran su coche que su casa.

¿Conoces las dimensiones culturales de Hofstede?
Son un modelo para comparar cómo distintas culturas tienden a pensar y comportarse a partir de 6 dimensiones:
- Orientación a largo vs. corto plazo
- Indulgencia vs. restricción
- Distancia al poder
- Individualismo vs. colectivismo
- Masculinidad vs. feminidad
- Aversión a la incertidumbre
La poca prevención de los mexicanos podría entenderse, en parte, a partir de 2 dimensiones: baja orientación al largo plazo (24/100) y alta indulgencia (97/100).

Dios proveerá: valoramos el presente y disfrutamos la vida, dejando en segundo plano la prevención, y eso puede hacer más difícil priorizar sacrificios presentes para proteger el futuro.
Estos puntajes reflejan patrones culturales construidos a partir de estudios comparativos. La historia, las tradiciones, la importancia de la familia, la experiencia con la incertidumbre económica y otros factores pueden ayudar a explicarlos.
Los seguros son uno de muchos puntos en los que preferimos no pensar. Se le suman la planeación de nuestro retiro, nuestra poca participación en el sector de inversiones o incluso ahorro formal, tener fondos de emergencia, entre muchas otras.
Pero así como aprendemos de los sismos, también podemos aprender de nuestros propios comportamientos. Quien vivió el del 85 puede decir que el del 2017 se vivió de forma completamente distinta: con más organización, menos impactos y más conocimiento. Siempre podemos aprender y buscar ser más previsores.
Porque el “Dios proveerá” está bien, pero tampoco hay que cargarle todo el trabajo. Con más de 130 millones de mexicanos, no está de más echarle una manita y empezar a prevenir.