En esta época de LLMs e Inteligencias Artificiales que son capaces de hacer casi todo lo que hacemos los humanos, se está volviendo cada vez más difícil determinar qué fue hecho por un humano y qué fue hecho por la máquina. En nuestro rubro –edición y escritura– la brecha entre lo que puede escribir una persona educada y competente y Claude se va achicando día a día.
Por suerte, los que tenemos el ojo entrenado todavía somos capaces de darnos cuenta –en la mayoría de los casos– que algo fue escrito totalmente por una máquina. Y aunque las pistas suelen estar por todos lados, a veces igual el ojo es engañado.
Lo que me recordó los viejos trampantojos.
El arte, y en especial la pintura, siempre han tenido la pretensión y la capacidad de imitar la realidad. Siempre ha existido esa tensión entre qué tan real tiene que ser una pintura –o si tiene que tener realismo–. Y es que la capacidad de ilusión que tiene la pintura ha puesto la pregunta sobre la mesa desde tiempos antiquísimos.
Plinio el Viejo relata una anécdota que lo ilustra bastante bien: Zeuxis de Heraclea y Parrasio de Éfeso fueron dos pintores griegos del siglo V a.C., contemporáneos y rivales, que en algún momento decidieron enfrentarse en un concurso para determinar quién era el más hábil en el arte de imitar la realidad.
Zeuxis presentó un cuadro con un racimo de uvas pintado con tal realismo que unos pájaros volaron hacia el lienzo e intentaron picotear las uvas. Confiado en su victoria, le pidió a Parrasio que corriera la cortina que cubría su obra para poder verla.
Pero la cortina era la pintura.
Zeuxis reconoció su derrota con una frase que se volvió célebre: yo solo engañé a los pájaros, tú me engañaste a mí, un pintor experto.
Podríamos decir que esta es la anécdota fundacional del trompe l'œi, trampa del ojo, o con su término más divertido: trampantojo.
Y así llegamos a la Gran Hambruna irlandesa de mediados del Siglo XIX. Miles de familias irlandesas, empujadas por el hambre, emigran buscando nuevas oportunidades. Así llegarían tantos irlandeses a América, y especialmente a Estados Unidos.
Una de esas familias eran los Harnett, que se establecieron en Filadelfia. Allí, el año 1869, el joven William obtendría la nacionalidad norteamericana, al tiempo que se ganaba la vida haciendo diseños para grabados. Por las noches, asistía a clases en la Academia de Artes de Pensilvania, y luego continuaría sus estudios en The Cooper Union for the Advancement of Science and Art y después en la National Academy of Design, ambas en Nueva York.
Su primera pintura conocida es una naturaleza muerta que data de 1874. A partir de 1888 sufrió de reumatismo y murió en Nueva York en 1892.
Y es que poco se sabe de Harnett: su técnica y su estilo estuvieron en el lado b de la pintura durante muchos años, puesto que el trampantojo siempre fue considerado un arte menor, imitativo y poco más, una demostración de técnica, pero nada de talento y sensibilidad.
Pero aunque sus pinturas no tenían lugar en los museos, sí se vendían bien. Además que Harnett se daba maña para pintar objetos que rara vez aparecían en los cuadros académicos. El mejor ejemplo, seguramente, es esta herradura dorada pegada a un muralla.

¿Foto o pintura? Te deja la duda.
Gracias a un estudioso de apellido Frankenstein (ya ni entraremos en las coincidencias y conexiones que podríamos sacar de esto) en los años setenta la obra de Harnett y sus colegas hiperrealistas hizo su entrada magistral en los museos, donde miles de personas se quedan mirando un poco extrañados sus cuadros.







Su forma de amontonar objetos para darle un motivo a su naturaleza muerta es un poco hipnotizante, aunque mi preferida, sin dudas, es la serie "después de la caza".


