En su novela más reciente, The Shards (Los destrozos, en español), el autor norteamericano Bret Easton Ellis cuenta en primera persona su último año de colegio en la California de los 80.
Son pasajes de la vida real en el establecimiento más exclusivo de Los Angeles, y Ellis recuerda las tardes aburridas entre mansiones, productores de cine, piscinas, cocaína, padres ausentes, sexo y asesinatos.
El autor, enfant terrible detrás de American Psycho y que publicó Menos que Cero a los 21, es tan preciso en algunos detalles biográficos que la autoficción arremete como de sorpresa, sanguinaria y oscura, acechando a un adolescente que lleva su nombre y a sus amigos, basados en personas reales.
Y, en su estilo desafectado (piensen en Mala Onda de Fuguet pero en Beverly Hills) se pregunta qué pasaría si se pesca a esos adolescentes que tienen todo lo material pero están vacíos por dentro, y se los lanza a una historia de terror con asesinos sueltos que invaden mansiones. Quizás sea la única forma de que algo les importe.
Para el grupo popular al que pertenece el Bret personaje, las fiestas y escapadas en auto siguen siendo prioridad. Pero para él, el morbo le provoca fascinación e impulsa su creatividad. Y así él también empieza a escribir una novela que describe como biográfica.
El efecto Murphy
Por su parte, no se puede decir que Ryan Murphy sea precisamente el equivalente televisivo de Ellis.
El titán de la industria ha corrido riesgos (Nip/Tuck, Pose, los inicios de American Horror Story), pero rápidamente cayó en repetir una fórmula que le resulta cómoda: hazlo rápido, hazlo basura, hazlo gay.

El director produjo una serie de franquicias que exploraban el corazón sensacionalista de Estados Unidos: los escándalos mediáticos de American Crime Story, pelea de divas hollywoodenses en Feud, asesinos en serie con la saga Monster.
Siempre valiéndose de hombres guapos, actuaciones melodramáticas y una estética kitsch que probó tener un público fiel que poco había visto de todo este mamarracheo.
Ryan Murphy construyó un imperio mientras perdía prestigio y parece feliz con el intercambio.
Bret Easton Ellis, en cambio, llevaba décadas fuera de los focos. Había jugado con la metaficción en Lunar Park e incluso escribió un par de proyectos cinematográficos fallidos. The Shards es su primera novela en 13 años (la recomendamos en Fintualist el año pasado, por si quieres partir por el libro).
Fue una inspiración de pandemia, cuando se hizo cargo de una idea que tenía hace décadas pero que no terminaba de decantar.
The Shards se publicó sin mayor revuelo pero, quien haya visto Scream Queens, puede entender la fijación que Ryan Murphy tendría por un slasher en el que un misterioso asesino va por la vida de un grupo de estudiantes privilegiados.
Entonces, ¿funciona?
Sí y no, pero la mezcla es particular. Y eso siempre hace que valga la pena ver algo.
Lo más interesante de la novela era cómo Ellis se insertaba a sí mismo en el terror. Cómo nos narraba en primera persona sus recuerdos verídicos (incluyendo la candidez sobre ocultar su homosexualidad) pero los mezclaba con ficción.
Al estar filtrado por el lente audiovisual, se pierde este efecto. Nunca vemos ni escuchamos al autor, y en su lugar solo tenemos al joven actor que lo interpreta. Pero de Bret solo queda el nombre. La voz en off sobre las imágenes son sus palabras —a veces textuales del libro—, pero podrían ser las de cualquiera.
Aún así, sin lo meta, el estilo monótono del escritor se presenta incluso a través de toda la indulgencia esperable de Murphy.
Porque el director mete todo lo que le gusta: nepobabies haciendo de menores de edad jalando cocaína en cámara lenta en un jacuzzi, canciones pop que remarcan la época con tanta fuerza como obviedad, conversaciones intensas que parecen esconder algo importante por el brío con el que están filmadas pero en el fondo no transmiten nada.
Y ahí aparece la clave de lo que hace que esto sea un buen match. Antes de FX, Luca Guadagnino iba a dirigir The Shards para HBO y, aunque todos podemos visualizar una propuesta que hubiese sido más elegante y crítica con el mundo representado, quizás era el tratamiento Murphy lo que Ellis necesitaba.
Porque el mundo que él plantea es superficial. Y aunque la voz del autor a veces proponga algo más inteligente, la California de los excesos es sórdida y tiene que mostrarse vacía.
Así, el misterioso chico nuevo que llega al colegio al mismo tiempo que los asesinatos comienzan se presenta como un galán de teleserie. Las escenas de sexo rozan la exageración softcore. Los livings de las casas son filmados como para un comercial y se nota que hay más preocupación por la laca del pelo de los actores que por las dimensiones de los personajes que interpretan.
El drama adolescente se mezcla con el thriller de terror de manera forzosa, y qué tanto.

The Shards, hasta ahora, es deliciosamente excesiva, tan innecesaria como fácil de ver. No hay empatía ni la habrá por ninguno de los personajes, y no hay que pedirla.
Lo que sí hay es una sensación onírica, la languidez del verano eterno, un recordatorio de una juventud que nunca tuvimos, una seducción al ritmo de Depeche Mode mientras el riesgo del fin del colegio y, sí, un asesino en serie, amenazan con destruir la nostalgia de la adolescencia.
Es el resultado honesto e inevitable del encuentro entre Bret Easton Ellis y Ryan Murphy, dos creadores vanidosos que simplemente disfrutan demasiado sumergiéndose (y a nosotros) en el glamour y el horror de los ricos y famosos.
Nota de riesgo: moderada.