Una película gay, de terror, independiente y de Australia logró mantenerse varias semanas en cartelera mexicana. Aunque podría parecer de nicho, hay razones que explican su éxito. El terror está de moda, como ya hemos discutido, pero hay algo en su poder metafórico que está capturando a las audiencias de una manera diferente a como lo venía haciendo antes.
La premisa es infalible: dos adolescentes son atormentados por una entidad que los persigue y ataca, adoptando la forma de la persona que más desean.
Niam y Ryan son un par de jóvenes que descubren su sexualidad en un pueblo perdido en algún lugar de Australia. Decir que la gente allí es conservadora es poco, y los chicos están acostumbrados a asistir a sermones y cultos religiosos. Cuando los rumores sobre su homosexualidad empiezan a comentarse, la congregación llama a un sacerdote que les echa una maldición.
Niam empieza a ver a Ryan por las noches cuando se queda solo, y viceversa. Excepto que, en vez de tratarse de los jóvenes, es la personificación de su deseo lo que intenta matarlos. Alejarse de ello es la única forma de sobrevivir.
El monstruo aquí es demasiado claro: la estrategia de Leviticus es convertir el deseo en vergüenza. Alejarse de él y mantenerse asustados los llevará a buscar un estilo de vida heterosexual.

¿A qué está aludiendo realmente el terror en el cine reciente?
Ver terror es una experiencia diferente a la de someterse a otros tipos de géneros. Por eso muchas audiencias acuden a él independientemente de la trama, los actores o su contexto. Por eso también es normal encontrar público que no ve películas, pero que se siente atraído a este tipo de historias.
Y, aunque el cine en general es una máquina de empatía, el terror busca provocar un efecto físico y psicológico al enfrentarnos –literalmente– a nuestros miedos. Nos permite sentirlos, y explorarlos. Todo de manera contenida y segura, sin hacernos daño más allá que un par de traumas por unos días.
Como sociedad es una de las maneras que tenemos de entendernos y conocernos, y este potencial ha sido siempre aprovechado por el cine. El utilizar a los monstruos que aparecen en las películas para representar un fenómeno, una problemática social o un miedo inconsciente al que nos estuviéramos enfrentando como sociedad.
Desde hace unos 15 años se ha enfatizado más esta técnica.
Algunas son evidentes (¿quién podría salir de ver Get Out sin entender que hablaban de racismo?), pero otras solapan el monstruo, la amenaza, en el tema de la película.
Así obtenemos Lamb (duelo materno), It Follows (una maldición que se transmite por vía sexual suena bastante a una ITS), The Plague (presión de grupo en adolescentes), Us (diferencias de clase), Men (el patriarcado), Raw (pubertad) y un largo etcétera.

Es básicamente un requisito utilizar el género hoy en día con un objetivo mayor. Y el revival desde el 2010 lo sacó de los márgenes para volverlo dominante, críticamente aceptado, celebrado por las masas que ya entendían que la dimensión psicológica de los personajes perseguidos de repente era tan importante como los sustos, sonidos y sorpresas que los perseguían.
Los personajes de pronto eran el centro, y se nos mostraban atravesando un drama emocional real pero casualmente rodeados por fuerzas malignas (Hereditary, The Witch, The Substance).
Lo que nos lleva de vuelta a Leviticus.

La idea de Leviticus es tan clara que convierte a una película menor en su escala en algo profundo en cuanto a impacto. Algo que se siente que ya debería haber existido a estas alturas.
Para los jóvenes protagonistas, su condena aparece justo después de que actúan frente al deseo. Y, al utilizar el terror sobrenatural para personificar la amenaza de este, lo que Leviticus hace es hablar realmente de vergüenza y homofobia, pero también apuntar a otras estructuras.

Las terapias de conversión y la complicidad de los padres en traumatizar a sus hijos son cosas sobre las cuales la película puede discursear sin discursear, simplemente mostrándonos sus consecuencias de forma terrorífica. Y así, da igual que la película se apoye en clichés del terror o sea poco sutil, porque el darnos miedo no es su función más importante.
Pero aún así lo logra. Y entrega una historia satisfactoria incluso si pudiéramos mirarla de manera literal. El éxito de Leviticus tiene que ver no solo con manejar los códigos de su género, sino también con situarse en un momento en que las terapias de conversión siguen existiendo y las juventudes disidentes aún tienen que esconderse.
Y podrían haber películas que critiquen esto más directamente. Pero, ¿no es acaso más creativo para los cineastas y entretenido para el público, hacerlo de esta manera?
Nota de riesgo: moderada.