El día del niño que recién pasó puede ser, para muchos papás, un problema. Especialmente si sus hijos están obsesionados con algún juguete que aparece promocionado por todos lados y que te deja un poco como Arnold Schwarzenegger
buscando el regalo prometido a toda costa. Por suerte, los eventos del día del niño en los últimos años han estado marcados por eventos de cuentacuentos y venta de libros para niños, una de las pocas industrias editoriales que todavía parece estar sana.
Justo este domingo recién pasado me tocó encontrarme con un libro que no veía hace muchísimos años, El bosque encantado, ilustrado por Fritz Baumgarten. Estaba en inglés (no recuerdo si alguna vez leí una versión traducida), en la estantería de libros usados. No lo compré, pero encontré una foto de cómo se veía la serie:

Básicamente eran gnomos –o para mí, enanos, gracias Blancanieves– y animales haciendo cosas de humanos en la mitad de un bosque encantado en las diferentes estaciones del año. Creo que el único al que tuve acceso cuando niño era en primavera, pero no podría asegurarlo. Cuando lo vi, rápidamente se lo mostré a mi hija, pensando que lo iba a ignorar. Pero atrapó su atención rápidamente. No sé por qué no lo compré –me arrepiento– pero al menos me dejó pensando por qué funcionaba tan bien.
Mi hipótesis es que el tópico del bosque encantado es casi infalible. Cuando paseamos por un bosque –al menos los niños de ciudad como yo– todo parece misterioso y posible, detrás de cada árbol se puede esconder algo o alguien, está lleno de ruidos que no podemos caracterizar, hay animales y bichos que no conocemos. Además que en Santiago –perdón lo centralista de comentario– digamos que no hay demasiados bosques por los que pasear. Mientras tanto, en las películas de Disney siempre pasaban por algún bosque que guardaba algún secreto. Seguramente por eso hasta los Pitufos tenían su encanto: daba la posibilidad de que si te adentrabas lo suficiente en el bosque, tal vez te los podías encontrar.
Volviendo a Fritz, sus ilustraciones reflejaban eso mismo: el bosque guarda secretos, por lo general en tamaños pequeños, y si tienes suerte te puedes pillar una rana tocando contrabajo, una familia de grillos tomando el té o unos conejos pintando huevos de pascua.









Fritz, siempre dijo que una de sus inspiraciones principales era la obra de otro ilustrador alemán, Ernst Kreidolf. Y podemos decir que tiene harto más que un aire.






Personalmente, me quedo con el estilo un poco más saturado de Baumgarten, creo que estimula más la imaginación.
Volviendo al día del niño y el libro que no compré: en buscalibre hay varios libros ilustrador por él –todos en alemán– pero ninguna versión del Bosque encantado. Igual que con los gnomos del bosque, que es tan difícil encontrar, mi oportunidad de recobrar un libro de la infancia tal vez ya pasó.