Christopher Nolan siempre me hace lo mismo: despliega una campaña publicitaria gigante, crea anticipación por meses (la preventas de La Odisea empezaron hace casi un año), se devela que este es el presupuesto más grande que el director ha tenido (¡250 millones de dólares!), un interminable elenco de carismáticos actores da entrevistas a todo medio existente, las primeras críticas prometen su obra más ambiciosa, surgen historias sobre nuevas tecnologías empleadas en su última película (¡grabada completamente en IMAX!) y luego finalmente veo la película y… bueno.
Estaba listo para que La Odisea me diera igual porque Nolan, a pesar de todo el despliegue y fanfarria, suele darme igual. Por lo general salgo de sus películas igual que como entré, sin nuevos pensamientos, ideas e incluso sin haberme divertido particularmente. Ni siquiera quedo asombrado por el espectáculo prometido. Mientras el mundo vitorea su último logro, yo me quedo con los del rincón pensando que quizás el director simplemente no es para mí.
Un crítico lo definió hace poco como alguien que debíamos leer según una de sus películas menos discutidas: The Prestige, en la que un protagonista obsesionado con el éxito es capaz de confundir audiencias con trucos sin sustento. No sé, la dejo ahí.
Y La Odisea prometía ser un poco de lo mismo. Por un lado, sí, estaba toda la mística del director más popular del momento empeñado en hacer la versión definitiva de un relato histórico. La recreación de Troya y el brutal ataque con cientos de extras, Odiseo como un héroe taciturno enfrentando su destino, una banda sonora ominosa apoderándose de la narración. Millones de dólares y Óscars vendrían sin importar el resultado.

Pero por otro lado estaba la alternativa de ver a Nolan salir un poco de su zona de confort: personajes femeninos levemente más definidos que en el grueso de su obra (12 películas que no pasan el test de Bechdel) y la oportunidad de sumergirse en el terror de manera más directa que antes.
La Odisea es bastante fiel al relato que conocemos y a las adaptaciones anteriores que han habido en Hollywood (una película en los ‘70, una miniserie en los ‘90): una serie de aventuras como episodios que se suceden en el largo viaje de Odiseo para volver a su casa después de ganar la guerra de Troya.
En ese sentido se configura como película de aventuras, una después de otra, en las que Odiseo y su ejército zarpan hacia distintos destinos, enfrentándose con unos lestrigones salvajes, evitando el canto de sirenas e intentando escapar de remolinos y monstruos variopintos. El escape de la cueva del cíclope Polifemo y el encuentro con la hechicera Circe, que convierte a los hombres en cerdos, son las mejores secuencias de la película, y curiosamente corresponden a los pasajes más fantásticos, que Nolan filma usando códigos de terror que no se había permitido antes y que se sienten bienvenidos.

Sus habituales juegos temporales no están tan presentes, pero sí es una historia contada con vaivenes, empezando con la desolación de los 7 años que Odiseo pasa en una isla con Calipso cuando ya ha perdido a todos sus hombres. A pesar de que algunas cosas se sobreexplican demasiado (el diálogo tampoco ha sido nunca uno de los puntos fuertes de Nolan), al menos la historia se mantiene legible y, más importante aún, rápida y entretenida para las casi tres horas de duración de la película.
Lo que más distrae es quizás la seguidilla de cameos de celebridades completando un elenco innecesariamente famoso. Lupita Nyong’o y Elliott Page, que recibieron fuertes críticas por su casting (¡una mujer negra y un hombre trans en La Odisea!) se habrían ahorrado las molestias si iban a aparecer tan poco, al igual que Zendaya y Charlize Theron que parecen sacadas de un comercial de perfume tanto por presencia como tiempo en pantalla.

Y aún así, La Odisea convence porque te da exactamente todo lo que promete. Se siente familiar incluso cuando se supone que estás viendo algo único y diferente. Y si dejamos ir el ruido, el marketing, las reacciones, los 250 millones recaudados en su primer fin de semana, los comentarios sobre los avances tecnológicos y la reconstrucción de instrumentos musicales antiguos para hacer la banda sonora, nos quedamos con algo que por sí solo es bastante entretenido y que no da mucho por lo que quejarse.
Se entrega con gusto a las aventuras, con cuidado por diferenciar cada pasaje, diseños originales en cada criatura que se encuentra y un afán por adentrarse en algo más abyecto que lo que había mostrado antes.
Y, además, cuando todo parecía ser una serie de episodios fantásticos con un despliegue de producción, escenarios y arte de primera línea, Nolan logra introducir un discurso que está presente también en el relato de Homero: que el retorno a casa significa volver transformado, y en este caso Odiseo tendrá que vivir con la maldición de haber arrasado con una civilización entera. La culpa de entender y beneficiarse de una carnicería, la futilidad de la guerra, el ser parte de una travesía tanto épica como carente de sentido son reflexiones inesperadas (a pesar de vincularse temáticamente con lo expuesto en Oppenheimer) y elevan La Odisea más allá de un mero entretenimiento masivo.
Así que esta vez hay esperanza para los escépticos de Nolan. Cuando un director clave hollywoodense decide adaptar un texto fundacional de la literatura occidental, quizás solo hay que dejarse llevar, ver el espectáculo y entender que los bardos contemporáneos pueden tomar diferentes formas.
Esta vez Nolan me volvió a engatusar para ir al cine, pero no me la hizo de nuevo.
Nota de riesgo: moderada