El desafío de enseñar a manejar mejor la plata sin escribir un manual disfrazado
Hace poco más de un año me decidí a escribir una novela juvenil que motivara a niños y adolescentes a aprender a manejar mejor su dinero y, de paso, algo de finanzas.
La idea sonaba bastante clara. Llevarla a un libro fue otra cosa.
¿Por qué una novela de finanzas para adolescentes?
Quienes nacimos en el siglo XX probablemente escuchamos más de una vez una frase muy usada por nuestros padres para evitar ciertas conversaciones:
“No se meta, niño. Esas son cosas de grandes”.
Solía aparecer cuando los adultos hablaban de sexo, política o plata. Detrás de esa respuesta había, seguramente, una intención protectora. Nuestros padres querían mantenernos alejados de situaciones o problemas que todavía no nos correspondía enfrentar.
Pero, al protegernos, también nos dejaban fuera de la conversación. Perdíamos la oportunidad de comenzar a comprender esos temas desde la perspectiva de un niño: con palabras sencillas, ejemplos cotidianos y respuestas acordes con nuestra edad.
Con el tiempo, la sexualidad y la política fueron entrando de a poco en las conversaciones familiares y los programas educativos. Con la plata, en cambio, la apertura ha tardado bastante más.
Los niños ven que se compra, se paga, se pide prestado o se dice que algo está muy caro. Sin embargo, rara vez participan en conversaciones sobre ahorro, intereses, créditos, deudas, inversión o planificación.
Después nos sorprende que muchas personas lleguen a la adultez sin comprender las consecuencias de endeudarse de más, pagar solo el mínimo de la tarjeta o dejar la plata vegetando en la cuenta corriente.
En el mejor de los casos, a varios de nosotros nos regalaron un chanchito de greda. Aprendimos que ahorrar era no gastar. Era un comienzo, pero faltaba el resto de la historia.
Una carencia que se nota cuando tomamos (malas) decisiones
Los datos muestran que esta dificultad no es solo una impresión.
La Encuesta de Medición de Capacidades Financieras Chile 2023 situó el puntaje de educación financiera del país en 12,2 puntos de un máximo de 21, por debajo del promedio de los países de la OCDE. El deterioro más importante respecto de la medición anterior apareció en el comportamiento financiero.
La Encuesta Financiera de Hogares 2024 del Banco Central hizo tres preguntas básicas sobre interés, inflación y diversificación del riesgo. Solo el 18% de los hogares respondió correctamente las tres. Menos de uno de cada cinco.
La falta de educación financiera no pertenece exclusivamente a un grupo social. Los resultados cambian según ingreso y educación, pero la brecha está presente de manera transversal. Podemos usar productos financieros todos los días y, aun así, no comprender bien las decisiones que estamos tomando.
Esa carencia tiene una consecuencia sencilla: aprendemos tarde, muchas veces cuando equivocarnos ya cuesta caro.
Palabras para entender cómo manejar mejor la plata
Una forma de comenzar a revertir esa situación es abriendo la conversación con nuestros hijos utilizando un lenguaje adecuado.
El lenguaje crea realidades, pero también expande nuestro mundo. Cuando una realidad ocupa un lugar importante en nuestra vida, desarrollamos palabras que nos permiten observarla mejor. Con el dinero ocurre algo parecido.
Si durante la infancia solo aprendemos que la plata sirve para comprar cosas, nos perdemos casi toda la historia. El dinero también representa trabajo, tiempo, decisiones, elecciones, seguridad, oportunidades, libertad y futuro.
No se trata de trasladarles a los niños los problemas financieros de los adultos ni de hacerlos responsables de asuntos que no les corresponden. Se trata de responder sus preguntas y usar situaciones que ya forman parte de su vida.
No compramos todo lo que queremos porque elegimos prioridades. Esperar puede permitirnos alcanzar algo más importante. Una meta necesita tiempo, orden y un plan.
Para hablarle de dinero a un joven no hay que hablarle como si fuera un economista pequeño. Hay que hablarle tal como se le habla siempre a un niño o a un adolescente.
¿Y por qué hacerlo mediante una novela?
Porque una historia así permite que los conceptos aparezcan como parte de las experiencias cotidianas.
Un adolescente no quiere comenzar una novela y descubrir, dos páginas después, que le entregaron un manual disfrazado. Los personajes necesitan querer algo, tomar decisiones, equivocarse y enfrentar consecuencias. El aprendizaje debe nacer de lo que viven, no de una lección interrumpiendo la trama.
Yo ya tenía una experiencia previa con la ficción. Tiempo atrás había escrito un cuento sobre dos niñas que se conocían durante unas vacaciones en un camping del sur de Chile.
Sus protagonistas eran Ana, una niña de diez años, impulsiva, creativa, desordenada y soñadora, y su amiga Lucía, metódica, reflexiva y analítica. La historia quedó guardada en algún lugar de mi computador. Sin embargo, sus protagonistas se quedaron conmigo. Me había encariñado con sus diferencias y con la manera en que se complementaban.
Cuando decidí escribir sobre educación financiera para jóvenes, pensé que Ana y Lucía merecían una segunda oportunidad.
Al comenzar, tuve que tomar algunas decisiones importantes
La primera fue decidir de qué iba a hablar. Durante buena parte de mi carrera he trabajado en finanzas e inversiones, pero trasladar directamente ese conocimiento a una novela juvenil habría sido una pésima idea. Entonces preparé un checklist con asuntos conectados con la vida cotidiana: querer comprar algo y no tener suficiente plata; decidir entre gastar o ahorrar; aprender a esperar; ordenar un presupuesto; distinguir entre una necesidad y un deseo.
La segunda fue cómo abordar esos conceptos. ¿Cómo definirlos y explicarlos sin detener la historia? La respuesta fue invertir el orden: primero los hechos y después las herramientas financieras. Una compra impulsiva, un gasto inesperado, una meta que requiere varios meses o una oportunidad de ganar dinero debían aparecer antes que cualquier explicación.
La tercera fue qué lenguaje utilizar. Uno demasiado formal o académico convertiría el libro en aquello que quería evitar. Pero intentar imitar artificialmente la forma de hablar de los adolescentes tampoco funcionaría.
Ahí me di cuenta de que escribir una novela juvenil sobre educación financiera tenía al menos dos dificultades importantes. La primera era poder explicar cómo manejar mejor la plata sin tener que llenar el libro de definiciones. La segunda, y menos evidente, era hacerlo sin sonar como un adolescente de fines de los ochenta infiltrado en un grupo de adolescentes actuales.
La solución no fue tratar de hablar como adolescente. Fue escuchar, preguntar y eliminar todo lo que sonara a un adulto haciendo una imitación. También fue evitar modismos destinados a vencer antes que el yogur.
La cuarta fue dónde y cuándo debía ambientar la novela. Como escenografía física elegí el Santiago actual y el barrio donde vivo: sus calles y plazas, ciclovías, colegios, panaderías, cafeterías, librerías y supermercados. Como escenografía virtual, WhatsApp, TikTok, Instagram y el mundo financiero digital. Como ingeniero estoy acostumbrado a describir ideas, proyectos y definiciones, no lugares, sensaciones o emociones. Aprender a mirar el entorno con los ojos de un narrador fue parte de mi propio viaje.
El desarrollo de El Viaje de Ana
Cuando ya había definido todo lo anterior, decidí rescatar a Ana y Lucía del cajón de los libros inconclusos. Ana volvió convertida en una adolescente de catorce años, impulsiva y desordenada, que maneja su plata de manera bastante caótica. Se la gasta apenas la recibe y nunca consigue comprar lo que realmente quiere. Para peor, no le va demasiado bien en el amor.
Todo comienza a cambiar cuando, animada por Lucía, se propone comprar un scooter. Ese deseo concreto se convierte en el motor de su aprendizaje.
La gente no ahorra porque alguien le recite la definición de ahorro. Ahorra porque quiere cumplir un objetivo. Por eso el scooter no es una excusa para explicar un concepto: es lo que pone la historia en movimiento.
Ana aprende a sostener un plan porque quiere algo. Se equivoca, enfrenta las consecuencias, corrige y vuelve a empezar. Como ocurre en la vida real.
A ellas se sumaron sus familias, amigos y compañeros de colegio. Cada personaje necesitaba una voz, una personalidad y una función. No bastaba con que estuvieran presentes: debían decidir, equivocarse, cambiar y ayudar a que la trama avanzara.
El libro pasó por muchas lecturas y revisiones. Cambié palabras, acorté diálogos, trasladé escenas y eliminé explicaciones. Muchas veces creí haber llegado a la versión definitiva y muchas veces descubrí que todavía había algo por mejorar.
En cada revisión volvían las mismas preguntas: ¿se entiende?, ¿suena verdadero?, ¿la historia avanza?, ¿el aprendizaje nace de lo que viven los personajes o parece una clase impuesta por el autor? Y, sobre todo, ¿dan ganas de seguir leyendo?
El proyecto terminó acumulando unas cincuenta carpetas, 761 archivos y cerca de 1,5 gigabytes de espacio en disco. El manuscrito no pesa tanto. Lo que pesa es todo lo que uno escribe, prueba, cambia y finalmente decide no usar.
La plata no era el destino
En algún momento ocurrió algo que no estaba en mi checklist.
La historia dejó de tratar únicamente sobre dinero y comenzó a hablar sobre decisiones y metas. Sobre lo difícil que puede ser esperar cuando queremos algo de inmediato. Sobre distinguir entre un impulso y un deseo importante. Sobre equivocarnos, asumir las consecuencias y volver a empezar. Y sobre descubrir que pensar en el futuro no significa dejar de disfrutar el presente.
Comencé queriendo acercar conceptos financieros a los jóvenes, pero terminé escribiendo sobre la relación entre nuestras aspiraciones, las decisiones que tomamos y las posibilidades que vamos construyendo.
La plata seguía ahí, pero ya no era el fin en sí mismo, sino una herramienta para conectar el trabajo, el tiempo y las decisiones con los sueños que esperamos cumplir.
Nota de la editora: el autor nos dejó dos libros para los lectores de Fintualist; si te interesa leerlo cuéntanos por qué a cartas@fintual.com, las mejores respuestas se llevarán un libro de regalo.
Y si te interesa comprarlo, puedes hacerlo aquí.