La Invitación es una de esas películas que aparecen de vez en cuando para reflejar una arista del momento en que vivimos.
De aquellas que identifican nuestro estado de conciencia sobre un tema en un determinado instante. En este caso, cómo nos comunicamos en pareja, qué tan conservadores somos, en qué estamos con el sexo.
La Invitación se centra en dos parejas: Angela y Joe (desgastados, tradicionales, celosos) y Piña y Hawk (polígamos, deconstruidos, frontales) y gracias a ellos se forma un espectro, cada personaje encarna un punto de vista (ojalá lo más opuesto posible para crear fricción), y luego la película les da rienda suelta. Los pone a pelear, los contradice, los cuestiona, los interroga, les permite expresarse, los destruye, los rearma y los transforma para finalmente llegar a sacar la foto del estado actual de las cosas.
Quizás incluso propone una conclusión, una pregunta, algo que nos resuene de esta tesis para que salgamos del cine pensando cómo nos afectó lo que vimos, cómo se vincula con nosotros mismos, por qué nos identificamos con ella en un momento pero sentimos que él también tenía razón, para luego entender que todos somos cada uno de ellos, que para eso sirven los personajes en la ficción y que esta película logró lo que quería.

La Invitación hace eso.
Nos presenta un matrimonio hetero cuarentón (Olivia Wilde y Seth Rogen) que han dejado de lado el afecto para concentrarse, en su lugar, en decorar su casa y echarse en cara sus fracasos.
Sus vecinos de arriba tienen sexo ruidoso y eso les molesta. Sirven de espejo para Angela y Joe, un recordatorio de lo que podrían haber sido. Pero Angela se siente sola, le parecen gente cool y es en extremo una persona complaciente, así que los invita a una cena sin avisarle a su esposo, quien naturalmente lo resiente.
Piña y Hawk (Penélope Cruz y Edward Norton) se presentan como gente libre, franca y desprejuiciada. Lo primero que les dicen es que los escucharon pelear antes de su llegada, como para tranquilizarlos. Durante la velada, se exponen sus diferencias de forma tensa e incómoda, lo que saca a relucir verdades en la forma de relacionarse de todos los involucrados.

Cuatro actores en una casa. Toda la acción ocurre en una noche. Como se puede suponer, La Invitación es una adaptación de una película que originalmente fue una obra de teatro. Y sí, por un lado recuerda a los dramas maritales de Woody Allen o Ingmar Bergman, con personajes verborreicos y neuróticos exponiendo sus fobias y complejos sexuales.
Pero la directora Olivia Wilde –que por primera vez actúa y dirige, después de Booksmart y Don’t Worry Darling– decide hacer de esto una comedia, un Quién le teme a Virginia Woolf más claustrofóbico y distendido, manteniendo el ritmo animado con composiciones dinámicas y actuaciones que van evolucionando.
Lograr este veredicto sobre las relaciones adultas en el 2026 es más fácil a través de la comedia, que salva a La Invitación de ser simplemente infumable. Es humor que saca risas incomodando a sus personajes: Angela solo quiere caer bien y que la validen, mientras que Joe no tiene filtro al demostrar que le cae mal la pareja que se metió en su casa a presumir su unión. Y, por suerte, la película es lo suficientemente inteligente como para reírse de Piña y Hawk también, de apuntar su hipocresía y no darles la razón todo el tiempo.
El foco va cambiando. Y, cuando las políticas sexuales de la película se hacen evidentes, La Invitación va más lejos de lo esperado, metiéndose en conversaciones francas sobre apertura sexual y límites.
Lo refrescante es que, después de tantas películas haciendo bromas sobre swingers y denostando relaciones abiertas, La Invitación se ríe de los monógamos. Se burla de su incomodidad, su curiosidad mojigata sobre prácticas sexuales, su autolimitación en seguir sus propios impulsos y su incapacidad de comunicarse para hacer que todo lo anterior sea más fácil. Y, por ende, nos apunta a nosotros y a nuestras propias contradicciones.

En ese sentido, cada uno sabrá dónde le aprieta el zapato. Porque es igual de válido encontrar que La Invitación no se arriesga lo suficiente, que promete más de lo que ofrece y que finalmente peca del mismo conservadurismo del que se ríe.
Didáctica o no, lo que hay que agradecer es una película que pone el poliamor sobre la mesa en un momento en que las relaciones abiertas están en boga y todavía no decidimos lo que pensamos sobre ellas. Comedias sobre sexualidad dirigidas a un público adulto no abundan, menos con un nivel tan sólido de actuaciones y, menos aún con un final como el de La Invitación.
Porque la película trasciende las risas para dar un vuelco hacia lo oscuro, un clímax en que se toma en serio las repercusiones de los temas que planteó antes. Muestra cómo sus personajes son en sí mismos obstáculos para su propio placer. Y nos expone las contradicciones de las relaciones en las que nosotros mismos nos metemos, de forma voluntaria, y cómo nos engañamos para mantenernos en lugares en los que ni siquiera queremos estar.
No la vean con su pareja.
Nota de riesgo: moderada.