Cualquiera que le haya intentado sacar una foto a la lluvia sabe lo difícil que es. Si nunca lo haz intentado, espera el próximo temporal y sácale con tu teléfono una foto al exterior.
Más que un día nublado, seguramente no hayas logrado capturar mucho más.
Y es que la lluvia no es solamente un problema para fotógrafos, también lo fue para pintores. Dicen, incluso, que fue lo que terminó de volver loco a Cézanne.
Si vamos hacia atrás en el tiempo, tal vez la primera representación efectiva de la lluvia sea un cuadro de 1587, del holandés Jan van der Straet, que representa a los glotones del Inferno, de Dante. Nada mal, aunque todavía un poco burdo.

En general, los pintores se pasaron los siglos evitando la lluvia. Hacían como que simplemente no existía. Hasta que el realismo dio paso a nuevas formas de expresión, que se acomodaban un poco mejor al problema de la lluvia.
Era lógico que un londinense intentara recrear la lluvia, considerando la cantidad de días grises a los que tienen que hacer frente en la isla. Turner, seguramente el mejor pintor inglés de todos los tiempos, se lanzó de cabeza al desafío. El resultado, lamentablemente, deja un poco que desear.

Hasta que llegó Gustave Caillebotte, y se preguntó cuál era la mejor forma de pintar la lluvia. Una forma de que cualquier espectador sintiera la necesidad de abrir el paraguas. No tanto de pintar la lluvia, sino más bien de evocarla.

Listo. Así de fácil era. Solo había que jugar con los efectos de la lluvia, ya que aprehenderla en el momento preciso en que se mueve por el aire es casi imposible, mejor entonces reflejar sus consecuencias.
Inconscientemente te pones la capucha o buscar debajo del brazo a ver si trajiste el paraguas.
Caillebotte nació en París en 1848, en una familia con el suficiente dinero para que el joven Gustave no tuviera que preocuparse nunca por su sustento. Estudió ingeniería y derecho, pero al final, aprovechando su situación, prefirió dedicarse a la pintura.
Entró a la École des Beaux-Arts, aunque su verdadero aprendizaje llegó cuando empezó a juntarse con los tipos que habían decidido explotarlo todo: Monet, Renoir, Degas y Pissarro.
Pero Caillebotte no era un crack –por lo menos en ese tiempo– que pudiera poner de cabeza toda la historia de la pintura europea. En general, siempre quedó rezagado detrás de sus contemporáneos más famosos.
Y la verdad es que hasta hace no mucho, se lo consideraba una nota al pie: *Caillebotte, amigo de Pisarro, Monet y Degas que financió muchas de sus actividades. Era, en otras palabras, un mecenas. Y fue clave en muchas de las exposiciones impresionistas de la época.
Cuando murió, donó toda su obra a, Estado francés, que la recibió medio sin darle importancia. Pero con el tiempo vino el redescubrimiento de su obra, y al final ese regalo terminó formando parte importantísima de la colección impresionista del Museo de Orsaay.
Una historia, tal vez, poco llamativa. Así que mejor veamos otro cuadro de lluvia: parisinos burgueses caminan con paraguas en mano –otra vez la genialidad de reflejar la lluvia, no pintarla– por una de las intersecciones recién remodeladas por el barón Haussmann y que hoy son tan características de París.
Lo que más me gusta de esta pintura es que tiene una versión "estudio", que Caillebotte pintó antes y descartó. En ella, se ve que intentó utilizar las técnicas impresionistas para capturar la lluvia, pero al final terminó decantándose por una opción mucho más realista, y que marcaría buena parte de su obra.


Una demostración más de que la lluvia, para atraparla, hay que dejarla correr.






