El espacio está de moda. Tal vez no como en los años de la Guerra Fría en que todos se apresuraban a ganar la carrera espacial, pero desde que los norteamericanos pisaron la Luna, la efervescencia espacial se había aquietado un poco.
Hasta los últimos años, en que por una parte los observatorios empezaron a traernos imágenes cada vez más impactantes y por otra la NASA volvió a mirar la Luna con buenos ojos, concretando un viaje histórico hace no tanto tiempo.
Por otra lado, se está dando un fenómeno totalmente nuevo: el mundo privado ya considera que es hora de poner el espacio y sus planetas dentro de sus modelos de negocio. Los hombres más ricos del mundo crearon empresas que buscan llevar gente a la Luna, abrir una sucursal en Marte o que los cohetes sean reutilizables.
Es el caso de SpaceX, de Elon Musk, que en un par de semanas sale a la bolsa (aquí puedes leer más al respecto, si te interesa comprar la acción o entender mejor la empresa).
En el arte, el espacio fue un tema un poco tangencial. Tal vez el primero en mirar hacia el cielo con ojo crítico fue Donato Creti, aunque nos guardaremos esa historia para otro momento. Hoy quiero contarte la historia de Lucien Rudaux, un niño que se mudó a finales del XIX a la costa francesa, a un pueblo llamado Donville-les-Bains.

Lucien estaba obsesionado con los cielos y las estrellas. Se pasaba horas mirando los atardeceres que poco a poco iba develando constelaciones y estrellas fugaces. A los 10 años construyó su primer telescopio.
A diferencia de muchos de los artistas que reseñamos aquí, Lucien era hijo de pintor, así que nadie le dijo nada cuando se fue a París a estudiar ilustración comercial. En 1892, a los 18 años, ingresó en la Société Astronomique de France y entró en contacto con el renombrado astrónomo Camille Flammarion.
Pero Lucien no era de los que se contentan con poco. Al poco andar se volvió a su casa en la playa y aprovechando el tremendo jardín de sus papás, se construyó un observatorio. Mientras investigaba su biografía pensé "debe haber sido una construcción de cuatro latones puestos como paredes y con un telescopio arriba". Pero no, Lucien construyó un observatorio con todas sus letras.

Utilizando su reflector de 4 pulgadas, Lucien creó fotografías pioneras de la luna y los planetas, así como un atlas fotográfico de la Vía Láctea. Lucien se convirtió en divulgador científico e ilustrador para las revistas Nature y L’Illustration, además de colaborar habitualmente con Popular Science. Su primer libro, Cómo estudiar las estrellas, se publicó en 1912. Fue un éxito extraordinario y se tradujo al inglés.
Incluso tenía su fotografía de astrónomo. Perfecta para el Linkedin.

Pero lo que obsesionaba a sus lectores no eran sus fotografías. Eran sus ilustraciones. Así que casi 50 años antes de que Armstrong pisara la Luna, Rudaux ya se la imaginaba con una precisión asombrosa.





Iba bien encaminada la imaginación científica de Rudaux. Todo lo que dibujaba tenía una base en sus conocimientos astronómicos, por eso la superficie de la Luna que dibujó es tan similar a la que veríamos más tarde desde el Apollo 17.
Pero el que se va al espacio inevitablemente deja volar la imaginación... y Lucien calló en la ciencia ficción. En los años 50 una serie de revistas lo llamaron para que dibujara lo que quisiera.






Aunque mi favorita, por lejos, es el astronauta con traje de pelos. A mi mente un poco ignorante le hace demasiado sentido que en esa época se creyera que un buen abrigo de piel era clave para los viajes interplanetarios. Ya lo sabía Chewbacca.








