Suena ingenuo pensar que faltan narrativas que se enfoquen en hombres, pero la verdad es que las que hacen falta son las que desmarquen a los personajes masculinos de los roles que socialmente se espera que cumplan.
Alejarnos de arquetipos como “hombre con una misión”, “hombre estoico” y “hombre que debe resolver tarea compartimentando sus emociones”, y entrar en eso que los personajes no quieren que se vea, entender cuál es la prisión que los atrapa y ver cómo lidian con el daño que otros hombres ejercen sobre ellos.
Ahí viene Richard Gadd, que el 2024 nos ofreció una de esas miradas con Bebé Reno y ahora se enfrentaba a millones expectantes que tenían la misma duda que él: ¿cómo se sigue después de uno de los mayores hits televisivos de los últimos años?
El actor escocés volcó su propio trauma en una ficción que lo hizo pasar del anonimato a protagonizar una de las series más vistas en la historia de Netflix, ganar todos los premios televisivos y tener fans acampando en su casa.
Y ahora la pregunta es si podría hacerlo de nuevo.

Dos hermanos condenados a amarse y destruirse
El plan fue ponerse en acción rápidamente. Alejarse del reno pero mantener algunas similitudes que permitan reconocer al artista detrás de la obra: en Half Man nuevamente escribe y protagoniza un drama contemporáneo sobre las relaciones íntimas entre dos personas traumadas en el Reino Unido.
Usa pocos personajes y centra la acción en dos hombres que sigue durante 30 años. Cuando los conocemos como adolescentes, se presentan como estereotipos: Niall es tímido, estudioso, le hacen bullying en el colegio y tiene mucho miedo de compartir espacios con el hijo de la pareja de su madre, Ruben: rebelde, violento y volátil.
Poco a poco Gadd los empieza a deconstruir. Ruben es víctima de una necesidad de poseer el control, y Niall tiene el ego de alguien que cree que el mundo le debe algo. A medida que crecen se ven envueltos en un vínculo que no se rompe aunque se quieran alejar. Se aman, se odian, se desean y se destruyen. Es una conexión de hermanos, pero particularmente masculina, en la que saben que son lo más importante el uno para el otro aunque jamás puedan decírselo.

Ruben tiene problemas de ira y va a la cárcel un par de veces, pero siempre protege a Niall. Y Niall se presenta como la víctima, como hombre sensato, pero cae en adicciones debido a su propia inseguridad, resentimiento y envidia.
Más allá de los hechos y cómo Gadd los presenta (un ir y venir entre el pasado y el presente, donde Ruben llega sin invitación a causar caos en la boda de Niall), el foco es la dinámica entre ambos, la exploración de sus diferentes tipos de masculinidad tóxica, represión y cómo su vínculo se debilita y fortalece en momentos de unión que duran poco y traiciones que nos muestran que están condenados a vivir con el otro.
Gadd basa sus seis capítulos, que se terminaron de emitir recientemente por HBO Max, en no presentar a sus personajes de forma blanca o negra y aprovecha de meter los temas que le interesan y que pareciera que pocos hombres están abordando: una subversión de las expectativas de la masculinidad, la dificultad por entender la sexualidad y, luego, la aceptación pública de esta; la incapacidad de contener sentimientos como la ira y la facilidad con la que se puede avanzar en la vida a través de la intimidación.
Y para una serie que fácilmente podría generalizarse como “sobre masculinidad tóxica”, él se queda anclado en hacer que sus personajes se sientan reales, en su lucha por amarse a sí mismos y demostrar amor al resto.

La intención de que nos miremos a nosotros mismos
Bebé Reno no era una comedia, pero Half Man se siente más brutal aún. Quizás porque la sensibilidad que había detrás de la primera serie parece haberse extinto. Si aquella vez existió la voluntad de entender –e incluso empatizar– con sus atormentados personajes, aquí los protagonistas parecen desafiarnos a no hacerlo.
Es agotadora, y eso ha llevado a que la crítica no sepa bien dónde situarse con ella. La recepción ha sido mixta pero la prensa por lo general no critica su capacidad de afectar ni su calidad narrativa. Medios como The Guardian o Variety la han considerado una obra maestra y la recalcan como una exploración cruda de la masculinidad, pero las opiniones en general, por lo bajo, la han tildado de “visionado difícil”.
Opinan que es excesiva, violenta, un bucle de sufrimiento y pornografía emocional. Pero la verdad es que no podía ser de otra manera si lo que se representa es el ego de dos hombres que destruyen todo, incluyéndose a sí mismos, por su propio daño.
El ciclo queda ejemplificado, y de forma clara con dos personajes completamente diferentes que padecen el mismo vicio. Y Gadd vuelve a destriparse emocionalmente para entregar una obra que se siente sincera y que desafía ideas enquistadas sobre lo que significa ser hombre. Pero, a la vez, propone cómo trabajar la vulnerabilidad y expone la necesidad de comunicación que puede acabar con esta epidemia de soledad masculina.
Es una buena inclusión a un tipo de historias que más hombres deberían estar haciendo. Así como lo hizo Adolescencia hace poco o algunas películas recientes, vamos poniendo el foco no solo en la violencia que ejercen los hombres, sino en sus raíces. Y tener referentes comunes para comprenderla nos ayuda a entender el fenómeno y, poco a poco, ir alejándonos de él, liberando a los hombres de una prisión que nosotros mismos hemos construido.
Nota de riesgo: arriesgada