El síndrome del impostor tiene un nombre que a veces hace que la gente no se lo tome muy en serio. Hasta hace no mucho, era una de esas cosas que se las podía vencer con la pura voluntad. Pero el síndrome el impostor –esa duda constante de sus capacidades que tienen algunas personas– cuando es una realidad patológica puede tener consecuencias nefastas.
Especialmente si eres una mujer intentando desenvolverte en un ámbito primordialmente masculino, como la pintura.
Es el caso de Julie de Graag, una talentosísima pintora neerlandesa que, a sus 43 años y con una obra exquisita en su haber, se suicidó.
De Graag nació en 1877, una época en que las mujeres estaban comenzando a entrar en el mercado de la pintura, aunque todavía era visto –para ellas– como un pasatiempo. En otras palabras, era muy difícil que una mujer pudiera dedicarse seriamente a la pintura.
Pero el talento no sabe de género y de Graag mostró desde muy pequeña una habilidad sobresaliente. Al poco tiempo su familia se mudó a La Haya, y allí entraría a la academia de artes, a un curso, eso sí, donde solo habían mujeres.
Julie aprendió allí la técnica que marcaría su carrera: el grabado. Pero como era autoexigente, en sus grabados de madera utilizaba la veta transversal, que a diferencia de la más típica –la longitudinal– es más dura y difícil de trabajar, aunque produce mejores resultados.









Los temas eran variados, pero también decían mucho de lo que una mujer podía permitirse en aquella época: naturaleza muerta, paisajes urbanos, animales. Fuera de su alcance y de su técnica parecían estar, por ejemplo, los grandes acontecimientos históricos, los paisajes majestuosos o los retratos de gente poderosa.
Aunque talento para hacer retratos no le faltaba.




Su historia te deja una sensación extraña: por un lado, parecía llevar el Art Noveau de su época un poco más cerca de las abstracciones del grupo de De Stijl (ya hablaremos de ellos algún día), y por otro, era tan personal que si no hubiese sufrido el síndrome del impostor, tal vez habría podido llevar su arte a alturas que hoy solo podemos imaginar.