Hacia mediados del Siglo XIX en Francia, si uno entraba al Louvre un martes por la mañana, se podía encontrar con un ejército de mujeres sentadas frente a las obras maestras, con papel y lápiz en mano.
Hoy en día se podría pensar que son estudiantes de arte, que aprovechan el museo más famoso del mundo para aprender de primera mano la técnica de los maestros. Las autorizadas por el Estado o los museos, y que recibían una tarjeta de "copista". La idea era que la técnica de los maestros "chorreara" hacia el resto de los artistas, al tiempo que se empezaba a incorporar una lógica de industrialización en las obras de arte: ya que esta es única, había que inventar una manera de reproducirla para sacarle un poco de dinero.
Durante la primera mitad del Siglo XIX, las mujeres encontraron aquí una buena fuente de trabajo: sondeos realizados en los archivos administrativos permiten constatar que un tercio de los pintores copistas que trabajaron para el Estado durante la primera mitad del siglo XIX eran mujeres: 28% en 1835, 30% en 1840 y 33% en 1845.
El Louvre abría sus puertas a los copistas un rato antes que al público general, para que pudieran trabajar con más calma. Las copias, que luego se terminaban en las escuelas particulares, decoraban salones de gobierno y comedores de gente rica.
Parece una práctica loable ¿no? El problema es que detrás se escondía una lógica de discriminación: las mujeres no fueron aceptadas en la École des Beaux-Arts hasta 1897, por lo que adquirían su formación en academias particulares, instituciones no oficiales donde podían seguir el mismo plan de estudios que los hombres recibían en la Academia.
Una de ellas era Mary Cassatt: nacida en una familia norteamericana acomodada, se crió en Pensilvania, donde entró a estudiar arte a los 15 años en la Academy of the Fine Arts. Pero allí se encontró con los primeros escollos: la mayoría de las mujeres que estudiaban ahí (eran un 20% del total, más o menos), lo hacía como una especie de hobby o como parte de su educación de clase alta. Solo Cassatt y un par más querían hacerlo su oficio.
Frustrada con la lentitud y el machismo de la academia, Cassatt mandó todo al diablo y decidió retirarse antes de obtener el título. Presionó a su padre y lo convenció de que la dejara mudarse a París.
Allí consiguió su tarjeta de copista mientras tomaba clases con Jean Leon Gerome.
Pero mientras la carrera de Cassatt seguía los pocos caminos disponibles, la pintura francesa estaba a punto de explotar y saltar por los aires. Mientras Courbet y Manet se la pasaban peleando con la academia, los impresionistas empezaban a dar forma a lo que serían las vanguardias.
Cassatt, mientras tanto, seguía presentando obras académicas en los salones. Aunque por dentro su frustración iba en aumento.
Pero su padre la llamó al orden y se la llevó de vuelta a Estados Unidos. Allí, intentó vivir como pintora –su padre, contrario a esta idea, apenas le pasaba dinero para vivir– e incluso perdió algunos cuadros en el gran incendio de Chicago de 1871.
Estaba atascada, a punto de rendirse. Pero entonces el arzobuispo de Pittsburgh le hizo un encargo: dos copias de Antonio Correggio para su iglesia. Para eso, tendría que viajar a Italia a pintarlas de primera mano. Su talento como copista le daba una nueva oportunidad de volver al viejo continente.
Ya en Europa, una pintura suya causó buena impresión: Two Women Throwing Flowers During Carnival. Y fue vendida en un buen monto. Mientras tanto, en Parma solo se hablaba de ella. Poco a poco Mary Cassatt se hacía un nombre dentro de la escena europea.

Gracias a este primer éxito pudo irse a vivir definitivamente a París, donde, era que no, se puso a criticar la pintura académica de los salones. Un crítico diría de ella: "está totalmente loca, desaira todo el arte moderno, desdeña las imágenes de Cabanel, de todos los nombres que hemos reverenciado".
Pero irte contra el establishment siempre te trae problemas: en el salón no le aceptaron dos pinturas y se quedó sin un lugar donde mostrar (y vender sus obras). Por suerte, apareció un pintor que a la larga sería su protector: Edgar Degas, que la invitó a mostrar sus pinturas a los impresionistas.
Así fue como Cassatt se unió a la vanguardia. La frustración de años ahora se veía liberada, y su pintura lo agradecía:





Pero Cassatt no se quedó en el impresionismo. A pesar de que formaba parte constitutiva del movimiento, decidió mudarse de vuelta a Estados Unidos, donde se convirtió en una especie de embajadora del movimiento. Pero su arte seguiría evolucionando: se alejaba progresivamente del impresionismo en busca de un enfoque más sencillo, ya pasado por el tamiz de las vanguardias. Al final, diría que no se identificaba con ningún movimiento y que experimentaba con lo que se le viniera en gana.







Pero más allá de estilos, técnicas y movimientos, la pintura de Cassatt tiene algo único: esa capacidad de representar la intimidad doméstica y femenina de la época, sin mostrarse débil o sumisa, al contrario, son mujeres decididas, fuertes y de mirada seria, que saben que su rol en la sociedad está a punto de cambiar para siempre.