“Ya no saben qué inventar”, es la frase que abunda al ver los estrenos que trae Hollywood. Y es que han tenido que diversificar los términos porque ya no son solo spin-offs, o precuelas o reboots, hay secuelas espirituales, remakes y cualquier recurso imaginable que permita expandir un universo.
En la quinta película de Scream, una franquicia que siempre fue muy autoconsciente de los géneros y mecanismos audiovisuales, explicaban esta tendencia:
Y, dentro de estos mecanismos, inventaron también las “legacy sequels” (secuela de legado), que vendría a ser lo que nos convoca esta semana. Estas son continuaciones de historias existentes, pero revisitadas después de varios años o décadas.
El universo es el mismo, se mantienen personajes y se agregan algunos nuevos, además de tramas que actualicen el contexto. En teoría debería funcionar, ya que se vale de nostalgia y años de haber mitificado un producto que demostró tener impacto cultural.
En el cine, cuando sale bien, estas secuelas toman la forma de Blade Runner 2049, Mad Max: Fury Road, o la reciente 28 años después, que saben reinventarse manteniendo aspectos atractivos de los universos originales, pero actualizándolos con tecnología moderna y comentarios sobre el contexto actual.
Cuando salen mal, son algo mucho más olvidable: las nuevas de Star Wars se sienten genéricas, las Jurassic World son indistinguibles entre ellas y nadie recuerda que hasta Zoolander y los Cazafantasmas tuvieron su versión 2020s.
Pero la fórmula está clara: si una película sigue siendo comentada después de décadas, lo más posible es que le toque su secuela de legado. Y en ese sentido, internet ayuda a dejar muy claro dónde todavía existe interés: memes, líneas de diálogo o la obsesión por el reparto son buenos indicadores. Y así es como llegamos a El diablo viste a la moda que –perdonen por hacerles sentirse viejos– se estrenó hace más de veinte años y acaba de estrenar su segunda parte.
¿Lo interesante? Parece haber dejado contentos a sus fans, sus críticas son aún mejores que las de la primera película y va a superarla en taquilla más pronto que tarde.

El diablo se viste a la moda siguió vigente por décadas
Miranda Priestly se convirtió en un nombre reconocible, Anne Hathaway y Emily Blunt despegaron sus carreras y que siguen en altura hoy, la gente aún cita los insultos pasivo agresivos de Meryl Streep y hasta se hizo un musical con un libreto de Elton John y críticas horribles.
En fin, la marca seguía viva y la película del 2005 se había convertido en un clásico, una fantasía adorable con actores carismáticos de esas que es fácil quedarse viendo cuando aparecen en la tele. Pero las comedias de los 2000, ingenuas y luminosas, ya no se estilan ahora, por lo que la nueva Diablo tenía que actualizarse si no quería pasar de moda.
La primera historia básicamente trataba sobre abuso laboral y había dejado a sus dos protagonistas separadas. La tarea ahora era encontrar una excusa para reunirlas.
Y lo que hizo esta secuela, que fue elogiado por la crítica y el público, fue dejar de fingir que las publicaciones impresas importan. Runway, la revista de moda que congregaba a los personajes, ya no tiene el poder e influencia de inicios de los 2000 porque las redes sociales cambiaron todo el panorama. Y El diablo viste a la moda 2 hablaría de eso: de la decadencia del periodismo, los recortes que sufren los medios de comunicación y la incertidumbre sobre su futuro.
No era necesario situar la historia sobre un trasfondo pesimista y real, pero al hacerlo, la película encontró el pretexto para existir, la manera de traer a sus entrañables personajes de vuelta, pero dándoles conflicto y nuevas dimensiones.
Miranda, antes indestructible, ahora estaría en modo crisis y se la mostraría intentando sobrevivir. Andy, que se dedicaba al Periodismo Serio, pierde su trabajo y acepta volver a aquel imperio que se desmorona que es la revista de moda. Y juntas deben salvar Runway. El resto se escribe solo.

Pero ya no las hacen como antes
Multimillonarios queriendo adquirir medios de comunicación, nepobabies que no saben qué hacer con los negocios heredados y periodistas que cuentan los días antes de perder su trabajo permiten que la secuela se modernice aún cuando mantiene los elementos que la hicieron triunfar en el pasado.
Partiendo por la opulencia de los vestuarios. El rol de la industria de la moda en la sociedad aún no se cuestiona y es tratado como arte, lamentando más que nada el vuelco a lo digital y la reducción en la escala de sus sesiones de fotos. Pero eso permite que la película siga funcionando como pasarela, con gusto y sin mesura.
A eso se le suman los cuatro actores principales, Streep, Hathaway, Blunt y Tucci, principales responsables del éxito de la primera y quienes aquí cargan con la tarea de mantener su química intacta.
Y lo logran sin que esto parezca un fanfiction, aunque las dinámicas cambian de maneras cuestionables.
Antes era fácil empatizar con Andy porque era una outsider, que finalmente aprendía de este mundo y lo dejaba de considerar superficial, pero decidía no jugar según sus reglas más sucias. Miranda era vista con distancia, como antagonista que fascinaba pero que no necesitaba nuestra empatía.
Ahora eso ha cambiado, y ambas mujeres actúan como una pareja orientada al éxito a toda costa. El ver a Miranda desde su propia perspectiva la hace perder misticismo y apoyarla en su misión se vuelve difícil porque nunca se siente como una desvalida o alguien que merezca ganar.
La película no puede evitar ser una glorificación del lujo, desde la ropa, los viajes y las viviendas, al mismo tiempo que nos muestra cómo industrias enteras despiden a sus trabajadores. La trama se convierte en un tira y afloja de maniobras empresariales –un capítulo de Succession menos inteligente– donde los giros tienen más que ver con adelantarse para hacer el mejor trato que con las dinámicas de personaje que resonaron veinte años atrás.
El mensaje pareciera ser algo como “El mundo se está yendo a la mierda. ¿Cómo ser CEOs en él?”.

Aún así, para tratarse de una legacy sequel, evita varios de los problemas que derriban a las de su tipo: no repite la historia original ni se queda pegada homenajeándola. Sabe moderar los guiños a su predecesora y reconoce cuándo sí apelar a la nostalgia.
Pero tampoco sortea bien los obstáculos de revisitar este universo: ninguno de sus personajes es más interesante ahora que la vez anterior y, aunque se haya situado en un nuevo contexto, no logra decir algo de valor con él.
Quizás no hay que pedirle peras al olmo. Si lo que la gente busca son vestuarios increíbles, personajes queridos y líneas venenosas pronunciadas por Meryl Streep, hay peores formas de pasar el tiempo.
Y esta entrega ya tiene críticas igual de buenas que la anterior (en Rotten Tomatoes incluso tiene un porcentaje más alto), y ganó más de 230 millones de dólares en su primer fin de semana, convirtiéndose en una de las películas más taquilleras del 2026 y asegurando superar al Diablo original.
Con todo eso, las secuelas no se van a ir a ninguna parte. Solo toca esperar que vayan aprendiendo de sus errores.
Nota de riesgo: la idea de traer de vuelta la película es conservadora, pero el giro que le dieron demostró un riesgo que no tenían por qué tomar. Moderada.