Walter Sickert fue un pintor británico que cambió cómo se entendía el arte en la isla del imperio. Trabajó durante casi 60 años, entre finales del XIX y principios del 20, e introdujo el arte moderno al Reino Unido. Debería ser famoso por casi todas estas cosas, pero la verdad, es que nombre ha pasado a la historia por algo totalmente –o casi totalmente– ajeno a la pintura.
Walter Sickert ha sido durante años uno de los principales sospechosos de ser Jack el Destripador.
Pero vamos más despacio, porque todo en la vida de Sickert parece tener una explicación. Walter nació en Múnich, Alemania, hijo de Oswald Adalbert Sickert, de ascendencia danesa-alemana, y de una madre anglo-irlandesa. La familia se estableció en Londres recién en 1868, cuando el joven Walter tenía 8 años.
Tal vez de aquí viene su marcado cosmopolitismo, reflejo de una Europa que poco a poco abría sus fronteras y aduanas preparándose para formar un continente mucho más unificado –las bases de la Unión Europea se encuentran, para muchos, en esta época tan particular–. No es de extrañar, además, que haya tenido un estrecho contacto con la escuela francesa, siempre tan a la vanguardia, y con el romanticismo alemán.
Sickert siempre se caracterizó por esconderse en sus cuadros y disfrazarse en el día a día, algo que seguramente tomó de sus años como actor. Y es que siendo todavía un adolescente se le ocurrió irse con la compañía del Sir Irving, aunque parece que su talento era limitado, ya que solo conseguía papeles secundarios. Así que un buen día se aburrió de su falta de éxito y se lanzó al mundo de la pintura.





Walter en algunos de sus "roles", como el servidor de Abraham, en un estilo impresionista, como un hombre de negocios. En todas, parece un personaje diferente.
Al principio, pintó bajo el ala de James Whistler, un gran pintor norteamericano. Pero Sickert no despegaba, a pesar de mostrar cierto talento. Un día, partió a Francia a entregarle una carta al crack Edgar Degas, de parte de su maestro Whistler. Tan bien se cayeron ambos que pasarían a ser amigos en poco tiempo, y ni tonto ni perezoso, Walter se instaló en París para aprender de los verdaderos maestros que estaban llevando el arte a su siguiente nivel.
De esos años vienen muchos de sus cuadros que reflejan cierta parte de la sociedad de la época: teatros, cafés, bares, shows de variedades. Muy a la Monet, podría decirse.
Por esos años, la academia británica consideraba un tema totalmente inapropiado los shows populares, como el Music Hall o el teatro. A Sickert le importó un bledo e incluso logró incluir actrices famosas, cantantes y la audiencia.



Y del escenario a otros temas populares, había un solo paso. Sickert empezó a interesarse por costumbres citadinas, como los cafés, lavanderías, calles, entre otras. También por el desnudo, algo que en su puritana nación estaba muy mal visto todavía.





Y aquí llegamos al centro de nuestra historia, por fin. Sickert pintó un cuadro llamado ¿Qué vamos a hacer con la renta?, pero que después de darle un par de vueltas, decidió cambiarle el nombre a El asesinato de Camden Town.

Aquí comienza una obsesión que duraría todo el resto de su carrera: los crímenes atribuidos en 1888 a Jack el Destripador. Desde los años 70 en adelante, cientos de programas de televisión y libros –e incluso la escritora de novelas negras Patricia Cornwell– apuntaron a Sickert como el principal sospechoso. Hay alguna evidencia que lo apunta, aunque al parecer habría estado en Francia durante los asesinatos. Nada muy concluyente. Aunque de lo que no quedan dudas, es que estaba obsesionado con los crímenes.
Tómese por ejemplo el cuadro El dormitorio de Jack el Destripador (sí, claro, el nombre ya nos da una pista). El espacio pintado era, de hecho, la propia vivienda de Sickert en el número 6 de Mornington Crescent, Londres. Al parecer, su casera le había comentado al pintor que sospechaba que el inquilino anterior era el asesino. Conocidos de la época, como Max Beerbohm y Osbert Sitwell, dan fe de la fascinación que el artista sentía desde hacía tiempo por el caso. Además, gracias a una investigación impulsada por la Tate, se ha podido vincular de forma fehaciente con Sickert un puñado de cartas falsas supuestamente enviadas a la prensa por Jack.

Cada cierto tiempo esta historia reflota –en este caso, por nuestra culpa–. Casi todas las pruebas apuntan a que Sickert no era Jack, simplemente alguien obsesionado con el personaje. Aunque nada termina de cerrar el caso. Detrás suyo quedan un montón de conjeturas, pero también pinturas que marcaron el rumbo del arte británico de la época.






