Esta semana no nos concentramos en un artista. Tampoco en una corriente artística. Esta semana nos pusimos a mirar cajitas de fósforos.
Suena extraño que una cajita de fósforos sea un estilo o siquiera un soporte para el arte. Considerando el tamaño del mercado, es normal que acá en Chile estemos acostumbrados a poner en nuestra cabeza un copihue o la Cordillera de los Andes cuando nos dicen la palabra "caja de fósforos".

Aunque pocos recuerdan que en un momento se intentó abarcar el segmento juvenil con unas cajitas más despeinadas. Una campaña que hoy en día se podría cuestionar por varios frentes, y no solo el estético.

Bueno, por increíble que parezca, la Compañía Chilena de Fósforos no fue la primera en entender que las cajitas eran un lienzo para la exploración artística. Casi 100 años antes, los japoneses comprendieron que en ese espacio se jugaba la modernización estética del país.
Todo partió con otro dato un poco aleatorio: a finales del Siglo XIX, Japón se había convertido en el mayor exportador de fósforos del mundo. Mandaban palitos incandescentes a Estados Unidos, Australia, Inglaterra e incluso la India. Y durante la era Meiji, se dieron cuenta que era el lugar perfecto para hacer un poquito de diseño gráfico.
Tal vez no le habían puesto ese nombre a su práctica, pero la verdad, podría perfectamente ser una de las primeras manifestaciones modernas del diseño gráfico entendido en un sentido comercial: tenían que resaltar en un mercado global altamente competitivo y además mundial, por lo que los japoneses se dieron cuenta que tenían que apelar tanto a la cultura de origen de los fósforos como a la de destino.









Por suerte, las bases estaban ahí: una tradición centenaria de xilografías e impresiones en madera les permitieron diseñar e imprimir imágenes muy detalladas y que el proceso pudiera escalarse.
Muy en la onda Meiji, los fósforos mostraban la reciente salida al mundo del Imperio Japonés (que antes había sido muy aislacionista), que empezaba a valorar la ciencia, arte y sociedad occidental sin olvidar sus raíces. Es como si en esa miniatura se pudiera ver la tensión entre lo viejo y lo nuevo, entre lo propio y lo foráneo.









Al final, se convirtieron en una especie de tarjeta de presentación para el resto del mundo: aquí viene Japón, tal vez no nos conocían porque nos gustaba estar solos, pero ahora queremos conocerlos, entenderlo y también prender sus lámparas.








