Después de una pausa de cuatro años, vuelve una de las series más vistas y comentadas del último tiempo. Pero el creador Sam Levinson lo dejó claro cuando reveló su lema para esta temporada: “evoluciona o muere”. Y efectivamente la tercera entrega del hit de HBO se siente definitivamente diferente.
Cuando se estrenó el 2019, era una serie innovadora que nos mostraba los peligros y ansiedades de la generación Z. Y funcionaba porque nos chocaba ver a un grupo de adolescentes implicándose en tópicos oscuros para gente tan joven: adicción, aborto, shows de webcam, relaciones sexuales con adultos, extorsión, narcotráfico, sobredosis, tiroteos.
Era demasiado, pero gracias a un elenco talentoso y un estilo visual único se volvió un tema de reflexión y conversación, se imitó en masa la estética de la serie en otras producciones, surgieron miles de memes, y, aunque hacia el final mucha gente estaba hastiada, parecía que nadie podía dejar de verla.
Los protagonistas explotaron: Zendaya es parte de dos de las franquicias más grandes de Hollywood (Spiderman y Dune), Jacob Elordi fue nominado al Oscar por Frankenstein, Hunter Schafer está trabajando con directores interesantes y Sidney Sweeney se ha vuelto una celebridad tan famosa que pasa a segundo plano el que haya protagonizado seis películas desde el final de la segunda temporada.
Pero, al mismo tiempo, Levinson cambió su reputación de visionario provocador por la de nepobaby problemático. Las redes sociales –donde habitan muchos de los fans de Euphoria– lo cuestionaban por su representación de personajes femeninos, por su fracaso con la serie The Idol y por su insistencia en ser el único director y guionista de Euphoria, limitando su mirada y alcance.
Con un elenco tan poco disponible, un director del que público ya desconfiaba y años de pausa para una serie de adolescentes, la duda crecía: ¿era una buena idea continuar con Euphoria?

Se cambió el colegio por Hollywood, OnlyFans y el narco
Esto es Hollywood así que la respuesta es nunca cancelar un éxito hasta haberle ordeñado todo lo que pueda dar. La tercera temporada de Euphoria llegaría, la pregunta era cuándo y de qué forma.
Los actores ya se acercan a los 30, por lo que hacerlos pasar por colegiales era inverosímil. El escenario cambiaría, y reportes indican que Levinson había tanteado la idea de que Rue, la protagonista interpretada por Zendaya, sería una detective privada. La actriz había sugerido que fuese una madre de alquiler. Lo que estaba claro es que nada estaba claro.
Por eso no debe sorprender lo aleatorio del resultado: Rue es una mula que lleva drogas de México a Estados Unidos para pagar una deuda mientras los demás personajes se mudaron a California para conectarse de alguna forma al mundo del espectáculo.
Si antes Euphoria colindaba con el entorno de las drogas solo gracias a su protagonista, ahora ha hecho de aquel su universo central, saliendo del drama teen para definirse más como un thriller narco-sexual. Rue, que está en un punto bajo (recayó, no tiene contacto con su familia, se alejó de la chica que le gusta) pasa de ser mula a codearse con un gángster que la pone a trabajar en un club de striptease.
Cassie, a punto de casarse con Nate, pasa los días siendo tiktoker erótica, pero quiere profesionalizar más su desnudez. Jules, que tenía algo más de potencial, es sugar baby de un hombre casado y Maddy se dedica a ser manager de modelos jóvenes que –sorpresa– también se desnudan. Incluso Rue, que nunca fue un personaje caracterizado por su sexualidad, ahora toma decisiones imprudentes producto de la lujuria.
Básicamente todas las mujeres lucran con su cuerpo de alguna forma, o gestionan a otras mujeres que lo hacen. Pasa un poco lo que terminó por derribar a The Idol, un programa que critica la explotación de una mujer pero que no puede evitar, a su vez, sexualizarla.

Las tramas aleatorias que hacen que parezca un fanfic (o, siendo más justos, que dan a entender que cualquier cosa podría haber pasado en esta temporada y daría igual) van por carriles separados producto de un elenco que probablemente costó mucho reunir, todo para ir construyendo un relato cuestionable.
Euphoria no se siente como Euphoria. Y pueden tener a Hans Zimmer, uno de los mejores compositores de la industria, pero lo que hizo que Labrinth funcionara no era que fuese un ícono ganador del Oscar, sino que era la persona indicada para el proyecto. Puede que Kodak haya hecho un tipo de película especial para esta nueva entrega, pero no quita el que el el nuevo formato muchas veces ni se sienta justificado.
No se entiende aún la dirección que está tomando y no hay confianza para creer que no se trata de un parche improvisatorio para alargar un producto exitoso.
Es cierto que solo se han emitido dos de los ocho episodios de esta temporada, que seguramente será la final, pero todo señala que ha perdido el rumbo. Porque Euphoria siempre buscó ser impactante, pero lo lograba porque todo lo turbio que mostraba –por más exagerado que fuese– lo aplicaba a un grupo de menores. Ahora se siente más como una compilación de shock gratuito.

Shock value e irrelevancia
Finalmente lo más chocante de una serie que siempre ha buscado generar conversación es el poco impacto que causó.
Los ratings de la tercera temporada no han sido bajos para estándares normales (recordemos que Euphoria era lo más visto de HBO después de Game of Thrones, House of the Dragon y The Last of Us), pero sí se han reducido respecto a las temporadas anteriores. Y, aunque esas habían sido bien calificadas críticamente, ahora la recepción ha sido mixta y escéptica.
Pero no es que no pueda repuntar. Quienes siguieron viéndola después del decepcionante primer capítulo, pudieron haber notado cómo de a poco se dilucida un tema, que es el desamparo en que quedaron aquellos gen Z una vez que entraron al mundo adulto. Post pandemia, en un Estados Unidos decadente, obsesionado con la fama, lleno de drogas y que ya ni promete sueños. Ese universo es digno de explorar, y puede ser interesante ver cómo los estadounidenses utilizan su poderío cultural para reflexionar sobre cómo le han fallado a las nuevas generaciones.
Pero la verdad es que es más probable que simplemente se esté estirando el chicle. Que Euphoria haya dado en el clavo hace 7 años, que se haya sentido novedosa y que ahora esté viciada porque la frescura es algo genuinamente difícil de sostener.
Lo que no quita que haya sido emocionante, pero eso no significa que haya que revivirla, acompañarla mientras pierde el camino y verla decaer en algo que mancha su legado. A veces es mejor saber cuándo irse.
Nota de riesgo: moderada.