A Netflix se le dan bien las miniseries, y hace unos años tuvo uno de sus mayores éxitos con Beef, una historia original sobre dos desconocidos que tienen un accidente, se odian, y el vínculo que forman al querer hacerse la vida imposible.
Era una historia de obsesión, el placer de liberar la ira y la comprensión mutua desde los instintos más animales. Una ternura. La vio todo el mundo, ganó un montón de Emmys y se aseguró una segunda temporada, de esas donde mantienen el concepto pero reinician la historia con un elenco diferente.
Ahora, tres años después, vuelve manteniendo el tono bizarro y la premisa de “unamos a gente a través de un hecho fortuito y veamos cómo se destruyen”, pero esta vez con dos parejas en cada lado de la contienda, actores más famosos y el infalible tema de clase como trasfondo.

Dos parejas queriendo ser mejores que la otra
Una de las parejas son Josh y Lindsay, matrimonio cuarentón con altos cargos en un club de golf. Sus hobbies son su perrito salchicha, preocuparse por deudas y pelearse de forma violenta diciéndose que se odian.
En una de esas peleas en su casa los ven dos empleados: Ashley y Austin una pareja joven de prometidos que tienen cargos bajos en el mismo club de golf. Sus hobbies incluyen reafirmarse constantemente que se aman y hablar de manera ignorante sobre el capitalismo tardío.
Los jóvenes graban la pelea y la usan para chantajearlos: así consiguen un puesto más alto en el club de golf y empiezan una serie de gallitos torpes para posicionarse por encima de ellos. Pero la pareja joven es inexperta y francamente un poco bruta, por lo que su relación empieza a tensarse cuando económicamente les va mejor, pero los límites morales que cruzan también les afectan a ellos. De decirse cosas como “si alguna vez te levanto la voz, espero que me denuncien”, pasan a desconocerse, pero al menos con un poco más de plata.
Y la pareja mayor aprovecha que ya poco tienen que perder y se lanzan a fantasear con su vida una vez que todo se derrumbe. Esto los une temporalmente, al punto de que Josh deja de lado su adicción al porno y Lindsay para de coquetear con hombres por internet. Al menos temporalmente.
Así se cocinan las relaciones en la segunda temporada de Beef, con altos y bajos dentro de estas dos relaciones y dentro de cada pareja. Y, aunque no se portan tan mal como los protagonistas de la temporada uno, no se pelean tanto como nos gustaría y quizás pierden demasiado tiempo hablando de plata, deudas y tecnicismos que entorpecen un poco la narración, la serie sigue siendo más inteligente estando mejor actuada y teniendo un humor más retorcido que casi cualquier otra que estén dando ahora.

El amor en tiempos de capitalismo
El placer enfermo que buscamos en esta serie es el de ver a las dos parejas haciéndose daño y en eso, destruyéndose a sí mismas. Y se cumple parcialmente porque Beef deja de lado el morbo para explorar cómo es que cada una es una especie de estereotipo de su generación y por qué creen que son mejores que el resto.
Los jóvenes, interpretados por Charles Melton (May December) y Cailee Spaeny (Priscilla, Civil War) sirven como alivio cómico y en gran parte le roban la película a los veteranos. Carey Mulligan y Oscar Isaac son el principal gancho de la segunda temporada y también tienen la oportunidad de darlo todo llorando, gritando, peleando y oscilando entre la fantasía milenial de huir de todo y crear un hostal en el bosque y la presión exitista de triunfar económicamente.
La serie se suma al catálogo eat the rich que examina el resentimiento que provocan a nivel individual las diferencias económicas. Muestra qué significa (y qué problemas trae) la plata para distintas generaciones pertenecientes a distintas clases sociales en el Estados Unidos donde sobrevivir una operación dolorosa te hace despertarte a preguntar cuánto costó, en vez de agradecer que todo haya salido bien. Y representa los absurdos a los que se puede llegar, a través de mentiras y manipulaciones, para conseguir solo un poco más, y cómo eso es un camino sin retorno porque siempre hay más que conseguir.
Y se pregunta si es que hay espacio para el amor dentro de todo eso.
En ese sentido Beef es un éxito. Pero no puede evitar sentirse un poco corta especialmente por lo fresca que se sentía la primera en cómo nos autorizaba a expresar la rabia con alegría y reivindicación. La segunda temporada tiene algo de eso. Y un final en Corea, actores pasándoselo bien y un humor mordaz justifican su existencia.
¿Por qué no tener más temporadas que muestren lo justificado que está el que nos odiemos un poco?
Nota de riesgo: conservadora