Debe ser una de las obras más reproducidas de la pintura chilena. Si haces un poco de memoria, seguro se te apareció en libros de historia del colegio, en algún video o, si eres un poco más viejo, en la parte de atrás de un billete.
Y es que La fundación de Santiago, de Pedro Lira, es lo que se solía llamar una "obra maestra" a la antigua: una pintura que no solo mostraba una capacidad técnica deslumbrante, sino que también cumplía una función social muy evidente. En este caso, hacer que los relatos fundacionales de la patria –en este caso Chile– cuajaran, que se volvieran moneda corriente, y que todos coincidiéramos en cómo había sido el nacimiento de nuestro país.
Y es que cuando las naciones miran hacia el pasado, siempre hay discusiones de cómo fue la historia. Hay algunos a los que les conviene que el nacimiento de su país haya sucedido aquí y no allá, y que los protagonistas hayan sido estos y no aquellos. Es parte normal del proceso de construcción de cualquier nación. Pasa en Chile como pasa en Estados Unidos o en Sudán del Sur.
Y las pinturas –como las novelas– fijan una historia específica, que se lee o mira una y otra vez, hasta que poco a poco empieza a convertirse en una especie de verdad oficial.
Es un poco lo que pasó con el cuadro más famoso de Pedro Lira: La fundación de Santiago.

Lira lo pintó entre 1886 y 1888, y desde ese día ya parecía destinado a convertirse en una obra clásica de la historia de la pintura chilena. Fue creado específicamente para la Exposición Universal de París de 1889 –en la que la Torre Eiffel fue la principal atracción– y recibió la medalla de plata. Cuando volvió a Chile, la pintura fue comprada por el Estado chileno de inmediato, en cuatro mil pesos de la época.
Se alojó en el Museo Nacional de Bellas Artes, donde naturalmente pertenecía, pero en 1932 pasó al Museo Histórico Nacional, donde se exhibe hasta hoy. Este paso, del arte a la historia es una pista del uso que tendría –y tiene– esta pintura.
Un año después de pasarse al lado de la historia, en 1933, empezaría su largo camino por los billetes nacionales. Entre 1933 y 1947 apareció en la parte de atrás del billete de 1000 pesos (que en esa época tenía a Blanco Encalada adelante). Entre 1960 y 1974 volvió a aparecer como compañero de Arturo Prat en el billete de 1 escudo. Y finalmente, en el que tal vez alcanzaste a ver, apareció como contracara del mismísimo Pedro de Valdivia en el billete de 500 pesos, entre 1975 y el 2000.



Los muchos billetes de La fundación de Santiago
¿Y por qué tantos gobiernos quisieron aprovechar esta imagen? Porque es una especie de relato fundacional del país y de la nación. Volvamos al cuadro: ahí está Pedro de Valdivia con el Río Mapocho detrás, en el Cerro Huelén (y que en ese momento está siendo rebautizado como Santa Lucía). Valdivia apunta con su mano donde se supone que deberá erigirse la nueva ciudad, mientras su fiel ayudante Francisco de Villagra asiente. Abajo se ve al cacique Huelen Huala, en una posición más bien sumisa, aunque igual podríamos creer que le está diciendo a Valdivia que tal vez mejor funde su ciudad aquí más cerquita y no en el lugar donde el conquistador apunta.

Obviamente, nada es casualidad en un cuadro de este tipo. Y por algo la presencia indígena es tan pequeña e incluso tan sumisa. Entiendo las críticas que se le hacen hoy en día a esta pintura por el tema indígena, pero creo que hay que entender la función que una obra así cumplía a finales del XIX.
De todas formas, creo que lo más interesante está un poco más escondido. Esta teoría la encontré en este ensayo de Josefina de la Maza, y parte preguntándose quién es la figura de blanco detrás de Villagra. A primera vista, parece un miembro del clero ¿no? Y tiene sentido, en este tipo de pinturas siempre se intentaba representar simbólicamente a todos los estamentos que formaban parte de la construcción de la nación, y la iglesia, ya se sabe, fue clave. Sin el beneplácito de Dios y su iglesia, no se podía dar un paso adelante.
Pero de la Maza, rebuscando en versiones anteriores de la pintura, llega a otro conclusión: es Inés de Suárez.
Miras de nuevo la pintura y te parece un poco tirado de las mechas, aunque... ¿por qué esconder al sacerdote detrás de un conquistador? Miremos una versión alternativa pintada por Lira:

Más que una versión alternativa, esto en realidad es un estudio preparatorio. Y da como para jugar a las 7 diferencias: el río café, el valle menos verde, Valdivia menos enérgico y decidido, el cacique incluso más sometido, Villagra de brazos cruzados... y ahí resalta la supuesta figura eclesiástica. Sí que parece una mujer, ¿no?
Según de la Maza, este primer boceto de Lira ponía a la conquistadora en un lugar demasiado central, y quiso "esconderla". Un error que decía mucho de la época, del arte de aquellos tiempos y de las dinámicas de género.
Más allá de la supuesta aparición de Inés en la pintura, La fundación de Santiago se convirtió en un hit nacional muy a la chilena: como le había ido bien en Francia, entonces tenía que ser buena. Una obra maestra. (Aunque como comenta de la Maza, tampoco es que en la Exposición Universal haya sido una pintura tan importante, puesto que estaba incrustada entre una serie de objetos no artísticos).
Pero de estos pequeños gestos y equivocaciones (tan frecuentes en los cruces entre pintura y nación) nació una obra emblemática de nuestro país. Y que consolidó a Lira como uno de los pintores "oficiales" de Chile.








