Marty Supreme llega a cartelera como un éxito consolidado, con un montón de nominaciones al Oscar, Timothée Chalamet autodenominándose uno de los mejores actores vivos y la promesa de presenciar una odisea caótica de casi tres horas. ¿Cómo una película de ping-pong se hizo tan importante?
Aunque está basada en la trayectoria del jugador de tenis de mesa Marty Reisman, la película lo usa de trampolín para contar otra historia. Aquí Chalamet es Marty Mauser, un joven atleta (él se empeña en defender el ping-pong como deporte) en la década de los 50 que quiere llegar a jugar el torneo en Japón que le daría el título de campeón mundial.
Da igual que sea pobre y que tenga solo un par de días para conseguir el dinero para lograrlo. Marty correrá por la ciudad endeudándose, robando, apostando en clubes y perdiendo todo lo recaudado lmientras se mete en un montón de problemas que lo persiguen de forma frenética y agotadora, escalando cada vez más mientras él huye de ellos y se rehúsa a considerar la derrota como opción.
Porque Marty, eje central y absoluto de todo este caos, posee la determinación indiscutible de una persona ambiciosa que está segura de que tiene un llamado, de que fue el elegido para llevar a cabo algo grande.
Lo gracioso es que esa grandeza sea jugar ping-pong, pero la película se lo toma bastante en serio. Marty puede ser ridículo, pero cree tanto en su propósito que acarrea a todo el resto del mundo a servirle, y de alguna forma nos da claves sobre todos los hombres en la historia que han hecho lo mismo.
La película se rehúsa a mostrarnos momentos de debilidad y duda del personaje, sin buscar nuestra empatía. Más que eso, es un despliegue de lo que cierto tipo de personalidad puede lograr cuando tiene una meta fija. Marty es capaz de convencer, mentir, manipular y seducir a una serie de personajes que lo rodean (Gwyneth Paltrow, una actriz famosa, Tyler the Creator, su amigo y cómplice, Fran Drescher de La Nanny, su mamá) ya sea para robar un perro, estafar a un mafioso, alojar a su no-novia embarazada o cualquier peripecia que la película se entretenga tirándole encima.
En cada momento Marty Supreme nos recuerda que tipo de hombre es Marty y por qué es que hombres como él han llegado tan lejos.

La ambición como necesidad vital, en ficción y realidad
Publicitando la película, Chalamet se ha metido en problemas sonando menos humilde de lo que debería si nos quiere caer bien. El actor ya prácticamente anunció que ganará el Oscar al que está nominado y que quiere ser recordado como uno de los mejores actores de la historia.
Es cierto que, a sus 30, es el actor más consolidado de su generación, y de los pocos cuyo nombre aún sirve para meter gente a las salas de cine (¿cómo, si no, se explica el éxito comercial de una peli como esta?), además de que su actuación aquí es fuerte, pero quizás precisamente porque comparte la mentalidad del personaje que interpreta. Que alguien pueda ser creído y salirse con la suya es quizás lo que la película y el actor nos están recordando.
Chalamet entrenó durante meses con Diego Schaaf y el exatleta olímpico estadounidense Wei Wang para las secuencias en las que juega de tenis de mesa, y hay que reconocer que resultan emocionantes. No hay trucos de cámara para simular la destreza, solo el actor comprometido físicamente con el deporte y un montaje que logra que como espectadores nos interesemos por algo que quizás nunca habíamos pensado ver.
Josh Safdie como director en solitario, ¿era él el talentoso o solo el con más ambición?
El logro del realizador Josh Safdie es el de estar jugando a la ironía-pero-en-serio en cada momento. La ambientación de los 50s está tan bien cuidada que entendemos que la película busca el realismo, pero hay algo absurdo en la historia (y en su final, que pone en jaque todo lo que se nos dijo a lo largo del metraje) que habla de un director que también sabe en qué liga está compitiendo.
Los hermanos Benny y Josh habían hecho varias películas antes, que los consolidaron como contadores de historias asfixiantes y ansiosas, de hombres que también corrían por un Nueva York caótico mientras escapaban de sus demonios. Si vieron Good Time (con Robert Pattinson) o Uncut Gems (con Adam Sandler), se podía intuir que la llegada de Marty Supreme era inevitable, solo que no llegaron a ella juntos.
El dúo se separó sin dar muchas explicaciones, a pesar de que hay más de una historia conspiranoica circulando en Twitter sobre la ruptura. Y el 2025 hicieron sus películas en solitario: Benny estrenó The Smashing Machine, un biopic de lucha con La Roca; y Josh nos dejó claro quién era el obsesionado con la masculinidad neoyorkina en peligro al acercarse a Timothée Chalamet para este proyecto. Para su fortuna, sus egos deben estar tranquilos: por sus películas, Benny Safdie ganó Mejor Dirección en Venecia, Josh Safdie está nominado al Oscar al Mejor Director.

Al final Marty Supreme es un éxito a nivel mundial, y difícilmente por el interés del público general por el tenis de mesa. Safdie hizo una historia super masculina sobre precisamente el tipo de masculinidad que logra avanzar e instalarse en el canon, explicándonos que la forma de lograrlo es sin dudar de uno mismo y sin pedir permiso. Y ni pide disculpas por eso. Al final de la película suena “Everybody Wants to Rule the World” y la verdad es que ni siquiera es irónico.
El director nos habla de ambición siendo ambicioso. Y quiere que le aplaudamos. Y sería difícil acceder, pero el problema es que, como Chalamet, cuando lo hace con humor, con talento, y haciendo alusión a la toxicidad de todo el proceso, es fácil admirarlo.
Nota de riesgo: Moderada