Pero mi padre que es un loco y vende teles, para mi santo me vendió un televisor– dice una de las mejores frases de la canción más emblemática de 31 minutos. Y es que a veces sin quererlo –y otras veces queriéndolo mucho– los padres nos traspasan su amor u odio por su oficio; y muchas veces definen el nuestro.
Por eso siempre me he preguntado si el oficio del padre de William Turner –para muchos el pintor más importante de la historia británica– lo marcó de alguna manera.
El padre de Joseph Mallord William Turner, William Gay Turner, no era pintor ni artista, como los casos de muchos de sus colegas contemporáneos. Tampoco era escritor ni diseñador. A simple vista parecía que ni siquiera tenía un gusto estético definido. El padre de Turner era fabricante de pelucas.
Aunque tal vez, pensándolo un poco mejor, fabricar pelucas sí puede haber tenido una cierta conexión con lo estético, especialmente en un país que siempre ha estado un poco obsesionado por ellas.
Pero especulaciones edípicas a parte, lo cierto es que un joven William partió a vivir con su tío a una cabaña a orillas del Támesis a los 14 años y ahí le dio por la pintura. Pero era difícil hacerse un lugar en ese ambiente tan elitista y snob, especialmente si eras el hijo del fabricante de bisoñés.
Seguramente por eso el joven William era tan arisco, inestable y huraño. Le costaban mucho las relaciones sociales, algo que lo acompañó el resto de sus días. Pero su talento era innegable, así que se ganó un puesto en la Royal Academy británica y pudo viajar por el mundo aprendiendo de los grandes maestros colgados en los museos de Europa.
Sus primeras pinturas seguían los cánones ingleses del paisajismo de la época.




Pero gracias a su tremendo talento se convierte rápidamente en académico y catedrático, lo que le da una independencia económica que le permite ponerse a pintar como le diera la gana. Y ahí es donde nace uno de los pintores más innovadores de su tiempo.
Primero, se lanzó a pintar paisajes donde la naturaleza fuera tan sublime y exhuberante, que el ser humano queda retratado como algo minúsculo, a la merced de los vaivenes del clima y los eventos naturales.





Y mientras hacía esto, se empezaba a notar una técnica incipiente en la que se usaban cada vez menos colores y las pinceladas reflejaban lo visto de manera menos realista y más impresionista... y bueno, así nacía el impresionismo dicen muchos.






Por algo era llamado "el pintor de la luz", y es que era básicamente lo único que le interesaba en sus últimos años. Eso y pintar su obra maestra, la pintura que fue elegida por los británicos como la más representativa de su nación, el 2005.

El último viaje del Temerario, o El combativo Temerario siendo remolcado a su último fondeadero para ser desmantelado, 1838, en una traducción más directa. En la pintura vemos al HMS Temeraire, un barco de 98 cañones que había visto sus años de gloria en la Batalla de Trafalgar, escoltando al buque insignia de la mítica armada británica del almirante Horatio Nelson. En esta pintura el Temerario está siendo remolcando a su tumba final, donde será desmantelado y vendido por partes. En esa fecha fue el buque más grande jamás vendido por la Armada Británica, y para Turner y su pintura, un símbolo inequívoco del fin de una época de glorias navales y dominio mundial. Es el ocaso del barco, y también de un mundo en el que había vivido.