Una naranja, un yogur, monedas, pilas, cojines y vasos de cerveza. Todo eso vi pasar por encima mío antes de que mis amigos me hicieran notar que ya habían empezado a volar sillas hacia el túnel de entrada a la cancha de tenis. Mientras veía gente saltando sin medir consecuencias entre galería y platea, y con ganas de pelear con la primera persona que se les cruzara, sentí el tirón de mi polera. Era la señal del profe de la escuelita de tenis de San Felipe advirtiendo que había que correr rápido para salir del caos que ya se había desatado.
Tratamos de arrancar por los pasillos. Esquivamos escombros y materiales de construcción (el recinto no estaba terminado), peleas a combos y máquinas de bebida botadas en el suelo. Todo era gritos, metal chocando, polvo y reverberación. En un momento incluso vimos a Pedro Carcuro encarando a quienes aprovechaban la ocasión para romper lo que fuera.

En esos años, la salida a la explanada del Parque O’Higgins era un sitio eriazo. Así que al salir, nos tragó una nube densa de polvo que no dejaba ver bien. La imagen era de siluetas, móviles de prensa, autos estacionados donde fuera y más gente peleando. Justo cuando la adrenalina empezaba a transformarse en miedo, vimos en medio de la polvareda el auto del amigo que nos había llevado a Santiago, haciéndonos juegos de luces mientras se acercaba hacia nosotros. En dos tiempos ya estábamos arriba y enfilando por la Norte–Sur hacia nuestro pueblo, mientras el teléfono del profesor no paraba de sonar.
Ya de noche, al llegar a la casa, mi mamá no paraba de revisarme, tratando de asegurarse de que hubiera llegado completo. El lunes en el colegio, todos mis compañeros querían saber de primera fuente qué había pasado, que contara los detalles de la “guerra” a la que había sobrevivido. Por supuesto, aproveché mi breve instante de popularidad, incluso siendo citado a la sala de profesores para dar una mini charla de la vivencia. Durante un día fui un héroe local, para luego caer de nuevo en el olvido.
Sin embargo, lo que nunca se apagó fue el recuerdo de mi primera Copa Davis. Un viernes 7 de abril del 2000, con quince mil personas en la Cúpula del Parque O’Higgins.

Y no solo era la primera serie a la que asistía; también era la primera vez que veía jugar en vivo a mi mayor ídolo de infancia, Marcelo “Chino” Ríos, top ten en ese momento.
Lamentablemente no hubo más fechas de local en mucho tiempo. Nos sancionaron, no pudimos jugar el repechaje al Grupo Mundial ese año y nos quitaron la localía. Solo quedaba ver a nuestro equipo por la tele y sufrir.
Vinieron series en Bahamas, con la bandita local tocando trompetas en una cancha improvisada en la playa; pistas de hielo imposibles en Eslovaquia y Canadá; y derrotas insólitas, como cuando Alejandro Hernández jugó el mejor partido de su vida para vencer a Ríos en cinco sets en Querétaro y después lo trató de “persona asquerosa” en la entrevista postpartido. Drama, polémica, épica y fiesta popular. Todo lo que la Davis nos da de regalo, más allá del tenis.
No obstante, volvimos al escenario principal. El equipo chileno llegó al Grupo Mundial en 2005, por primera vez en 20 años. Por fin salimos de la “Zona Americana” y de las repescas frustradas para ir a enfrentar a Rusia en Moscú. Recuerdo pedir que prendieran la tele en el colegio para ver a Adrián García chocar con Marat Safin, campeón del Abierto de Australia de ese año. Nadie en mi curso estaba interesado y casi no logro mi cometido, pero el penquista se plantó de igual a igual, se quedó con el segundo set y estuvo a pocos puntos de forzar un quinto. Como siempre en ese período, rasguñamos la hazaña. Massú y González, nuestra dupla dorada en su mejor momento, solos contra el mundo.
Cómo no recordar el robo descarado de puntos a Fernando González en Rancho Mirage, California, o las jornadas gloriosas del ruso Igor Andreev en La Serena, ganándole a todo el mundo él solo, algo que no estaba en ningún plan. El camino agridulce continuó hasta el fatídico 2013, cuando nuestro equipo perdió las dos series del año y cayó al submundo de esta competencia por equipos, la Zona II, algo así como la tercera división.
Con todas nuestras leyendas ya retiradas, fue el turno de una nueva generación. Unos muy jóvenes Garín y Jarry se acoplaron a Capdeville, Lama, Podlipnik y Aguilar para empezar todo de nuevo, ir a jugar a los potreros y pelear por volver a ser actores relevantes en el deporte que más alegrías le ha dado a Chile. En el papel, estaba todo en contra, pero en el centro de la operación apareció la pieza clave. Con solo 34 años, asumió como capitán el mayor motivador de Chile, Nicolás Massú.
Y partimos de la peor manera. Derrota frente a Barbados en Bridgetown, en una cancha de club, con una galería hecha de tres tablones. El mejor de ellos era 458 del mundo. Poco faltó para que Rihanna saltara a la pista. Un momento oscuro en que la prensa oficial y los aficionados casuales se volcaron por completo a nuestro otro deporte favorito, el chaqueteo. Se nos cayó un piano encima desde varios pisos, justo cuando recién se estaba aprendiendo.
Pero ahí estuvo Massú, defendiendo a sus muchachos, sosteniendo la moral e incluso invitando a la gente a asistir al cruce con Paraguay un par de meses después. Desde cero tenía que empezar la nueva era del tenis chileno.
Las postales de Massú grabadas en la memoria colectiva lo muestran con sus dos medallas de oro de Atenas 2004 y, en 2019, dando origen a su icónica frase "yo creo que en la vida nada es imposible, hueón. Ni una hueá" después de vencer a Stefan Koubek en la Medialuna de Rancagua para sellar el cruce ante Austria cerca de las tres de la madrugada después de cinco horas de juego. No hay chileno que no sepa de esos momentos. Por mi parte, me gustaría también destacar su debut como capitán en nuestro país.
Recuerdo haber ido al Club Palestino al repechaje para no caer a la cuarta división. Había tensión, sí, pero también incredulidad. La historia pesa y nadie creía de verdad que pudiéramos perder con Paraguay. Y nadie se imaginaba una derrota estruendosa, porque vimos en vivo a Massú transformarse en su versión definitiva como líder.
Compenetrado en su nuevo rol, era incapaz de quedarse sentado. Daba indicaciones desde el primer punto, se endurecía ante los yerros y, por sobre todo, celebraba cada acierto de sus jugadores. Y no con aplausos moderados o un puño apretado. El capitán Massú apoyaba la rodilla en el suelo, se golpeaba el pecho, saltaba, miraba directo a los ojos a quien jugaba y levantaba a la barra a grito pelado. Si le pasaban una raqueta, lo más probable es que se hubiera metido a la cancha sin pensarlo. Estábamos jugando casi por no desaparecer del mapa, pero la actitud era la de una final del mundo. El fuego seguía encendido y era imposible de ignorar.
La nueva Copa Davis
Desde ese momento han pasado 12 años y la Copa Davis cambió. En 2018, el grupo Kosmos, liderado por el futbolista Gerard Piqué, compró los derechos de la competición más longeva del tenis y transformó un formato que se mantenía desde 1900. Los cambios se implementaron en 2019, eliminando las series de local y visitante y creando una especie de “final de Copa del Mundo” en terreno neutral, donde nadie era local salvo el país anfitrión. Básicamente, sin estudio previo y sin entender de verdad el valor de la Davis para quienes la vivimos como espectadores y para quienes la juegan en la cancha, eliminaron su principal atributo a cambio de más dinero para las federaciones.
El resultado fue catastrófico. Estadios vacíos para ver el choque de dos países en un país donde no hay hinchas; imposibilidad de elegir condiciones de juego; poca tracción de superestrellas para jugar; un lugar incómodo en el calendario; y la eliminación del mejor de cinco sets en favor del show televisado, que tampoco veía nadie. “Venimos a salvar el tenis”, proclamó Piqué en 2018 tras firmar un contrato por 25 años con la Federación Internacional de Tenis (ITF). Cinco años después, con la competencia ya devaluada y los propios jugadores exigiendo cambios, el contrato se disolvió, con Kosmos buscando una compensación millonaria por una finalización que consideraban injustificada.
A pesar de que la copa cambió, alguien se mantuvo. Massú sigue al mando del equipo chileno. Y en todo este tiempo, no ha conocido la derrota jugando de local. Y no me cabe duda de que este éxito se debe a que entiende la competencia y los significados que acarrea para todos los que la viven desde el lugar que les toque. Por esta razón él la vive con tanta pasión. Sabe que la Davis es historia viva del deporte de cada país y no le pertenece exclusivamente a las federaciones, los jugadores, los equipos de trabajo o los auspiciadores. Las historias de cada persona que apoya en el estadio o a distancia se cruzan para crear un relato propio, único de cada territorio en donde se juegue. Durante una semana, entre los días de preparación y competencia, todas las personas que vibramos con el tenis, un deporte que la mayoría del año se juega en formato individual, conectamos con la sensación de pertenencia a un grupo mayor. Los mismos jugadores también lo sienten, subiendo notablemente su rendimiento cuando les toca jugar por su país.
Esta historia colectiva que se crea durante cada serie es un valor intangible y es la razón por la que la competición no desapareció cuando estuvo a punto de hacerlo. Cada cosa que pasa suma para que la memoria del momento sea más fuerte.
Chile vs Serbia
El pasado 6 y 7 de febrero, cuando Chile venció a Serbia por la primera ronda de clasificaciones, no estábamos viendo solo tenis.




Tabilo, antes de saltar a la cancha, se peleó con la federación a través de redes sociales, retirándose del torneo, para luego volver, ganar y reencontrarse con la afición.
También vimos debutar en la competencia a Ognjen Milic, un joven de 18 años con un talento y futuro enormes. El veterano Dušan Lajović chocó contra un vidrio y terminó hospitalizado, mientras Matías Soto obtuvo su primer triunfo como singlista, con la gente quedándose hasta el final para apoyarlo. En septiembre el choque será contra España y, otra vez, seremos locales. ¿Vendrá el número uno del mundo, el joven “Mago de Oz”, Carlitos Alcaraz? Aunque Nico Jarry declaró entre risas que espera que no sea así, cualquier fan del tenis sueña con que el milagro ocurra y podamos ver su despliegue de talento en el Court Central del Nacional u otro recinto de mayor capacidad. Su presencia aseguraría un lleno total. La fecha cae en Fiestas Patrias, lo que le suma aún más atmósfera.
Luego de que Jarry y Barrios sellaran la victoria en el dobles, Massú no se dirigió hacia ellos, sino que se dio vuelta a la banca y buscó a Cristian Garín, apuntándolo y dándole un abrazo de varios segundos, dedicándole la victoria. El padre del jugador había fallecido hace apenas dos semanas y el capitán sabía del esfuerzo que él estaba haciendo para estar allí. Viajó, entrenó toda la semana y se arropó en el equipo para comenzar a salir adelante.
Esa imagen, además de demostrar el liderazgo emocional de Massú, conmueve porque lo más importante de una serie no siempre queda en el marcador. A veces queda en la memoria. El tenis se juega con raquetas y pelotas, sí, pero lo que termina dando son historias, personales y colectivas. Eso es la Copa Davis. El tenis convertido en folclore, en relato popular.
