En Latinoamérica, la planificación urbana suele ser una materia aplicada de ciencia ficción o, peor aún, de la arqueología: solemos descubrir el verdadero estado de la ciudad cuando algo se rompe y hay que excavar. Vivimos en la era del bache al cual se le pone una llanta encima para que luzca y advierta, a manera de oscuro altar y advertencia vial. Por eso, cuando Miguel Treviño –ex alcalde de San Pedro Garza García– publica el libro Contra corriente (Aguilar, 2025), uno esperaría el manual ilustrado del deber ser con potenciales consejos incumplibles. Lo que encontramos es algo más hiriente: la hipótesis fundada de que la eficiencia es, en realidad, el acto más subversivo de la política.

Miguel Treviño es un espécimen a estudiar en el ecosistema nacional: un activista de la sociedad civil que decidió dejar de quejarse para tomar las llaves de la iniciativa. Formado con el rigor del sector privado y la academia, llegó a la alcaldía de San Pedro Garza García, como independiente, rompiendo la hegemonía de los partidos con una premisa práctica: que la política sirve para resolver problemas, no para administrarlos. Su gestión no fue una campaña de seis años, sino un experimento de ingeniería social donde el dato duro y la transparencia buscaron reconstruir la confianza en un país diseñado para sospechar de quien gobierna.
Miguel Treviño, quien gobernó San Pedro Garza, Nuevo León, de 2018 a 2024, plantea una premisa que suena a broma: la ciudad no se rescata con patrullas, sino con parques donde los baños realmente funcionen.
Tuve la oportunidad de platicar con Miguel Treviño y me dejó tan hipersensible como alterado. Expone cómo nuestras ciudades están dejando de ser espacios de convivencia para transformarse en circuitos de supervivencia. Tristemente, el diseño urbano ya no es una consecuencia de nuestra cultura, es su arquitectura de castigo. Y lo podemos atestiguar en los desarrollos habitacionales que se marketean con la mera idea de exclusividad, una palabra que, si se analiza, equivale a un eufemismo de "aquí no entra nadie que no se parezca a ti".
Treviño pone el dedo en una llaga abierta: el abandono de los centros en favor de una periferia que se expande como un tumor de cemento. Es la lógica del desprecio. En su diagnóstico, las ciudades mexicanas padecen una "decadencia de boutique", donde los distritos se convierten en desiertos de oficinas y el espacio de encuentro se privatiza hasta la asfixia. Nos acostumbramos a que el único lugar seguro para vernos sea el mall o el club. Y lo más grave: canjeamos la ciudadanía por la membresía. El resultado es una ciudad hueca de vida pública, donde la infraestructura no sirve para mover personas, sino para esconder privilegios.
Treviño narra una resistencia fascinante: cuando quiso renovar parques de 12 hectáreas, los vecinos, esos ciudadanos que miden su éxito por la altura de sus bardas, protestaron por la instalación de baños públicos. El argumento resultó una joya de la sociología del pánico: "si hay baños, vendrá gente de otros lados". El miedo al "otro", a ese extraño que Jane Jacobs definía como el ingrediente esencial de la vida urbana, es el cemento que sostiene nuestros cinturones de pobreza. Y para prueba: el Poniente de la Ciudad de México.
¿Cuál es el ROI de una banqueta bien iluminada? En San Pedro, la métrica fue contraintuitiva. Mientras el país se hacía cada vez más inseguro, el municipio se mantenía como el sitio donde la gente se siente más cómoda. Y no por tener más pistolas, sino por tener más personas en la calle.
Para Treviño, la honestidad trasciende al eslogan, es un criterio técnico. En la entrevista, va directo a uno de los cánceres: no se puede gobernar con "iluminaciones" de campaña, sino con datos y evidencia. Bajo ese rigor, San Pedro logró que el policía fuera visto como el más honesto y profesional del país en las mediciones del INEGI. Es la caída de un mito: se puede tener una plataforma de seguridad que no dependa del billete a escondidas, sino de la trazabilidad y la rendición de cuentas. Si el ciudadano confía en quien lo cuida, el tejido social deja de rasgarse; si no, la patrulla es solo otro vehículo estorbando el tránsito.
La gestión de Treviño operó bajo una premisa que debería ser elemental para cualquier CEO: la toma de decisiones basada en datos, no en "iluminaciones" ni “me late”. Si el 40% de quienes usan tus parques no viven en tu código postal, pero el índice de delincuencia baja, has descubierto una fórmula de cohesión social. La empatía, ese concepto que los políticos consideran un gasto superfluo e incomprensible, resultó ser el activo más rentable para la paz.
El problema del alcalde promedio es que confunde el legado con el signo de pesos. Treviño pregunta a sus colegas por su herencia de gobierno y los ciudadanos podemos verla a flor de tierra, en las calles. El mensaje de Contra corriente es, en realidad, una advertencia contra la "ciudad desechable". Esa idea muy mexicana de que, si la colonia se pone fea, nos mudamos más lejos, construimos bardas más altas, e instalamos mejores rejas y cámaras.
Pero el mapa y la cordura tienen límites. No se puede vivir permanentemente en una sala de espera VIP mientras el resto del aeropuerto se cae a pedazos. La apuesta de Treviño es que la política, esa actividad que nos produce prurito justificado, es la única herramienta con escala suficiente para que los extraños dejen de ser amenazas y se vuelvan vecinos.
El proyecto más ambicioso de su gestión, el Parque Clouthier, no se levantó en los barrios de apellidos ilustres, sino en la zona popular del municipio. Treviño tiene una tesis de una justicia espacial: la de la puerta de la casa como medida cívica. Hacia adentro, nuestras diferencias pueden ser abismales, pero de la puerta hacia afuera, el espacio público tiene que ser el gran igualador. La inversión en estética y equipamiento en las zonas olvidadas tendría que ser la forma más sensata de decir que en un país no hay ciudadanos de segunda.
Al final, el "sí se puede" de Miguel Treviño no es un eslogan de optimismo ciego, sino un manual de mantenimiento. Porque la democracia, como los baños de los parques de San Pedro, funciona solo si hay alguien dispuesto a asegurarse de que el agua siga corriendo y la puerta esté abierta para todos.