Bajemos primero al taller tipográfico. La raya, el trazo horizontal que mete freno de mano a la lectura, nació con un peso físico rotundo.
En los tiempos de la imprenta de plomo, el bloque de metal que imprimía este signo medía exactamente el mismo ancho que la letra “M” mayúscula, de ahí que los tipógrafos anglosajones la bautizaran como em dash. Mucho antes, en los inicios del siglo XIII, un erudito florentino llamado Boncompagno da Signa ya había inventado una versión rudimentaria para marcar las pausas largas en sus textos. Fue un desarrollo visionario: un pedazo de tinta diseñado exclusivamente para que la voz humana pudiera tomar aire y soltar énfasis.
Esa pausa en la página no tardó en convertirse en la práctica favorita de varios escritores. Laurence Sterne retó las convenciones de la novela en 1759 a punta de guiones largos. En Tristram Shandy, la raya hizo las veces de puente sobre la mancha tipográfica; un recurso diseñado para que el narrador se interrumpiera a sí mismo, dudara en voz alta y perdiera el hilo con ingenio.
James Joyce llevó este recurso a niveles obsesivos. Nadie sabe el origen de su conflicto, pero odiaba las comillas dobles( “ ”), a las que tachaba de “comas pervertidas”, y exigió a sus editores emplear únicamente la raya para introducir los diálogos en Dubliners y Ulysses. Decía que el trazo continuo respetaba la respiración vital de las palabras sin encerrarlas en pequeñas jaulas ortográficas. Virginia Woolf empleaba este guión para soltar el cauce del monólogo interno, y Emily Dickinson la usó en un jadeo rítmico que definía su respiración poética. Históricamente, el guion largo era el síntoma de una mente activa, falible, incapaz de seguir una aburrida línea recta.
Hoy, por un siniestro giro tecnológico, ese mismo trazo horizontal funciona como código de barras, cortesía de un autómata.
Todo empezó con una pregunta de trabajo. Florencia, una amiga provista de un radar ineludible para detectar imposturas en los textos, me mensajeó para preguntar: “¿Estás completando tus textos con inteligencia artificial?”. Comenté que si algo disfrutaba era el reto de la página en blanco y la soltura de la mente para ir enlazando referencias. Entonces pregunté la razón de la duda. “Las rayas. Los em dash que ChatGPT escupe como loco”.
Me quedé callado, atrapado con las manos en la raya. La ortografía mantiene un sistema de castas y yo era delatado por mi simpatía hacia la aristocracia. En la base de esta pirámide descansa el guion corto (-), el soldado que une conceptos que se vinculan como “teórico-práctico” o para salvar sílabas en el precipicio del margen derecho de la página. Un escalón arriba habita el guion medio o en dash (–), un burócrata responsable de dibujar fronteras numéricas (1914–1918). En la torre, al menos así lo veo, reina la raya (—).
Su función nunca fue decorativa. Servía para abrir un espacio sagrado dentro de la oración, introducía un matiz propio. Requería sensibilidad: necesitabas saber entrar y salir de la oración sin estropear el ritmo ni la claridad. Quienes dominaban la raya exhibían cierto pedigrí retórico. Quienes le temían, preferían el terreno plano y seguro del paréntesis.
Hasta que llegaron los Grandes Modelos de Lenguaje (LLMs). En su dieta infinita de textos humanos, las máquinas detectaron un patrón estadístico. Durante las fases de entrenamiento, conocidas como Aprendizaje por Refuerzo a partir de Retroalimentación Humana (RLHF), los ingenieros premiaban los textos que sonaban “naturales”, “cálidos” o “conversacionales”. El algoritmo, una entidad que carece de pulmones, memoria infantil o dilemas emocionales, llegó a una fría conclusión: la presencia del signo Unicode U+2014 (https://unicodeplus.com/U+2014) aumentaba la empatía percibida.
Para gritar a los cuatro vientos que tenía alma, el código necesitaba fingir que pensaba y pensar que sentía. Pixeleó el momento.
En un cambio de versión de un modelo a otro, internet se inundó de rayas. Correos de recursos humanos, reportes financieros y tareas de primaria empezaron a mostrar el repentino uso del guion largo. El trazo parecía tic nervioso. Un intento forzado de dar respiración de boca a boca a un texto muerto. En los foros de programación lo bautizaron simple: the ChatGPT dash.
Esto se sumó a la flojera humana de, primero saber, y luego oprimir tres teclas al mismo tiempo: en mac, Option, Shift y -. En Windows son más: alt y 0150 (en el pad numérico). Pero eso es todo el esfuerzo requerido. Como el único guion visible en el teclado es el corto, cualquier otro guion ha de ser cosa del diablo.
Entonces ocurrió un absurdo milagro. Ante la epidemia de rayas artificiales, los humanos empezamos a crucificar nuestro propio invento. Escritores que atendían la digresión con el ritmo de un baterista que silencia todo, excepto el tintineo del contratiempo, optaron por borrar las rayas de sus borradores. Inició el pánico del AI-shaming: el terror contemporáneo a ser confundido con un bot.
Regresamos a la burocracia de las comas y a la rigidez del punto y seguido. Nos autoimpusimos una redacción plana, cuadrada, casi algorítmica, pero de los años 80. Adoptamos la precisión binaria de una máquina solo para demostrar que estamos vivos. La máquina, en cambio, empezará a usar comillas francesas. El pánico, por supuesto, no es exclusivo de Florencia ni mío. En las escuelas preparatorias de Estados Unidos, los adolescentes que redactan sus ensayos de admisión universitaria evitan el guion largo como si fuera material infecto-contagioso; temen ser excluidos por el empleo de una raya. En los espacios literarios como Reddit y Substack, hay autores que rasgan sus vestiduras lamentando el hecho y otros que se burlan con advertencias precautorias: “Ninguna de estas rayas fue generada por ChatGPT, son simple herencia millennial”.
La crisis es tan intensa que la revista Air Mail tuvo que encuestar a un escuadrón de escritores, cineastas y celebridades para tomar el pulso de las cosas. Las respuestas demostraron que la ortografía es un campo minado. Hubo desertores confesos. Lena Dunham admitió que, víctima de la paranoia generalizada, abandonó la elegancia de la raya para refugiarse en el guion corto: “Como los dedazos en cerámica, demuestran que aquí hubo un humano”. Otros, como el director Judd Apatow, se encogieron de hombros ante la invasión: confesó que abusa del guion largo simplemente porque no entiende las reglas gramaticales, lo que le hace sospechar que la IA es, en el fondo, bastante estúpida.
Pero hay quienes se niegan a entregar las armas. El comediante Seth Meyers defendió la raya como recurso que le dice al lector: “disfruto escribir, pero a diferencia del punto y coma, no soy mamón”.
El escritor Dave Eggers aplicó su naturaleza lúdica, recordando que fue Tom Wolfe quien llevó la raya a su cumbre literaria. Sin embargo, el manifiesto visual de la resistencia lo soltó la periodista Lili Anolik. Resumió el absurdo de esta cacería de brujas sintáctica así: “pedirle a un escritor que renuncie a la raya es como pedirle a un carpintero que entregue el desarmador. Está en la caja de herramientas. ¿Por qué habría de entregarlo? No me importa si la IA la ensució. La raya se queda.”
Terminé la charla con Florencia —con la decisión de escribir este texto— compartiendo bromas y textos que abordan el tema, pensando que estamos en la etapa germinal de la IA. Cambiamos nuestra forma de escribir para alejarnos de un robot que está aprendiendo a imitarnos. Solo que abandonar la raya representa más que dejársela a la IA. Es ceder soberanía del lenguaje y del pensamiento.
La resistencia tendría que iniciar por teclear esa línea ancha e incómoda en medio de la página, con toda la insolencia posible, nomás para recordarle a la pantalla quién inventó la duda.
Posdata.
Si te gustó el tema, te recomiendo estos recursos:
Aspinall, W., & Mars, R. (2026, 3 de febrero). The Em Dash. 99% Invisible. https://99percentinvisible.org/episode/658-the-em-dash/transcript/
Bonapfel, E. (2014). This paper examines punctuation in Dubliners through the lens of Joyce’s correspondence with publisher Grant Richards. En Joyce, Benjamin and Magical Realism (pp. 71-84). Brill. https://brill.com/display/book/9789401211833/B9789401211833-s006.pdf
Goedecke, S. (2025, 30 de octubre). Why do AI models use so many em-dashes? Sean Goedecke Blog. https://www.seangoedecke.com/em-dashes/
Luu, C. (2025, 20 de agosto). Stop AI-Shaming Our Precious, Kindly Em Dashes—Please. The Ringer. https://www.theringer.com/2025/08/20/pop-culture/em-dash-use-ai-artificial-intelligence-chatgpt-google-gemini
SpinUp Creative. (2025, 30 de octubre). Em Dash: The Most Misused Punctuation in the AI Era. SpinUp Creative. https://spinupcreative.com/em-dash-the-most-misused-punctuation-in-the-ai-era/
Jensen, E., & Carter, A. (2025). The Em Dash in the Age of A.I. Air Mail.https://airmail.news/issues/2025-12-6/in-defense-of-the-em-dash