Cuando hablamos de autos eléctricos se me vienen dos ideas a la cabeza, hasta cierto punto contradictorias: por un lado, un Tesla corriendo a máxima velocidad por una autopista norteamericana haciendo alarde de su diseño lujoso; y por otra, mi tía Gloria, que muy ecologista sesentera maneja un Prius híbrido para contaminar menos sin gastar tanto.
Ahora último también me viene a la mente una tercera imagen, más rara todavía: es en blanco y negro, hay un auto bien, bien antiguo, una proto-citroneta, y al lado una mujer vestida a la usanza de los 1900 se prepara para echar andar una batería conectada al auto.
La imagen no me la inventé yo, la vi mientras leía sobre la historia de los autos eléctricos.

La cosa iba más o menos así. Con el cambio de siglo también se había cambiado un paradigma fundamental de la movilización: adiós a los caballos, bienvenido el transporte motorizado. Pero en aquellos años de experimentación todavía convivían los motores a gasolina, vapor y, por supuesto, electricidad.
Dicen que incluso Thomas Edison –paladín de la electricidad y que confiaba a muerte en los autos eléctricos–llegó a plantearle a su amigo Henry Ford diseñar el auto del futuro. Pero fueron el mismo Ford y su mítico Modelo T los que sepultaron las esperanzas del auto eléctrico en 1908.

Pasarían más de 100 años para que los autos eléctricos volvieran a estar de moda. Factores como el costo del petróleo y el cambio climático han puesto a mi tía Gloria y a Elon a la vanguardia, como a Edison y Ford.
Irónicamente, la marca que hoy en día tiene a los autos eléctricos en boca de todos lleva el nombre del máximo rival de Edison: Nikola Tesla.
Quién sabe, tal vez sea el momento de Tesla. Nosotros partimos por probar uno de sus lujosos modelos:
Elon, eso sí, parece que no quiere arriesgarse a cometer el mismo error de Edison, y ya se arrimó a buen árbol: se convirtió en uno de los confidentes del recién electo Donald Trump. Todavía está por verse qué tipo de beneficios le traerá al empresario sudafricano esta nueva amistad.

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