¿Puede el dinero comprar la felicidad? Debe ser una de las preguntas más antiguas, más superficiales y más profundas de la humanidad. Es superficial porque es evidente que no: la felicidad se compone de muchos elementos —la salud, las relaciones humanas, alcanzar metas significativas— y el dinero es solo uno de ellos. Pero es profunda porque el dinero desbloquea una multitud de experiencias y libertades que se relacionan con lo que más nos importa en la vida. Como dirían algunos autores, el dinero no lo es todo, pero es parte de todo.
De las migajas a los palacios: posturas filosóficas en torno al dinero
Existen tantas respuestas a esta pregunta como personas a las que les preguntes, por eso decidí ver qué ha hecho la ciencia para tratar de zanjar el debate. Sin embargo, antes de visitar el árido mundo de la academia, repasemos informalmente lo que distintas religiones y corrientes filosóficas nos pueden enseñar sobre la relación entre la felicidad y el dinero. Podríamos empezar con un extremo, los ascetas, que son personas que deciden renunciar a cualquier tipo de comodidad material en busca de la perfección espiritual. Acaso el más famoso sea Diógenes de Sínope, a quien Alejandro Magno visitó un día y le preguntó si podía hacer algo por él, en parte por respeto, en parte para mostrar su grandeza. Diógenes simplemente le pidió que se hiciera a un lado porque le estaba tapando el sol, y así selló su inmortalidad en el mundo de la filosofía. El equivalente moderno podría ser Yongey Mingyur Rinpoche, un respetado lama tibetano que se escapó de su palacio para convertirse en mendigo (aquí su libro al respecto).
Pero es claro que el ascetismo no es para todos, ni siquiera para los más iluminados. En la biografía novelada de Buda, Camino Viejo, Nubes Blancas, del maestro Zen Thich Nhat Hanh, se explica que Buda fue un asceta durante un tiempo, pero que decidió abandonar ese camino un día en que pudo comer apropiadamente y se encontró a sí mismo disfrutando mucho más del atardecer y, simple y sencillamente, sintiéndose mucho mejor. De ahí que el budismo, aunque promueva la sencillez y enfatice el entrenamiento mental como el medio principal para liberarse del sufrimiento, nunca abogue en favor de las privaciones extremas, ya que reconoce la relación entre el cuerpo y la mente.
Los estoicos tienen una postura similar. En su libro A Guide to the Good Life, William Irvine relata que el estoicismo no está en contra de poseer riquezas —Séneca era famosamente opulento—, pero sí nos advierte de sus peligros. En particular, elevar demasiado tu estilo de vida puede limitar tu capacidad para disfrutar las cosas sencillas de la vida, haciéndote así un poco “débil de espíritu” (¿hay algo más odioso que una persona en primera clase quejándose con la aeromoza?). Sin embargo, el estoicismo es un camino racional y reconoce que tener más dinero te puede ayudar a tener un mayor impacto positivo en la sociedad si lo sabes utilizar bien.
El catolicismo también considera altamente virtuoso donar dinero a los más necesitados y enfatiza la importancia del desarrollo espiritual sobre la acumulación de bienes materiales. Más allá de la famosa frase sobre lo improbable que es para un rico entrar al Reino de los Cielos, en Mateo 6:19-20 Jesús recomienda acumular tesoros incorruptibles en el Cielo (es decir, desarrollo espiritual) en vez de tesoros perecederos en la Tierra.
En fin, la mayoría de las grandes tradiciones van por el camino medio: el dinero no es la última meta, pero tampoco hay que rechazarlo. Aquí termina el tour al pasado (si eres un filósofo importante y no te citamos, una disculpa). No hemos ni siquiera definido la felicidad, y si queremos entender mejor este fenómeno tan elusivo, tenemos al menos que escuchar a personas que han dedicado tiempo a investigarlo. Personas como Daniel Kahneman.
Definiciones académicas preliminares
Evaluación de la vida: la valoración global que una persona hace de su vida, su satisfacción general con la vida que tienen. En inglés se llama life evaluation o evaluative well-being.
Bienestar emocional: qué tan bien o mal se siente una persona durante los momentos de su vida. Se refiere a la calidad emocional de la experiencia del día a día de una persona. En inglés se le dice emotional well-being o experienced well-being.
El estudio “anti-envidia”: el dinero ayuda, pero hasta cierto punto.
En 2010, Daniel Kahneman y Angus Deaton, ambos ganadores del premio Nobel en Economía, publicaron un artículo académico sumamente influyente titulado “Altos ingresos mejoran la evaluación de la vida pero no el bienestar emocional” (High income improves evaluation of life but not emotional well-being), donde analizaron más de 450.000 respuestas de encuestas realizadas a residentes de Estados Unidos. En este artículo argumentan que, a mayores ingresos, la evaluación que las personas hacen de sus vidas siempre mejora, pero el bienestar emocional se mantiene estable una vez superados los 75.000 USD anuales (75.000 USD en el 2010 equivalen a aproximadamente 113.000 USD hoy por la inflación).
Los datos fueron recolectados por la organización Gallup, y la evaluación de la vida se midió con una herramienta llamada “Cantril ladder”, en donde le hacen a las personas la siguiente pregunta:
Por favor imagine una escalera con escalones numerados del 0 al 10 (de abajo hacia arriba). La cima de la escalera representa la mejor vida posible para usted, y el inicio de la escalera representa la peor vida posible para usted. ¿En qué escalón diría usted que personalmente siente que está parado en este momento?
Por otro lado, el bienestar emocional se midió combinando respuestas sobre si las personas experimentaron o no ciertas emociones. Las personas recibían la pregunta “¿Usted experimentó las siguientes emociones durante una buena parte del día de ayer? ¿Qué tal el ___?” Y preguntaba de una en una por el enojo, la tristeza, el disfrute, la felicidad, etc. Es importante mencionar que las respuestas eran binarias (sí/no), que no eran sobre el momento actual sino sobre el día de ayer en general, y que a cada persona solo se le preguntó una vez por cada emoción.

Hay muchas observaciones y aclaraciones que hacer respecto a este artículo. En primer lugar, como explican los autores, el estudio habla sobre diferencias, no sobre cambios. Es decir, el estudio no dice que te vas a sentir igual si ganas 70.000 USD anuales y te aumentan el sueldo a 150.000 USD anuales. Lo que el estudio más bien dice es que las personas que ganan 75.000 USD o más reportan niveles similares de bienestar emocional, aunque a mayor ingreso, mejor es la evaluación de la vida que reportan.
Es interesante notar las hipótesis de los autores respecto a los supuestos límites de las mejoras en el bienestar emocional. Los autores conjeturan que probablemente los beneficios de tener más dinero vengan acompañados de algunos efectos negativos, y mencionan un estudio que “provee evidencia sugestiva entre una posible asociación entre altos ingresos y una capacidad reducida de saborear pequeños placeres”, precisamente la advertencia que estoicos como Musonio Rufo y Epicteto hicieron hace cientos de años.
Los autores encontraron también que la pobreza exacerba el impacto negativo de las circunstancias adversas. Por ejemplo, los hogares con ingresos de menos de mil dólares al mes experimentaban mucho más dolor emocional ante situaciones como divorcio, soledad y enfermedades, e incluso en los fines de semana su estado emocional veía menores mejoras que los otros grupos. Los autores concluyen, “más dinero no necesariamente compra más felicidad, pero menos dinero está asociado con dolor emocional”.
Decir que este estudio se hizo famoso sería minimizarlo. Ha sido citado más de 5.000 veces en artículos académicos y aparece en casi cada libro de finanzas personales, particularmente cuando los autores quieren hacerte sentir mejor después de explicarte que has hecho todo mal desde que tienes 15 años. Hasta el mismísimo Morgan Housel, autor de The Psychology of Money, lo cita en su entrevista con el filósofo y escritor Sam Harris como si fuera una verdad incontrovertible, una nueva “ley de la física del dinero”.
¿Y no será que este estudio se hizo tan famoso porque una parte de nosotros realmente desea que esta sea la verdad? Emociones a un costado, exploremos fríamente esta cuestión. ¿No son las conclusiones de este estudio una especie de antídoto contra la envidia? Por ejemplo, casualmente solo me descubro a mí mismo pensando que el dinero no da la felicidad al interactuar con personas notoriamente adineradas, mientras que el resto del tiempo proactivamente trabajo por mejorar mi carrera profesional, lo cual es una especie de contradicción. ¿Qué mejor que tener un estudio académico, escrito por nada más y nada menos que dos premios Nobel en Economía, para respaldarnos en esos momentos vulnerables?
¿Y no será un poco aterradora, pero también lógicamente defendible, la postura contraria, es decir, que el dinero nunca deja de mejorar ambas medidas del bienestar? En la parte II de esta serie exploraremos un artículo académico de Matthew Killingsworth, un investigador de la universidad de Pennsylvania, titulado Experienced well-being rises with income, even above $75,000 per year. Usando una metodología más robusta para medir el bienestar emocional, Killingsworth descubre que el dinero nunca deja de tener un impacto positivo en esta métrica ni en la otra, la evaluación de la vida. Es decir, que el dinero de cierta forma sí puede comprar un poco de felicidad. Pero no desesperéis, querido lector. Al puro estilo de una película, Deaton, Kahneman y Killingsworth se reunieron para escribir juntos un tercer artículo académico titulado Income and emotional well-being: A conflict resolved.
Si bien resolver de forma definitiva esta cuestión podría estar más allá del alcance de cualquiera de nosotros —inclusive aquellos que han ganado un premio Nobel—por lo menos hay que intentarlo.