Vivimos bajo la superstición de que la realidad existe, solo si está notariada. Construimos una civilización donde un terreno no es tierra hasta que tiene escrituras y donde el agua no es líquido vital, sino una concesión administrativa. En esta danza de ficciones legales, donde creemos que el mundo se mejora por decretos y firmas al calce, Luisa Reyes Retana lanza una piedra, o un caudal, con su novela Mal de río (Random House, 2025).
La premisa podría parecer, a simple vista, un eco de las luchas ambientales que llenan los espacios noticiosos: la construcción inminente de una presa hidroeléctrica que amenaza con estrangular al río Usumacinta. Pero lo que Luisa Reyes Retana pone en juego es la aguda crisis de nuestro lenguaje para relacionarnos con lo que no es humano.
En entrevista, la autora desnuda uno de los problemas del derecho ambiental actual: para defender al río, el sistema nos obliga a disfrazarlo de persona.
Hay una corriente jurídica global (con casos célebres en Nueva Zelanda y Colombia) que busca otorgar personalidad jurídica a los ecosistemas. Suena progresista, en el fondo legítimo. Pero la autora detecta en esto una trampa antropocéntrica: somos incapaces de respetar una forma de vida si no la antropomorfizamos. Necesitamos que el río sea un sujeto de derecho, un algo capaz de tener RFC y domicilio fiscal, para concederle posibilidad de diálogo.
Esta es la humanización forzada que la novela critica. Al intentar meter el Usumacinta en un código civil, cometemos otra categoría de colonización. Le decimos al río: “Te salvaré, pero solo si aceptas jugar bajo mi burocracia”. Luisa Reyes Retana sugiere que esta estrategia no es otra cosa, más que una derrota cultural. El río tiene una agencia propia, una voluntad física y biológica que no requiere de nuestra validación legal para ser legítima. El agua fluye con indiferencia cotidiana y esa indiferencia es lo que nos descoloca.
El progreso como violencia fundacional
Hay un momento en el pensamiento de Luisa Reyes Retana donde la infraestructura deja de ser ingeniería para convertirse en semiótica. La presa hidroeléctrica en Mal de río trasciende a cualquier villano o enemigo de la cultura pop. Es la encarnación del olvido.
La autora habla de la violencia fundacional de estos proyectos. No es solo el desplazamiento de comunidades o la alteración de los ciclos de lluvia, que de por sí son gravísimos cuando protagonizan. Es la imposición de un discurso de futuro que parece demandar el sacrificio del presente. La presa promete luz eléctrica para ciudades lejanas a cambio de la oscuridad local. Es el trueque de la modernidad: cambiamos paz mental por voltios.
Aquí, el mal de río deja de ser metáfora para colocarse como diagnóstico de esta era. Príamo, un abogado que padece el mal que da nombre al libro, somatiza el territorio. Su cuerpo entiende lo que su mente legal intenta procesar: que la pérdida de un paisaje es una amputación. La novela recuerda con insistencia que no habitamos el mundo como quien habita un Airbnb; somos ese mundo. Y cuando el río enferma, la patología se extiende a quienes lo miran.
No encontrarás en este libro, un final sencillo donde el ingenioso abogado detiene a las excavadoras con un discurso mesiánico en la parte final de la obra.
En cambio, la autora propone otra hipótesis: la resistencia se ejerce desde la derrota. Príamo sabe, o intuye, que la maquinaria del progreso es imparable. Pero litiga igual. Escribe amparos como quien escribe cartas en botellas al mar. Esta necedad ante lo inevitable dota al personaje de una dignidad trágica. El río podrá ser represado, pero el acto de nombrarlo, de testificar su cauce libre, se convierte en la única victoria posible contra el olvido.
Litigar contra la intemperie
Mal de río deja una inquietud que queda en la mente mucho tiempo después de cerrar el libro. Empuja a cuestionar la soberbia de nuestras instituciones. Queremos legislar el clima, patentar las semillas y aplicar derecho de consumo al aire. Pero la literatura de Luisa Reyes Retana funciona como señalética de nuestra escala real.
Podemos escribir todas las leyes que se nos ocurran. Podemos llenar los juzgados de expedientes y dictámenes periciales. Al final, el río tiene una pieza clave que nosotros carecemos: una paciencia geológica.
El Usumacinta estaba ahí antes de que se nos ocurriera la palabra “justicia”, y seguirá ahí, de alguna forma, cuando hayamos concluido este tránsito vital. La novela no pretende ser un juicio, pero resulta un espejo. Muestra lo pequeños que nos vemos cuando pretendemos dar forma al agua en un cauce de río.