Dicen que un 80% de las personas que entra al Louvre lo hace para ir a ver la Mona Lisa. Unas 30.000 personas al año, para que te hagas una idea.
Siempre me he preguntado: ¿cuántos de ellos se sentirán decepcionados cuando se encuentran con la pintura de Da Vinci? Es pequeña, hay que mirarla de lejos porque tiene un perímetro acordonado y está siempre repleta de gente sacándole fotos como si fuera el final dramático de una carrera de caballos. A veces hay que hacer una fila solo para verla. Me cuesta creer que alguien tenga el tiempo y la capacidad para "apreciarla" en ese contexto.
Esta es la situación, básicamente:

Pero también me imagino a un montón de turistas decepcionados que terminan encantándose con otras pinturas. Los otros cuadros de Da Vinci que están en el museo son increíbles, está literalmente tan lleno de obras maestras que necesitas más de una día para verlas todas. Personalmente, la que me dejó más impresionado fue esta:

La Coronación de Napoleón, de Jacques-Louis David. En una página no se alcanza a apreciar el tamaño de la pintura, así que intentaré dejarte algo con un poco más de perspectiva.

Es grande, muy grande. En estos tiempos en que podemos recorrer la historia completa de la pintura sin salir de Google, se nos olvida que algunas pinturas son muy pequeñas –como algunas de Salvador Dalí– y otras muy grandes, como esta. Así es muy fácil pasar por alto que el tamaño de una obra es parte constitutiva de ella misma: es una elección más entre las miles que tiene que tomar un pintor cuando se lanza a un proyecto. Igual que los materiales, la temática, el estilo, la técnica, etc.
Lo que me gusta de esta pintura de David es que hace muy evidente esta relación entre tamaño y tema: un momento histórico, cargado de simbolismo y tensión, que necesitaba verse y sentirse grande... tenía que ser un cuadro grande. Como cuando mi tío demente por el fútbol decía que las finales de Mundial había que verlas en pantallas de 60 o más pulgadas. La Coronación mide 6 metros de alto por casi 10 de ancho: perfecto para una final del Mundial.
Fue tan popular en su época, que formó parte de otro cuadro. Un cuadro dentro de un cuadro:

Además, fue una pintura realizada por petición de Napoleón a David, que por ese entonces era el pintor oficial del Reino. Lo que nos habla un poco de su historia como artista:
El cuadro en sí da para una clase completa mirando sus detalles: lo primero, es que la persona siendo coronada no es Napoleón, sino su mujer, Josefina. El que pone la corona eso sí, es Bonaparte, y sí, está más arriba que ella. David fue muy astuto al insertar una serie de símbolos que mostraban a Napoleón como un nuevo tipo de monarca: no uno que obtuviera su derecho por investidura divina o por herencia de sangre, sino uno ilustrado. Un Emperador, más que un Rey.
Y por eso el cuadro además está lleno de chismecitos. El más evidente está en las figuras principales: quien está detrás de Napoleón es el Papa, a quien Napoleón había invitado al evento para que bendijera todo el asunto y coronara a Josefina. Pero en el último momento Bonaparte, siempre tan egocéntrico, le quitó la corona de las manos y realizó él la unción. Una clara demostración de quién iba a ser quién en esta nueva etapa.

Y así está repleto de detalles, desde la lista de invitados (204 figuras se pueden contar, y hay algunas, como la madre de Napoleón, que en realidad no asistió a la coronación) hasta los laureles romanos y los colores. Cuando Napoleón finalmente vio la pintura, quedó muy contento, y especialmente por el tamaño: esto no es una pintura –dijo– uno puede caminar en este cuadro!
Esta fue una pintura realizada por petición de Napoleón a David, que por ese entonces era el pintor oficial del Reino. Lo que nos habla un poco de su historia como artista.
Varios años antes del pedido de Napoleón y las pinturas monumentales Jacques-Louis David era el pintor de la Revolución Francesa. Algunos años antes de que Robespierre y Murat entraran en escena, los cuadros de David ya tenían un cierto tono político: siempre consideró que había que ser un artista comprometido –una máxima que siguió siempre, aunque cambiara de bando–.
Así pintaría sus primeras obras más reconocidas. Por ejemplo las tres que ponemos a continuación, que usando temas clásicos como la Roma de la antigüedad o la Grecia clásica reafirmaba sus convicciones revolucionarias basadas en los textos de Rousseau. La tercera es incluso más directa: El juramento de la cancha de tennis, una pintura que nunca se terminó, en la que David quería plasmar uno de los momentos más importantes de la Revolución, cuando la gran mayoría de los actores políticos de la época se juntaron en una cancha de tenis –sí, en una cancha de tenis– a juramentarse no descansar hasta que Francia tuviera una constitución propia.



El juramento de Horacio - La muerte de Sócrates - El juramento de la cancha de tennis. Tres pinturas que mostraban el lado más político del primer David
Pero Robespierre visitaría la guillotina después de varios años caóticos y la Revolución desembocaría en el reinado de Napoleón Bonaparte.

David, fierro partisano de la Revolución y sus ideales, sería encerrado en prisión. No una tan trágica tampoco: tenía para pintar y su mujer se fue a vivir con él. Hasta que captó la atención de Napoleón, quien lo sacó de prisión, lo nombró pintor oficial del régimen y lo puso a trabajar.
En esta nueva época mantendría sus referentes neoclásicos, pero los usaría para promover la reunificación nacional, el nuevo imperio francés y, como no, a su jefe, el humilde Napoleón.



Jacques-Louis siguió la máxima de Groucho Marx: "Estos son mis principios, y si no les gustan, tengo otros".