La nueva adaptación de la única novela de Emily Brontë generó escepticismo en cada fase de su existencia: cuando se anunció, la gente cuestionó la visión que pudiera traer al proyecto Emerald Fennell, la directora de Saltburn, por lo general más preocupada de provocar que de comunicar. Al haber reportes de casting, se criticó la raza de Jacob Elordi, quien interpretaría al mítico antihéroe Heathcliff, que en el libro es descrito como “moreno” y “gitano”. Cuando empezó la publicidad, llamó la atención que el afiche vendiera la historia como un melodrama romántico de novela rosa.
¿Y por qué el título estaba en comillas? Las fotos del vestuario que vestiría Margot Robbie, el soundtrack de Charli XCX, todo hacía presagiar que esta versión poco tendría de fidedigna con el material original. ¿Y por qué la estrenan en San Valentín?
Ahora que ya está en cines, las críticas y opiniones no han parado, desde la gente que la agradece como superflua entretención veraniega hasta quienes afirman que esto es lo peor que le ha pasado al legado de Brontë desde que murió de tuberculosis. Muy en la lógica de la carrera de Fennell, que ha logrado que las masas incendien las antorchas desde su debut con Promising Young Woman.
Una novela oscura sobre clasismo y resentimiento
La novela había sido llevada al cine antes. La adaptación más alabada es la clásica de William Wyler de 1939, que se puede ver en Youtube, y otra muy notable es la de Andrea Arnold (la directora de Bird y American Honey), que presentaba una versión sucia y realista.
Esa aproximación le sienta bien al material, porque la verdad es que Cumbres Borrascosas es un libro bastante oscuro, en el que la tragedia de los amantes no es que no puedan estar juntos, sino que está en el daño que se hacen debido a eso.
Heathcliff es adoptado por la familia rica de Cathy, y el no poder pertenecer a esa sociedad los lleva a ambos a casarse con las personas equivocadas y luego a resentirse. Hay muerte, traición, maltrato y enfermedad. La primera adaptación a película, un material perdido de 1920, definía la historia en su afiche simplemente como “una historia de odio” y es que el resentimiento de clase era la fuerza que mantenía la historia una vez que Cathy moría, y se reproducía el daño a través de las siguientes generaciones.

La película de 1920, ahora inexistente
Por eso la confusión de esta nueva adaptación que parecía más un comercial de perfume que una saga trágica sobre un hombre inmoral que destruía a dos familias en su incapacidad de redimirse.

La adaptación de Emerald Fennell: sexo, sadomasoquismo y amor tabú
Ya estaba claro que esta nueva versión sería claramente pop y juvenil, la pregunta es qué tanto se alejaría de los temas que identifican a la novela y qué tan kinky se pondría una directora que en su última película mostró todos los fluidos humanos existentes.
Y lo primero es que sí, la profundidad gótica que ha inspirado durante décadas a la gente a seguir reimaginando esta historia no está presente. La crueldad, la violencia emocional y el racismo no son partes de esta adaptación, que finalmente ve a los amantes como una pareja condenada, incapaz de dejar de atraerse y alejarse, rodeados de mentiras y vaivenes como en un melodrama de época cualquiera.
La mayoría de las quejas vienen de este lugar (incluyendo a una indignada Mariana Enríquez), de que la brutalidad de Heathcliff sea suavizada al punto de que el antagonismo pase a ser encarnado por la doncella de Cathy. Pero da igual, porque en su lugar tenemos vestidos de latex, paredes de piel y montajes pop (cortesia de Charli XCX con nuevas canciones con nombres como “Cadenas de amor” y “Muriendo por ti”) con la pareja protagónica teniendo sexo.
Y la producción está a la altura de esta indulgencia. Es la película más ambiciosa de Fennell en cuanto a escala (al contrario respecto a lo narrativo o conceptual) y tanto la dirección de arte como de vestuario se están luciendo constantemente como si de comercial de Vogue se tratara.
La travesura que logra meter la directora aquí tiene que ver con el sadomasoquismo (algo que podría, lejanamente, desprenderse del material original) y una que otra masturbación, pero curiosamente, para algo que se vende como una provocación, lo que le falta es justamente ir más allá.
Hace unos años, en la crítica de Saltburn, hablamos de lo difícil que era provocar en esta época, y que solo por intentarlo la gente ya estará dispuesta a no inmutarse. Aquí Fennell peca un poco de lo mismo, de no profundizar en aspectos más allá de lo estético y, sin embargo, nuevamente está toda la gente sorprendida y quejándose.
No puedo decir que estoy haciendo Cumbres Borrascosas – dijo Fennell en una entrevista – No es posible. Lo que sí puedo decir es que estoy haciendo una versión de ella. La versión que recuerdo haber leído y que no es real, donde quería que pasaran cosas que nunca pasaban. Entonces, esto es Cumbres Borrascosas y, a la vez, no.
Quizás lo más sano es verlo así. Liberar a la película de toda expectativa y reconocer que lo que tenemos: la más libre de las adaptaciones, la versión soft y aesthetic que reimagina la historia desprovista de las tensiones raciales y de clase que la hicieron relevante en primer lugar, que le pone música pop, hace que un par de superestrellas se besen con muchísima lengua y que seguramente hará muy buena taquilla gracias a la gente curiosa que va al cine un 14 de febrero a ver con qué nos intentarán seducir esta vez.
Nota de riesgo: moderada