Inspirados en este tweet de Omar Larré, quisimos armarle un pequeño homenaje a Chuck Norris.
Recuerdo estar en un patio, sentado con mis socios, bajo la sombra de un sol de fin de año 2017, pensando "qué nombre tiene que tener un fondo para transmitir riesgo, pero al mismo tiempo no sonar como un fondo mutuo genérico, o peor aún, un nombre rimbombante/siútico..."
— Omar Larré 💻☕🌱🇨🇱🇲🇽🌎 (@omarlarre) March 20, 2026
RIP https://t.co/pOMwWmPY23
El viaje en tren tiene un lugar privilegiado en el imaginario colectivo. Se percibe como una experiencia nostálgica, romántica, casi onírica. Todo lo contrario a su pariente cercano, el bus. Andar en bus es hostil, prosaico, nada inspirador. Parecería que ningún poema o idea revolucionaria puede ser concebida en un Quillota - Valparaíso, o en un Talca - Linares.
Pero habiendo recorrido en bus una distancia equivalente a darle más de 15 vueltas a la Tierra (hice el cálculo), habría que ser bien poco imaginativo, o adaptable si se quiere, para no encontrarle su gracia a este medio de transporte.
Te subes al bus y sacas el celular casi en piloto automático: te enteras que Trump pospuso los ataques a Irán por una semana mientras se desarrollan las negociaciones, aunque Irán no reconoce ninguna conversación (será que tampoco contestan llamadas de números desconocidos). Luego lees que un personaje anda anunciando la llegada del anticristo. Será un “locatelli” (como dice mi mamá). Pero el personaje es Peter Thiel, cofundador de Palantir, la empresa que procesa información para el Departamento de Defensa de EE.UU. “Algo sabrá”, piensas. Mejor te pasas a las noticias locales, y ¡paf! aumento de $370 de la bencina.
Mejor guardar el celu y viajar como otrora.
Cuando no andábamos con pantallas en los bolsillos, la cosa era distinta: si no tenías una prueba de la U que calentar, o una presentación para la pega que afinar, y hacer carreras entre las gotas que se deslizan por la ventana, ya no te divertían como cuando chico, el viaje podía ser bien aburrido.
Por eso, ver al auxiliar emerger desde la cabina del conductor, con un DVD o VHS en la mano, generaba alta expectación: casi se podía escuchar el tronar de los cuellos al estirarse sobre los asientos para ver de qué película se trataba.
Tampoco es que tenían una extensa colección, se repetían bastante. Los más viajados podían reconocer qué película era apenas aparecía el logo del estudio detrás de la película. Y cuando era The Cannon Group, daban ganas de sacar cabritas porque probablemente se venía una de Chuck Norris.
En mi caso, era época de Universidad. Y no había mejor manera de volver a la casa que agarrando asiento en el bus (detalle no menor) y que pusieran Desaparecido en acción, Fuerza Delta, Invasión a EE.UU., o cualquiera de Norris, en verdad. Verlo arrasando con cientos de vietnamitas, enemigos de Medio Oriente y en general cualquier adversario de EE.UU., a veces de las maneras más inverosímiles imaginables, era la chatarra perfecta para después de un día difícil.
Tan perfecta que a veces uno se bajaba más allá del paradero cerca de tu casa, para ver el final de la película. Como si no fuera obvio que Norris vencía a todos y quedaba como héroe, pero valía la pena la caminata después para ver ese momento.
Otras veces la experiencia no era de las mejores, pero no por culpa de Chuck, sino porque el bus se llenaba y de pronto sonaba el fatídico grito del auxiliar “pueden avanzar por favooor, queda espacio en la parte de atrás, avance por favooor”. Y ya no podías ver la película, porque la pantalla quedaba tapada por una o más cabezas de personas desconsideradas que tenían mucho apuro en llegar a sus hogares y no fueron capaces de esperar un bus más vacío. Eso pensaba en mi juventud inconsciente. Me arrepiento ahora. No tanto.
Q.E.P.D. Carlos Ray "Chuck" Norris (1940 - 2026)