El Fondo Autónomo de Protección Previsional (FAPP) es un nuevo organismo público autónomo, creado por la reforma previsional, destinado a financiar prestaciones del Seguro Social, como el beneficio por años cotizados y la compensación por diferencias de expectativa de vida, cuyos pagos a los actuales jubilados comienzan este mismo mes.
Este fondo se financiará principalmente con aportes del Estado y con préstamos con rentabilidad protegida provenientes de cotizaciones de los trabajadores, que parten en 0,9% de la renta imponible, suben a 1,5% el 2027 y, a partir de 2046, se reducen gradualmente hasta llegar a 0% en 2056.
Por diseño, el FAPP debe invertir con un horizonte de muy largo plazo, superior a 75 años, y con un mandato inequívoco de maximización de rentabilidad, riesgo prudente y evaluación periódica, incluso por parte del Congreso. No es un fondo de emergencia fiscal ni un instrumento pensado para el corto plazo.
Y ahí veo una oportunidad: si se diseña bien su gobernanza y su estrategia de inversión, el FAPP puede convertirse en un inversionista institucional de clase mundial, con diversificación global y horizonte intergeneracional, capaz de aspirar a estándares como los del Norges Bank, banco central de Noruega y gestor de su fondo soberano, reconocido mundialmente por invertir con disciplina y visión intergeneracional los recursos del petróleo noruego.
En el fondo, las oportunidades que abre el FAPP son una prueba de madurez: tomarnos en serio el largo plazo como país y pensar hoy en beneficios sostenibles por generaciones.
