En el 2020, la escritora Maggie O’Farrell estrenó Hamnet advirtiendo: “esta novela es el resultado de mis vanas especulaciones”. Lo que hacía en su narración era contar parte de la historia de Shakespeare, pero no desde su punto de vista ni con él como protagonista.
Se centró en su esposa Agnes y en el destino de su hijo Hamnet, quien según registros efectivamente existió y murió a los once años a finales del 1500. El libro era el intento de la autora por completar espacios desconocidos de sus vidas y por darle sentido a la muerte del niño, buscando verdades en este recuento ficticio.
Su viaje especulativo a una villa inglesa del siglo XVI resultó muy popular. La novela Hamnet fue un éxito de ventas y crítica, y en poco tiempo se aprobó su adaptación al cine. Y esto se haría trayendo toda la artillería pesada: producida por Steven Spielberg, dirigida por la ganadora del Oscar Chloe Zhao y protagonizada por dos de los actores con más demanda actualmente: los irlandeses Jessie Buckley y Paul Mescal.
La adaptación estaba hecha para funcionar, y así ha quedado demostrado desde que la película se estrenó, dejando mares de lágrimas en las salas de cine mientras elenco y equipo acumula galardones durante esta temporada de premios, donde se espera que Hamnet sea una de las películas con más nominaciones en la próxima edición de los Oscar cuando estos anuncien sus candidatos este jueves.

Hamnet usa la ficción para profundizar en momentos documentados de la vida de Shakespeare
La novela transita entre líneas temporales y se adentra en las corrientes de conciencia de los distintos miembros de la familia, pero la película es más directa. Cuenta la historia de manera lineal y cronológica y el foco está principalmente en Agnes, aunque el rol de William Shakespeare –que no se nombra como tal, alejando esto del biopic y llevándolo hacia el drama romántico– ha sido aumentado en la versión fílmica.
En esta, Agnes es una mujer que trabaja en el campo, alguien de quien se sospecha que puede ser bruja por su conocimiento de las hierbas, el tiempo que pasa en el bosque y su indiferencia general hacia el resto de la gente. Shakespeare se muestra como un joven tutor de latín atrapado por su restrictiva familia, pero con ambiciones de alejarse del pueblo y satisfacer sus curiosidades profesionales en Londres. La narración cubre su romance, los nacimientos de sus hijos y los viajes de William hacia la ciudad. Todo esto está documentado, pero son las motivaciones, las reacciones emocionales y las especificidades del vínculo entre ambos lo que es propio de la ficción y la creatividad de las artistas.
O’Farrell, que aquí firma el guion junto a Zhao, caracterizan a los personajes como dos seres especiales, sensibles y que ven las cosas de una manera distinta al resto de la gente. Zhao, en películas como The Rider o Nomadland había demostrado un interés por la forma en que los entornos naturales se relacionan con sus personajes, y aquí el bosque siempre está presente. Las condiciones climáticas se oponen o guían a los personajes y hay espacio para algo ominoso en el realismo que presenta la directora, que nunca se establece como magia, sino más como una espiritualidad, una relación con la muerte y con las coincidencias que no dotan a la representación de algo fantástico, sino que intuyen que esos elementos están entre nosotros si nos abrimos a comunicarnos con ellos.

La historia de una tragedia y una propuesta para sobreponerse a ella
Hamnet y Hamlet, de acuerdo a la investigación de la autora, eran formas intercambiables del mismo nombre en esa época en Inglaterra (así como Agnes en la mayoría de los documentos históricos es llamada Anne). Pero la muerte del niño no está directamente mencionada o relacionada con la escritura de ninguna obra de Shakespeare.
Historiadores y académicos se han dedicado a buscar estos paralelos, incluso detectando señales en Romeo y Julieta o Julio César. Ni siquiera sabemos cómo murió Hamnet, aunque se sospecha que fue debido a la peste, que contribuía a que casi un tercio de los menores de diez años no sobreviviera en esa época en Inglaterra.
Lo bueno es que para O’Farrell y Zhao, y para Hamnet, la película, es más importante lo que se hace con esta muerte que el entender exactamente las circunstancias que la provocaron. La relación entre Agnes y Will empeora, él se refugia en Londres y ella intenta seguir su vida lo mejor que puede, aunque ninguno logre encontrar sentido.
También como espectadores, empezamos a preguntarnos sobre el propósito de este relato más allá de su superficie. El por qué de estos personajes, el por qué de estos hitos en su vida más allá de lo emotivos que resulten o de lo interesante que pueda ser el ejercicio de adaptar la vida de Shakespeare de esta manera.
Y eso tiene que ver, nuevamente, con el poder sanador de la ficción.

Se aclara en un final que justifica todos estos hilos abiertos, que explica la intención de ahondar en la vida de uno de los autores más importantes de la historia y de centrarse en una tragedia personal.
Hay testimonios que indican cómo en épocas donde la gente no estaba acostumbrada a ver obras de teatro sus reacciones podían ser mucho más viscerales que hoy en día, que estamos más insensibilizados. Zhao se vale de uno de estos momentos para que sus personajes expresen lo que no puede ser expresado y para llevar su historia individual a algo colectivo y trascendental.
Y, al mostrarnos cómo esto opera, hace lo mismo con su propia obra. Hamnet ha ganado premios del público en festivales importantes de Estados Unidos, España, Inglaterra y Canadá, lo cual no tiene mucho precedente. Pero tiene sentido que logre ese efecto en los asistentes justamente por su remate final. Amplificado al sentarse en silencio con desconocidos en la oscuridad, el clímax no solo conmueve, sino que nos muestra que todos en esta vida estamos experimentando las mismas cosas.
Nota de riesgo: conservadora.
