Lamentablemente en Chile y Latinoamérica no nos sorprende un caso como el de Aún estoy aquí, la película brasileña que retrata la historia real de una familia enfrentándose a la desaparición del padre.
Rubens Paiva fue diputado por Sao Paulo y en 1971, en plena dictadura, fue detenido y llevado a un cuartel militar. Desde ese momento, su esposa Eunice y sus cinco hijos no volvieron a saber de él.
La película está basada en el libro del 2015 de uno de sus hijos, Marcelo Rubens Paiva, y se ha convertido en un suceso imperdible. La quinta película más taquillera en la historia de Brasil, fue víctima de un boicot de parte de la derecha del país y su resonancia logró que, a un mes de su estreno, el gobierno permitiera a las familias de las víctimas en dictadura obtener certificados de defunción que reconocen los asesinatos patrocinados por el estado.
Aún estoy aquí ganó el Goya a Mejor Película Iberoamericana y compite este fin de semana por tres Oscars, incluyendo Mejor Película y Mejor Largometraje Internacional.
De qué se trata Aún estoy aquí
Hay helicópteros militares en el cielo y tropas en camiones en las calles, pero los Paiva viven una vida tranquila, y la primera parte de Aún estoy aquí se encarga de que nos enamoremos de la idea de la familia perfecta.
Rubens atiende un par de llamadas misteriosas en la casa, pero Eunice nunca sospecha. Ella hace suflés y lleva a los niños a la playa, y su casa es un espacio de intelectuales y burgueses donde siempre hay música, conversaciones y color.
Y es porque el director Walter Salles nos acostumbra a estas dinámicas domésticas que es más angustiante cuando ocurre lo inevitable, lo que sabíamos desde el principio que iba a pasar. A Rubens lo llaman a testificar, él se pone un traje y sale de la casa. Por su lado, Eunice se queda fingiendo normalidad mientras un grupo de agentes la encierran en su casa.
Luego, cuando es el turno de ella, se la llevan junto a su hija al mismo lugar. A la fuerza, sin darle explicaciones y sin creer que merece respeto o información, la mantienen días en las peores condiciones. Y cuando sale, remecida, es cuando Aún estoy aquí se revela como la película que realmente es: una donde no ocurre mucho porque se trata sobre un vacío.
En este nuevo escenario, en su misma casa, Eunice tiene que aparentar composturaporque entiende la desventaja en la que se encuentra. Las escenas descansan en la cara de Fernanda Torres, siempre conteniendo, mientras intenta seguir adelante como sea que eso se haga en una situación como esta. Sacando plata de por aquí, pidiendo ayuda con discreción, manteniendo a los hijos sin miedo, aparentando que es normal que un auto se estacione en la calle a vigilarla.
En una escena, una de las hijas le pregunta a su madre si está bien. Y Eunice responde que sí. Porque la actuación de Fernanda Torres está planteada desde la contención. Y en el código en el que Salles trabaja entendemos que las verdaderas respuestas están en lo que no se dice. Que esta mujer está haciéndole frente a la tragedia porque no se puede permitir no hacerlo.
Aún estoy aquí no discursea ni es panfletaria. Prefiere gritar desde el silencio. Nos hace parte del vacío y, así, muestra los efectos devastadores que los regímenes pueden tener en los individuos. Nos recuerda nuevamente el llamado a no olvidar.
Aún estoy aquí, el mundo real y su impacto
Las películas de Walter Salles suelen recibir atención (Diarios de motocicleta, la adaptación de Kerouac En el camino) y el director explicó recientemente algo que aplica en este caso: Siempre me han tentado las narrativas en las que el viaje de los personajes se mezcla con el viaje de un país.
En este caso, abordó la dictadura de su propia nación, en la cual solo las cifras oficiales hablan de 434 muertos y desaparecidos, además de miles torturados. Como con Che Guevara, aquí también aborda a una figura de alta educación que se politiza al enfrentarse con las realidades más allá de su burbuja.
Aunque en un inicio, figuras de la ultraderecha llamaron a boicotear la película, lo que ha ocurrido ha sido todo lo contrario y rápidamente trascendió a su país de origen. Y quizás tiene que ver con que en Estados Unidos aún se están enterando de la Operación Cóndor, pero la película ha resonado tanto que está llegando más lejos de lo que inicialmente se preveía.
Las nominaciones al Óscar que recibió solo aumentaron su perfil y permitieron que se lograra distribuir en más territorios. Son pocas las mujeres latinas que han sido nominadas a Mejor Actriz, pero Fernanda Torres se convirtió en la más reciente. La primera de ellas fue la madre de Fernanda Torres, Fernanda Montenegro, por una película del mismo Walter Salles, Estación Central de Brasil. Además, se convirtió en la primera película brasileña en ser nominada a Mejor Película y, después del desastre mediático en que se ha convertido Emilia Pérez, es la favorita a ganar Mejor Película Internacional.
El libro en que está basada la película, que fue escrito por uno de los hijos de Eunice Parva, ha vendido 100.000 copias más en el país desde el estreno de la película. Ha logrado publicarse en más países que nunca y ya tiene a escuelas públicas brasileñas anunciando que incluirán el libro en sus programas de clase.
Aún estoy aquí, naturalmente, revivió el interés por la figura de Eunice Paiva (que murió el 2018), que siempre tuvo un bajo perfil aunque dedicara los últimos años de su vida al activismo. En enero, el gobierno anunció un premio en su nombre para honrar a quienes pelean por la democracia y los derechos humanos.
Recién en 1996 la mujer pudo obtener un certificado de defunción para Rubens Paiva, antes solo se presumía su muerte por su condición de desaparecido. Pero el mes pasado, este documento de Rubens Paiva –así como el de 201 personas más– fue corregido gracias a una comisión reinsertada el 2024 después de que el expresidente Bolsonaro la desintegrara. Ahora, en vez de simplemente clasificarlo como “desaparecido”, se anuncia explícitamente como causa de muerte: no natural, violenta, causada por el Estado brasileño en contexto de la persecución sistemática a la población identificada como disidente política.
La película ha reavivado el debate sobre la Ley de Amnistía brasileña, que permitió que agentes del Estado culpables de desapariciones, torturas y muertes no fueran perseguidos. En diciembre, un juez del Supremo Tribunal Federal indicó que la amnistía no puede incluir el ocultamiento de cadáveres. Al hacerlo, citó a Aún estoy aquí.
Esa es la importancia de mantener estos temas vivos. En Chile una queja común sobre nuestra cinematografía es que “solo se hacen películas de dictadura”, (lo cual ni siquiera es cierto. CineChile hizo un estudio sobre los estrenos de los últimos veinte años y menos del 15% trataban esta temática o se situaban en este contexto), pero es porque se trata de países que no logran cicatrizar estas heridas.
Aún estoy aquí enfrenta a Latinoamérica con su historia reciente, con sus deudas pendientes y también invita a generaciones más jóvenes a ser parte de la conversación. Y mientras siga el dolor presente y mientras las secuelas de los horrores de esa época sigan manifestándose en nuestra realidad, es un tipo de cine que seguirá siendo necesario.
Nota de riesgo: no se aleja mucho de otras historias que ya hayamos visto y, aunque por su impacto nos damos cuenta de que estas historias siguen siendo necesarias, es una película moderada.